Historias que brotan de la tierra y fecundan la imaginación

En el Bicentenario de nuestra querida patria, dejémosnos atrapar por el embelesamiento innato que producen nuestras leyendas tradicionales. Ellas son el espejo del imaginario colectivo de un pueblo sensible, solidario y singular como el argentino.

TEXTOS. ZUNILDA CERESOLE DE ESPINACO. FOTOS. EL LITORAL.

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Las historias que fecundan en el imaginario colectivo conforman rasgos culturales particulares en el pueblo argentino. ilustración: “vamos argentina”, obra de gabriela pertovt.

El universo de las leyendas argentinas es cuasi mágico. En él, la realidad y la fantasía se funden en una extraña simbiosis de sucesos, curiosidades, creencias, misterios y personajes, cuyo encanto vital nos muestra un mundo insospechado.

Las leyendas de la tierra argentina nos permiten hacer una inimaginada excursión en otra dimensión del tiempo y del espacio, donde la ternura, el asombro y la fascinación aprisionan el espíritu.

El Enano de la mina de hierro (Leyenda patagónica)

En la localidad de Sierra Grande, provincia de Río Negro, al sur de la República Argentina, existe una mina de hierro que fue muy productiva, pero que ha sido abandonada debido a la baja del precio del otrora codiciado metal.

En ella trabajaban centenares de mineros, que a diario emprendían su peligrosa labor arrancando a la montaña sus vísceras de metal.

Como todos los individuos que cumplían tareas riesgosas, los mineros tenían creencias hondamente enraizadas en su mente y en su corazón; creencias que perduran y que son similares en diversas latitudes de América.

Según narran, habitaba en la mina un enano maléfico que gozaba gastándoles bromas o induciéndolos al peligro. Si se les caía el casco protector, si un tropiezo los hacía caer de golpe, si se desorientaban y se desplazaban por túneles equivocados, si sufrían un accidente de trabajo o les ocurría todo tipo de percances, no dudaban de que era obra de un ser sobrenatural que, molesto porque habían penetrado en su milenario reino de sombras, trataba de espantarlos para que abandonaran la mina definitivamente.

Antes de entrar a los socavones se quitaban el casco en señal de respeto y se encomendaban a Santa Bárbara (protectora de los mineros) -cuya imagen estaba situada a el ingreso- y también a la Madre Tierra. Merced a un sincretismo religioso, el ruego era para ambas porque creían que la primera intercedía por ellos ante la segunda y que ésta última -que los amaba, pues permitía que le desgarraran las entrañas metálicas para que gozaran de bienestar- oía el pedido solicitado y los protegía contra el Enano, quien no cejaba en su intento de desterrarlos para siempre.

Aún hoy, a los turistas que se aventuran recorriendo la mina acompañados por un guía, se les hace cumplir el ritual. Y es un requisito insoslayable sin el cual no se les permite el acceso.

La mara o liebre patagónica (Leyenda tehuelche)

En tiempos remotos Elal convocó a los animales para decidir cuántos meses debería durar la temporada fría.

Una vez que llegaron todos, les habló del asunto y puso especial énfasis en advertirles que el veredicto sería inapelable y todos, sin excepción, deberían respetarlo.

Comenzó el debate, donde cada uno opinaba y daba su parecer. Cuando le tocó el turno al choique (*), propuso un invierno que durara doce meses.

La mara, que hasta entonces había permanecido callada, expresó breves palabras: “Es mucho”.

El choique insistía porfiadamente: “¡Qué dure doce meses!”. “¡Qué dure doce meses!”.

Pero, ¿qué vamos a comer? ¿De dónde sacaremos hierbas, pastos y raíces para alimentarme y alimentar a mis hijos, si la tierra está helada? Todos moriremos de hambre -respondió la mara.

El ñandú, tozudamente, gritaba: -¡Qué dure doce meses!”

Ante tal desconsideración, aquélla contestaba fastidiada “Kaaash” “Kaaash” (*) . Dio por finalizada la discusión y corrió a su cueva.

El choique la persiguió, enfurecido, y alcanzó a pisarle la cola, que se cortó. Por eso la mara quedó rabona, pero su idea triunfó. Desde entonces el invierno dura tres meses.

* (choique: ñandú en lengua tehuelche; kaaash: tres en lengua tehuelche).

El clavel del aire (Leyenda de la zona cuyana)

Shullca, una imilla (*) de sedoso cabello negro y ojos cual almendras de gris oscuro, orlados por bellas pestañas, se hallaba trabajando en una minga.

Su hermosura y su gracia llamaron la atención de un joven oficial español que se enamoró perdidamente de ella.

Inútiles fueron los ruegos del enamorado, suplicándole que lo amara.

Shullca se mostraba siempre esquiva con él y un día, muy fastidiada, le pidió en tono imperioso que dejara de molestarla.

El hecho fue presenciado por los demás, y tanto españoles como indígenas esbozaron una sonrisa despectiva hacia aquel que no podía contener sus emociones y las manifestaba públicamente.

Enfurecido, el oficial juró vengarse de quien despreciaba su amor y en noches de insomnio planeó llevar a cabo su desquite.

Un día a la hora vespertina, observó que la jovencita se dirigía hacia la sierra. La siguió con disimulo, y una vez que se alejó de la encomienda, apresuró el paso para alcanzarla.

La niña se dio cuenta y desesperada subió a la rama más alta de un algarrobo. Comenzó a soplar entonces un viento fuerte, que hizo balancear peligrosamente la rama en que estaba Shullca.

El oficial le pidió amablemente que bajara, prometiéndole que no le haría daño.

Ella se negó a hacerlo. Entonces él, exasperado, la amenazó con un puñal. Tan sorda ante la súplica como ante la amenaza, ésta permaneció en su improvisado refugio.

Ciego de ira y de despecho, el hispano arrojó su puñal, clavándolo en el pecho de su infeliz víctima. Cayó el cuerpo de Shullca al vacío y el oficial, preso de desesperación y remordimientos, se arrojó tras él, en un vano intento de abrazarla y amortiguar con su cuerpo el golpe, para así salvarla.

Una gota de sangre de la jovencita alcanzó a humedecer el tronco del árbol. En ese lugar nació, mágicamente, el clavel del aire, que es una planta que vive pendiendo de los troncos o las ramas de los árboles, como también de los peñascos que bordean abismos.

Su presencia nos recuerda la triste leyenda de un amor desgraciado.

* (imilla: jovencita).

Juan Soldao (Leyenda del litoral)

En una zona inhóspita del Chaco santafesino, vivía un matrimonio que era muy feliz. Los días transcurrían apacibles para la pareja, pese a lo agreste del lugar, que él iba desmontando poco a poco para realizar cultivos de maíz. Ella se ocupaba de las tareas domésticas y de unas pocas ovejas que tenían.

Cuando por las noches se sentaban a descansar, hablaban y soñaban sobre los hijos que seguramente Dios les enviaría en el futuro.

La luna les mandaba mágicos reflejos para iluminar el profundo cariño que se profesaban, y el monte improvisaba para ellos melodías cuando el viento jugueteaba con las ramas de los árboles.

Inesperadamente, un piquete de soldados se presentó un día para llevarlo como soldado, ya que era necesario luchar contra invasores. Juan Soldao (*) preparó un atadito de ropa y se despidió de su esposa. Para calmar la angustia que la invadía, le aseguró que haría una promesa a la Virgen, rogándole su protección. Luego le dijo que lo esperara, pues regresaría pronto.

El tiempo decapitaba sin cesar soles y lunas, pasaron días, meses, años... y Juan no regresaba. Su mujer lo aguardaba cada día con más ansiedad y con mayor confianza, había dado su palabra y él era hombre de cumplir lo que decía.

Una mañana de verano ella estaba observando las flores que estallaban en corolas multicolores, dando un toque de belleza a su humilde hogar, cuando sintió que desde el follaje que se esparcía por la enramada un pájaro extraño se desplazó hasta posarse en el árbol más cercano.

Desde allí la contempló con fijeza y luego entonó un canto muy triste, que semejaba una letanía doliente. El pájaro ostentaba en su plumaje los colores del uniforme de los soldados que habían llevado a su esposo: copete rojo (la gorra), alas negras (las mangas), pecho blanco (la chaqueta y la camisa) y muslos rojos (los pantalones). Comprendió que su esposo había muerto y que, fiel a su promesa, regresaba pero convertido en aquel pájaro. No puso sobrevivir. La pena lanceó su corazón y murió poco tiempo después.

Dios, para premiar su amor y fidelidad, la convirtió también en ave de igual especie para que acompañara a quien tanto amaba.

Desde aquel lejano entonces, viven juntos en el monte y no se separan jamás.

* (este pájaro recibe también el nombre de Federal).

El Runa-Uturungo y el paisano (Leyenda de la zona central)

Un paisano santiagueño se vio obligado a viajar una noche por el desolado camino de Cara-Huasi.

El hombre aguzó el oído, tratando de percibir otros sonidos que no fueron los del repiqueteo de los cascos de su overo.

La noche parecía llena de presagios que el jinete intuía, pero no podía precisar. Se puso en guardia dispuesto a reaccionar rápidamente en cuanto se le presentara un peligro.

Había recorrido la mitad del camino cuando le pareció oír una respiración densa. Automáticamente tomó el facón y continuó cabalgando.

Las oscuras siluetas de los árboles semejaban retorcidas y estáticas demonias que, exhalando maldad, custodiaban el camino.

De repente, al doblar un recodo, se topó con el reflejo pérfido de dos pupilas fosforescentes y de inmediato fue atacado por un tigre que, abalanzándose sobre él, trató de hincar un terrible zarpazo en su cuello.

Fue tal el impacto del choque que ambos rodaron al suelo. El paisano, a quien el terror había triplicado las fuerzas, hundió con vigor por dos veces el facón en el cuerpo de la bestia; ésta, dando un gemido, se alejó dejando tras de sí charcos ramificados de sangre.

El hombre, repuesto de la impresión, siguió su rastro para ultimarlo. Al llegar a la madriguera vio un hombre semidesnudo agonizando, comprendió que quien lo había atacado era el runa-uturungo, un hombre tigre que yacía sobre una piel.

Dio un vistazo a la cueva y se sorprendió al hallarla repleta de aperos, riendas y lazos trenzados, piezas de oro y de plata, joyas, mantas, ponchos y diversos objetos que indudablemente habían pertenecido a las víctimas del hombre tigre.

Cargó todo lo que pudo y siguió su camino. Al llegar al poblado con su tesoro y el relato de lo acontecido, despertó la admiración de toda la paisanada.

Y no hubo pocos que envidiaron su valor y su suerte.

El suindá (Leyenda de la zona central)

Una costurera madre de siete hijos se ganaba la vida con este oficio, pero destinaba gran parte del día en confeccionar trajes para ella misma.

Luego, iba a las fiestas para lucirlos y despertar la envidia de las otras mujeres.

No le importaba dejar tanto tiempo solos a sus hijitos con tal de satisfacer su vanidad.

En cierta ocasión, regresó de un baile a la madrugada y encontró a sus hijitos muertos por el frío.

Presa de la desesperación y del remordimiento, comenzó a llorar a gritos mientras iba transformándose en una lechuza de regular tamaño: el ave que conocemos con el nombre de suindá.

Salió volando, mientras emitía siete chistidos seguidos que semejaban el rasgado de una tela al cortarse.

Simbolizaba de esta forma que cortaba la tela para hacerle un vestido a cada uno de sus hijitos.

Desde entonces vaga por las noches, sin consuelo, pagando su pecado de vanidad.

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El hostil trabajo en la profundidad de la tierra, para la explotación minera, es una de las tareas que más leyendas ha generado.

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La fauna es otra de las fuentes de la gestación de historias: el dorado y la liebre patagónica.

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Pata de Palo

(Leyenda de la zona cuyana)

Existe en la provincia de San Juan un cerro denominado con el curioso nombre Pie de Palo y en torno a él, la imaginación popular ha elaborado una leyenda de singulares características.

Se cuenta que en tiempos perdidos en la bruma de los siglos, habitaba en la región un gigante que era dueño y señor de esas tierras.

Tenía por morada una gran caverna abierta al pie de una extraña conformación de granito que, en forma de columna, se elevaba hasta gran altura.

Cierta vez llegó al lugar otro gigante tan fornido y temible como el primero, quien quiso apropiarse del sitio. Para hacerlo lo desafió a un combate, proponiéndole acordar que el vencedor tendría pleno derecho sobre la tierra disputada.

El gigante lugareño aceptó el desafío y ambos se trenzaron en una lucha cruenta que hizo estremecer la tierra y vibrar las montañas.

Venció el legítimo dueño del lugar, pero en la pelea perdió una pierna. Lejos de desanimarse, cortó un algarrobo y se hizo otra que increíblemente aumentó su fuerza, ya que usándola como arma derribaba de un solo golpe a varios contendientes.

Su fama de buen peleador llegó hasta sitios muy distantes y nadie osó intentar arrebatarle sus tierras.

Pasaron los años y en una noche en que las estrellas despedían un fulgor carmesí, murió el gigante tan solitario como había vivido.

Desde aquel momento, su pata de palo envuelta en fosforescencias rojas, vaga sola por las sierras produciendo -al golpear el suelo- un acompasado sonido que llena de terror a los arrieros y a los viajeros solitarios que casualmente deben pernoctar en el lugar.

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La flora ha poblado de leyendas a las distintas regiones argentinas. La del clavel del aire es muy extendida en la zona cuyana.

El castigo de San Antonio

(Leyenda del litoral)

Los pescadores entrerrianos, tan aficionados a los relatos antiguos que superviven por el especial interés que pone esta gente en rescatar la rica literatura popular de su terruño, suelen narrar una leyenda sobre el origen de la fealdad, que atribuyen al armado y al bagre, peces que pueblan los ríos de su provincia.

En la misma se cuenta que en el pasado, el armado y el bagre eran peces de gran belleza. Y un día, San Antonio, que recorría a pie la provincia prodigando milagros y bendiciones, se sintió muy enfermo. Como era época de creciente y debía cruzar un río, comprendió que su debilidad le impediría hacerlo a nado y pidió ayuda al armado, pero el pez no quiso otorgarle ese favor.

Posteriormente, San Antonio solicitó lo mismo a un bagre, que tampoco quiso ayudarlo.

Ya desfallecía, cuando un dorado se ofreció a cruzarlo y el Santo pudo llegar a la otra orilla e ingerir unas hierbas que lo curaron.

San Antonio decidió castigar la insensibilidad de los dos primeros peces. Les quitó la belleza, la fortaleza y la rapidez en el nadar; es por ello que ahora son feos, débiles y lentos.

En cambio, premió al dorado, cuyas escamas parecen rubios soles que le dan gran hermosura. Aumentó también su tamaño, le otorgó fortaleza y extraordinaria agilidad, dones que aún conserva este pez vistoso y valiente al que apodan “Tigre del río”.

El armado y el bagre aún hoy lamentan el haber sido tan desconsiderados.