Crónica política

“FUA, FUA, FUA, la lucha continúa”

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Rogelio Alaniz

Si la memoria no me falla he participado en cuatro congresos de FUA; tres durante dictaduras militares y uno durante la singular democracia peronista de Isabel y López Rega. Lo hice como delegado y como militante. Todavía no se conocía al funcionario rentado. Recuerdo que nos trasladábamos a dedo a Córdoba, a Rosario, a Buenos Aires, a Tucumán: recuerdo haber dormido una noche de lluvia en una garita de la Ruta 19 que ahora está en ruinas; recuerdo haber viajado en un acoplado protegiéndonos con unos cartones de una lluvia a los que no vacilamos en calificar de derecha.

El Congreso más picante fue el de la Ciudad Universitaria de Córdoba, creo que en 1971. Con los años no puedo menos que evocar con una sonrisa melancólica aquellos tumultos juveniles, el coreo de las consignas, los debates rabiosos entre las diversas agrupaciones. Un dirigente de FUA era por entonces más importante que un político. Admirábamos sus conocimientos, sus dotes oratorias, sus ironías y destrezas para las célebres “roscas” universitarias.

Tan intensos como los debates institucionales eran los que se improvisaban en los pasillos. Recuerdo una polémica que duró más de dos horas entre un dirigente troskista y otro maoísta. El tema: la traición del Lanka Sama Samaj, el partido troskista de Ceylán, a la causa revolucionaria de los trabajadores ceylaneses. Hoy, estas polémicas parecen salidas de un texto de Roberto Arlt, pero en aquel tiempo para nosotros tenían sentido. También tenía sentido el aprendizaje sobre las sutilezas. Universidad abierta al pueblo no era lo mismo que universidad del pueblo liberado; liberación nacional y social era muy diferente a liberación social y nacional; gobierno obrero y popular no era lo mismo que gobierno popular.

Sobre cada uno de estos puntos podían correr ríos de tinta y saliva. También sonoros insultos y, llegado el caso, alguna que otra trompada. En los años sesenta y principios de los setenta, los estudiantes creíamos muy en serio en todas estas cosas. El debate sobre insurreción popular, guerra prolongada y guerrilla era interminable, tan interminable como el debate acerca de la relación del marxismo con el peronismo o del socialismo con el Evangelio. En las frecuentes asambleas, los temas de deliberación eran ideológicos en primer lugar. Ese despilfarro de talento y sagacidad intelectual era un lujo que nos podíamos permitir porque, como dijera Sartre, los estudiantes éramos el sector más sensible de la intelectualidad.

Tan intensa era la tendencia hacia la ideologización, tan fuerte era la certeza de que un discurso arreglaba los problemas más escabrosos del mundo, que hasta los estudiantes supuestamente pragmáticos se enredaban con el deseo de ideologizar la política. Las intervenciones de los oradores en las asambleas eran exposiciones teóricas acerca de la revolución, la solidaridad con Vietnam, el rol de la clase obrera en el nuevo bloque histórico, los límites y alcances del “espontaneísmo” obrero y, en todo momento, la revolución, la revolución como esperanza, como utopía, como necesidad histórica, como redención, como acto mágico.

La revolución podía ser un argumento, una ilusión, una manera inteligente de justificar la rebeldía. Sería interesante reflexionar alguna vez acerca de las diferencias y las relaciones de estas dos categorías: rebeldía y revolución. Hoy se sabe que no son lo mismo y que en muchos casos la revolución se beneficia con el prestigio de la rebeldía y la rebeldía se legitima con la máscara de la revolución.

La rebeldía, el deseo de transgredir, de oponerse al orden establecido por nuestros mayores, poseía un imperativo moral rodeado de un irresistible aura de encanto. Ser estudiante era una edad y una relación con el cuerpo y con las pulsiones, al decir de Marcuse, de Eros. Aquellos congresos de FUA eran también la antesala de imprevisibles emboscadas amorosas, la liberación de deseos en un tiempo en el que todavía el sexo seguía siendo vivido como un tabú.

No es cierto lo que decían algunos grupos de ultraderecha que acusaban a los congresos de FUA como prostíbulos de la izquierda, pero se faltaría a la verdad si se desconociera cómo jugaba lo erótico en todas aquellas manifestaciones. Recuerdo de un Congreso en La Plata, a una mujer rubia, de cabellos largos, envuelta en una bandera roja coreando consigas a favor del Che Guevara. Era hermosa. Parecía una heroína salida de los pinceles de Delacroix. Para una mujer entonces, para una típica pequeña burguesa universitaria de cabellos sueltos y blue jeans, era importante subirse a los hombros de un amigo y corear consignas atrevidas. El espectáculo poseía un encanto irresistible, pero convengamos que esa estética estaba más dominada por la poesía de Rimbaud o las canciones de Bob Dylan que por los sesudos textos de Marx o los rigores reales de los socialismos existentes con sus campos de trabajos forzados, sus tarjetas de racionamiento y su moral koljosiana. Claro que era lindo asustar burgueses en los bares. Era lindo e inofensivo. Entonces todo era rojo; el sol de la madrugada asomándose en la isla, la luna sobre el río, el vino que se derramaba sobre las copas. También iba a ser roja la sangre que habría de derramarse, pero para los años sesenta todavía la tragedia no se percibía en el aire y todos creíamos que la revolución sería algo parecido a una asamblea universitaria ampliada, como lo narraba tan bien John Reed en su célebre ensayo “Los diez días que conmovieron al mundo”.

La FUA fue la institución protagonista de ese clima, un clima que en algún momento la desbordó, al punto que las agrupaciones de ultraizquierda la abandonaron. La FUA nació al calor de las luchas universitarias de 1918. Su itinerario está marcado por aciertos y errores, como corresponde a toda organización que se comprometió con su tiempo. Noventa años después de su creación, es la institución que mejor representa al movimiento estudiantil en su diversidad y sus necesidades.

Hoy está fuera de discusión el derecho de los estudiantes a hacer política y a pensar la política. También está fuera de discusión el componente de rebeldía que constituye a los jóvenes, ese imperativo por ponerse a prueba en un mundo que están empezando a descubrir. Todo esto es así y sería necio desconocerlo. Lo que importa, en todo caso, es reflexionar acerca de los contenidos de la política universitaria; y no tanto de los contenidos más inmediatos, sino de aquellos ideales y esperanzas que son los que alimentan el compromiso.

Pregunto entonces. Si en los años sesenta el paradigma fue la revolución política, ¿es lícito plantear lo mismo luego del derrumbe del comunismo y la certeza de que más que un orden social justo se trató de un régimen aberrante con un balance de cien millones de muertos? ¿qué decir a la hipótesis de que las grandes revoluciones del siglo veinte, las perdurables, las que modificaron las condiciones de vida de la sociedad, no fueron las revoluciones políticas sino las revoluciones científicas y técnicas? ¿es revolucionario seguir enarbolando los posters del Che Guevara cuando la causa que encarnó fue avasallada por la historia e incinerada en el altar de los fetiches consumistas?

En su momento, Deodoro Roca sostuvo que la Reforma Universitaria se hizo para defender el derecho a estudiar, y a estudiar con los conocimientos más avanzados de su época. A una universidad oscurantista debía oponérsele una universidad exigente en el conocimiento y el saber. La Reforma no se hizo para vivir en el país de Jauja sino para estudiar mejor, con los textos más avanzados de la época y evolucionar hacia las cimas del conocimiento ¿Estarán presentes estas consideraciones en el Congreso de FUA?

Según recientes estadísticas, las universidades argentinas ocupan los últimos puestos en materia de excelencia académica ¿Qué propone el movimiento estudiantil al respecto? Si la misión de la universidad es producir conocimientos y formar recursos humanos, ¿no existe allí un programa de lucha para el movimiento estudiantil? Los delegados de FUA, ¿saben, por ejemplo, quiénes fueron Nicolás Babini, David Sabattini, Eduardo de Robertis, Misha Cotlar, Cora Ratto, Rey Pastor? ¿acaso no deberían ser estos científicos los nuevos modelos a imitar?¿qué aporte real están dispuestos a hacer los estudiantes al pueblo que paga sus universidades? Sería muy interesante abrir un debate al respecto. ¿Qué es ser revolucionario en el siglo XXI? ¿entonar consignas o abrazar causas que han perdido vigencia y representan pesadillas para la humanidad, o asumir compromisos reales de cambio, tal vez menos heroicos, tal vez menos espectaculares, pero más efectivos, más prácticos y, por sobre todas las cosas, de mayor sintonía con el verdadero humanismo y con lo que la sociedad espera de sus jóvenes?