EDITORIAL
EDITORIAL
Los derechos
humanos en Cuba
El disidente cubano que acaba de recuperar la libertad gracias a las gestiones realizadas por la Iglesia Católica confirma el carácter totalitario e inhumano de la dictadura castrista. Ariel Sigler fue detenido hace siete años y hoy sale de la cárcel convertido físicamente en un despojo. Siete años de mazmorras suelen producir estos resultados, sobre todo en países donde los derechos humanos no existen al punto que la sola mención de la palabra irrita a los burócratas.
Tan convencidos están los Castro de la naturaleza opresiva del sistema, que ni siquiera intentaron calificar al episodio como una conquista política o una demostración de que las críticas sobre la violación de los derechos humanos no son más que una artimaña imperialista. Nada de eso. La libertad de Sigler para los comunistas cubanos no fue noticia interna porque el régimen tampoco le interesa aparecer negociando con la Iglesia Católica y admitiendo tácitamente que en Cuba hay presos de conciencia.
Por otra parte, se sabe que en Cuba hay más de cuatrocientos presos en las condiciones de Sigler, es decir privados de su libertad por disentir con algunas de las políticas del régimen. Los organismos de derechos humanos reclaman con insistencia por la libertad de Guillermo Fariñas, compañero de Sigler e integrante del mismo nucleamiento que fue desbaratado por los servicios de inteligencia del castrismo.
De todos modos, la libertad de Sigler ha sido considerada por las instituciones de derechos humanos como una verdadera conquista, más allá de que este disidente retorne a la libertad físicamente maltrecho. Habría que preguntarse hacia el futuro cuál será el destino de los demás presos y, sobre todo, qué tipo de presiones se pueden ejercer con un régimen que no sólo viola los derechos humanos sino que considera que esa violaciones son justas porque expresan la voluntad política del poder revolucionario.
Como lo señala la blogera Yoani Sánchez, las Damas de Blanco -la agrupación de mujeres que pacíficamente protestan contra los atropellos de los Castro- siguen siendo hostilizadas por parte de los matones del régimen. Al respecto sigue llamando la atención el pertinaz silencio de organismos locales que dicen defender los derechos humanos y que a diario realizan manifestaciones públicas contra países que se identifican con la cultura general de Occidente.
El tema de los presos cubanos es preocupante porque existe una suerte de resignación en la opinión pública internacional consistente en la presunción de que Cuba deberá soportar a Fidel Castro hasta el día de su muerte. Y mientras esto no suceda, no es posible imaginar ningún tipo de liberalización.
Importa, por consiguiente, advertir sobre los riesgos de esta resignación porque está probado que después de sesenta años de ejercicio absoluto del poder, el régimen totalitario trasciende la figura de Castro y nada autoriza a pensar que su hermano o los burócratas que se han formado a su lado vayan a hacer algo diferente.