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Una alegoría bíblica en el puerto de Montevideo

TÉLAM

Nazario, el carpintero de las estrellas que titilan; Magdalena la de las lunas de harina; y Pedro Grande en el conventillo o Pedrín en la prisión; son algunos de los personajes que llevan adelante la cándida y aguda alegoría de “Medio mundo”, la nueva novela de Mauricio Rosencof.

El origen de esta idea viene de muchas vertientes, según afirma el escritor uruguayo. Y rescata una que le dio “la esencia” de lo que quería tratar: “Una entrevista ofrecida por (el Nobel de Física Albert) Einstein en épocas en que tocaba el violín en las sinagogas, ya bajo el régimen nazi”.

“Einstein dice que es profundamente religioso, aunque no cree en ninguna religión revelada, pero advierte que hay demasiada armonía en el universo para que sea producto de la casualidad”, recuerda Rosencof y sentencia: “De lo que estoy seguro es que si hay un tío, ese tío está demasiado ocupado para intervenir en el destino de los hombres”.

Los pobladores de esta historia “son gente humilde, sencilla y nacieron con la intención de darles a los personajes bíblicos una carnadura contemporánea y barrial. Pienso que así fue: Cafarnaún, Nazaret, los pueblos pesqueros de Galilea o un conventillo de los nuestros a dos cuadras del Río de La Plata”, sostiene.

“Al fin de cuentas, aquellos pescadores eran como los vecinos del conventillo, gente simple que comía a veces salteado, trabajaba lo suyo, iba a pescar, tenía que pagar impuestos y dos por tres se revelaba. Lo que tenés en el barrio”, sintetiza.

Compromiso, ternura e ironía se repiten en las páginas donde Rosencof retoma con un tono surrealista el interés de gran parte de su obra, la validación de la autodeterminación del individuo y libre albedrío para configurar su vida.

“Ahí están El Santis que se supone que es Santiago (apóstol) y Juancho que es Juan (apóstol); tenían una lancha cooperativa con la que salían a tirar las redes, venían con sus corvinas y cada tanto se mandaban algún contrabando, un bagayito de combustible”, grafica los particulares personajes que pueblan el libro.

La novela comienza cuando el Padre Eterno, una figura fundamental, nota que quedaron algunas cosas sin hacer, algunos hilitos colgando: “De pronto se le prende la lamparita y dice: “¿Si llamo otra vez a aquella barra de pescadores tan macanudos y aquel muchacho tan voluntarioso que si mal no recuerdo era carpintero?”, reseña.

“Acá no hay un malvado, simplemente un pobre viejo que se burocratizó y no sabe muy bien a dónde llevar a todas las generaciones que se convierten en polvo -asevera y sentencia: Todo queda en nuestras manos”. El llamado que en cada uno se produce es una sensación de que tienen que ir hacia cierto punto y así los personajes empiezan a cruzarse en el conventillo del Barrio Sur y comienzan a sospechar que se conocen de otra parte.

Una vuelta interesante se impone en este punto: Nazario el carpintero, el caminante, empieza a encolar las maderas en vez de clavarlas porque le duele mucho hacerlo: “Encarna lo que fue, la humanidad que tenemos a nuestras espaldas”.

“Polvoserás” da nombre al pueblo desde el que Nazario parte hacia la ciudad, un presagio del desenlace de esta narración donde Dios es un “motorman” sin vínculo con la carga que transporta ni con el tiempo, llevándose “el tren, los rieles, las huellas y lo de siempre hacia allá”. Esta historia “es optimista -concede el escritor-. Hay cosas como lo que dice el Oreja (el pensionista que podía oír a las arañas tejer): “Usted tranquilo, mire que yo otra vez no lo bato, porque de una batida no sale nada bueno”, repasa.

“Medio mundo” hace referencia a ese mundo exterior que no ve a esos personajes y que ellos tampoco ven pero intuyen: “Hay muchos más (de los que vemos) en esta habitación’, repite a lo largo de estas páginas María, la regenta del conventillo, cuando congrega a sus creyentes para compartir las tardes de radionovela. El ser más entrañable en esta historia, a ojos del escritor, es Magdalena: “Es ella la que le da letra a Nazario en esa última cena que -tratándose de pescadores en un conventillo- tiene que ser con una olla de chupín de pescado, torta frita y “vinacho’”, sonríe.

Es ella quien descubre que hay otras cosas en este mundo, continúa: “Mirá la ropa colgada, está llena de vida”, le advierte a Nazario. Y como última declaración de ese canto a la vida, los tamborileros bajan como Reyes Magos con sus galas, repicando los tambores.

Una alegoría bíblica en el puerto de Montevideo

Para el autor uruguayo Mauricio Rosencof los pobladores de esta historia “son gente humilde, sencilla y nacieron con la intención de darles a los personajes bíblicos una carnadura contemporánea y barrial”.

Foto: TÉLAM

Una alegoría bíblica en el puerto de Montevideo

Una calle de Montevideo. Sus personajes dan lugar en la nueva novela de Rosencof a una alegoría en la que trata de mostrar que hay demasiada armonía en el universo para que sea producto de la casualidad.

Foto: Archivo El Litoral



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