El bicentenario interior

El bicentenario interior

Toda fecha que se muestra -y ésta lo hace, ostensiblemente- como un hito sirve finalmente para mirar atrás y pensar lo que viene. Nos falta muchísimo como país. Nos falta acuerdo, dirección, programa, política. Y cuando ello se construya, el campo deberá ser uno de los pilares.
Néstor Fenoglio /// [email protected]
Yo no sé qué otros modelos o proyectos estratégicos caracterizarán a nuestro país -un país todavía adolescente en términos históricos- de aquí en adelante o dentro de cien años, pero no tengo dudas que el campo, el agro, la ruralidad o como quieran llamarle, deberá ser uno de esos pilares, y acaso -ojalá- el principal. Los mejores momentos del país coinciden con exactitud con el buen momento del campo. En el medio y también ahora los dirigentes de turno privilegian otras cuestiones, miran otras cosas, apuestan a determinadas líneas de acción, y desde la plasmación “a la argentina” (un modo de ser que a mí y a muchos no nos enorgullece, por liviano y fatuo) de atisbos de industrialización o de patrias financieras varias, el campo fue finalmente el motor que nos sacó adelante.
Hacia el centenario, en 1910, también el campo argentino y un modelo claramente agroexportador nos dio presencia en el mundo y la riqueza que hoy admiran los extranjeros en los edificios de Buenos Aires, Rosario, Córdoba, hijos de ese impulso y esa época.
Para decirlo de una vez: cada vez que el campo trabajó con cierta libertad, cada vez que se le dio “juego” por sobre otras o como otras opciones que empecinadamente hemos elegido a veces contra natura, al país le fue bien. Hoy, Rosario, Buenos Aires, todas las ciudades, y sobre todo los pueblos que conforman la ruralidad “interior”, la Nación profunda (lejos de cualquier oposición falsa capital-interior) muestran una nueva etapa fundacional tan importante como la de entonces.
Es que hoy se entiende por fin que el campo no sólo es un aliado poderoso del país, sino que es el país mismo. Debió mediar la insólita agresión del gobierno (este gobierno nacional que convoca a unirnos para el bicentenario pero que se pelea hasta con los dibujos y caricaturas de los diarios) hacia el campo para que pueblos enteros salieran en defensa del sector, cuyas paredes cedieron y se extendieron a toda la comunidad del interior y de las ciudades también.
Contra la intención de “envasar” la influencia del campo, contra la atrasada intención de vincularlo con una oligarquía centenaria, la gente, los pueblos, claramente, y creo que para siempre, le dijeron a todo el mundo que el campo no se toca, que al campo hay que cuidarlo, defenderlo, vestirlo, porque allí están nuestras mejores reservas, no sólo económicas: también las ideas de trabajo, de familia, de reinversión en el propio país, de cultura, de educación de los hijos, ideas poderosas sin las cuales no habrá proyecto de país.
El país y los pueblos ya vivieron el final de los noventa, cuando el modelo era anticampo, y nosotros teníamos hermosas localidades fantasmas que ni encendían las luces alrededor de las plazas, ni cortaban los yuyos, de “liquidadas” que estaban.
Hoy el campo es muy diferente al del centenario. Hoy hay valor agregado por todas partes, antes y después de la cosecha y la rueda del campo es bastante más importante que los datos que en plena batalla (¡batalla contra el campo, todavía, a esta altura! ¡Qué tontería!) difundía el gobierno. El campo da empleo, el campo mueve otras economías (no pienso sólo en lo directamente relacionado con el agro; pienso por ejemplo en la industria automotriz, en la construcción...) y el campo le da brillo a las ciudades, también allí lo saben.
Tardíamente ahora hay un discurso de ocasión oficial de recomposición de relaciones hacia la ruralidad a la que por fin se le reconoce su importancia, su dinamismo, su creatividad. Eso no debería estar ni siquiera en duda. Y como contrapartida, la ruralidad, el campo o como quieran, aprendió también que no debe estar envasado, y que la ensanchada base de sustento que hoy tiene (desde el hijo del chacarero que fue a estudiar agronomía hasta el albañil que hace una casa nueva en el pueblo) debe formar una masa crítica capaz de dirigir y de hacer. Para que, entre otros proyectos estratégicos que el país necesita, el campo esté siempre en el lugar que le corresponde.