Entrevista con Teresa Meana Suárez

“Si cambia la realidad, tiene que cambiar el modo de nombrarla”

Es española, lingüista y feminista. Su campo de investigación es el lenguaje no sexista. Visitó nuestra ciudad y remarcó la importancia de la lengua, ya que “no sólo refleja la realidad, sino que también la crea”.

 
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“El proceso de feminización es imparable”, aseguró Meana Suárez. En este cambio, la lengua juega un rol fundamental.

Foto: Flavio Raina

De la redacción de El Litoral

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“La satanización interesada de la palabra feminismo es lo que hace que la gente reaccione cuando una dice que es feminista”, sentenció Teresa Meana Suárez ante un público ávido por escucharla. “Porque a las palabras no se las lleva el viento” fue el título de la conferencia que esta lingüista feminista ofreció en nuestra ciudad.

“Les voy a plantear un enigma: ¿cómo se puede ser padre sin tener hijos?”. Nadie supo resolver el acertijo, hasta que Teresa rompió el silencio: “¡Teniendo hijas!”. De esta manera comenzó su charla en la que desenmascaró muchos de los estereotipos que la lengua castellana impone sobre las mujeres.

Teresa Meana Suárez dialogó con El Litoral y profundizó en su especialidad: el lenguaje no sexista.

— Nuestra presidenta y otros funcionarios suelen comenzar sus discursos diciendo “buenas tardes a todos y todas”. ¿Sirve de algo este saludo?

— Muchísimo. Estoy totalmente a favor de nombrar y visibilizar en el discurso a todas las personas presentes. Y en “todos” las mujeres no estamos incluidas. Pasa lo mismo si hablamos de “los argentinos”. En cambio, si decimos “el pueblo argentino”, están incluidos todos y todas. Por ejemplo puedo reemplazar “la renta per capita de los argentinos...” por “la renta per capita en Argentina...”.

— De la inclusión en el lenguaje a la inclusión real hay un salto. No por saludarnos se está garantizando la igualdad...

— No, pero es un paso imprescindible. Hay que incidir paralelamente en la realidad y en la lengua. La lengua es forma y contenido, significante y significado. En España se decía “asociaciones de padres” y solamente iban madres. Desde que se dice “asociaciones de padres y madres”, van más padres. El cambio es paralelo porque la lengua no sólo refleja la realidad, también la crea.

— ¿Es correcto decir presidenta?

— Totalmente. En España tenemos “dependienta” (la que trabaja en un comercio), “asistenta”, “sastra”, muchos femeninos... Las normas están para cuestionarlas. En España cuando llegó la primera cancillera se la quería llamar canciller. Pero si profesor termina en “r” y acepta el femenino profesora, ¿qué problema puede haber en que canciller tenga su femenino cancillera? El único problema es que se trataba de la primera cancillera en el país. Con esto quiero decir que si algunas palabras me resultan extrañas no es porque sean incorrectas, sino porque hasta ahora eran inexistentes. Esos obstáculos jamás se sostienen en argumentos lingüísticos.

— ¿Los cambios comienzan en la lengua o en la práctica?

— Tienen que ser paralelos. Las lenguas son amplias, flexibles, están vivas. Si la lengua va sumando palabras -como “alunizar” cuando el hombre llegó a la Luna o “sida” cuando se descubrió esa enfermedad-, ¿cómo no va a tener recursos para nombrar el género en los cargos, oficios y profesiones que antes las mujeres no tenían? Si cambia la realidad, tiene que cambiar el modo de nombrarla. Para eso está la lengua: para nombrar. Y si la diferencia sexual existe, también hay que nombrarla.

— La lengua es un instrumento de lucha...

— Desde el feminismo trabajamos todos los temas que afectan a la condición de las mujeres; y todos tuvieron la misma resistencia: la lucha por el voto, por el derecho a la educación -no hace ni un siglo que la primera mujer estudió derecho en España, disfrazada de varón con capa y sombrero-, o a la libre decisión sobre la sexualidad o la maternidad. La lengua tiene que ser la herramienta imprescindible en la lucha -porque lo que no se nombra, no existe- o el obstáculo. Si después de esto hay gente que no quiere cambiar su lenguaje, está en su derecho, pero por lo menos el uso será consciente. Ahora el uso es inconsciente porque hablamos como nos educaron, y nos educaron mal. Hubo que nombrar la violencia contra las mujeres para poder prevenirla o combatirla. Creo que es imprescindible la lengua porque influye en el pensamiento de la sociedad.