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“De qué hablo cuando

hablo de correr”

Autor a la vez de culto y de gran éxito mundial, Haruki Murakami (Kyoto, 1949) es un fiel representante del Japón contemporáneo (o por lo menos, de la idea que desde lejos nos hacemos los occidentales que no hemos tenido la suerte de visitar el país): un Japón hipermoderno y vertiginoso. Pero también un Japón que exige de sus ciudadanos un voluntarismo a toda prueba. Al comparar su actividad de escritor y a su actividad de “maratonista” en su “De qué hablo cuando hablo de correr” escribe: “Lo más importante es si lo escrito alcanza o no los parámetros que uno mismo se ha fijado, y frente a eso no hay excusas. Ante otras personas, tal vez, uno pueda explicarse en cierta medida. Pero es imposible engañarse a uno mismo. En este sentido, escribir novelas se parece a correr un maratón. Para explicarlo de un modo básico, para un creador la motivación se halla, silenciosa, en su interior, de modo que no precisa buscar en el exterior ni formas ni criterios”.

El novelista japonés más famoso en la actualidad habla en este libro de sí mismo. Tras regentear durante años un local de jazz, decidió dejar todo para dedicarse a la literatura. “El primer problema serio al que tuve que enfrentarme nada más al convertirme en novelista fue el del mantenimiento de mi condición física”, cuenta. Tendía a engordar y a exagerar con los cigarrillos. Y entonces empieza a correr. Y dejó el tabaco, porque si se corre todos los días, “dejar el tabaco es una consecuencia natural”. Empezó corriendo veinte o treinta minutos, pero a comienzos del 1983 comenzó a participar en una carrera de fondo en carretera. Eran sólo cinco kilómetros, pero fue el inicio. En 2007, participó en el triatlón de Honolulú, una competición de categoría olímpica.

Especialmente interesante resulta cuando Murakami compara sus dos ocupaciones, o pasiones: correr y escribir (en general, largas novelas). La gente, dice, cree que físicamente basta con sostener una birome o tamborillear en un teclado para escribir una larga novela. “Soy consciente de que escribir novelas largas es básicamente una labor física”, sostiene. “Sentarse ante la mesa y concentrar todos tus sentidos en un solo punto, como si fuera un rayo láser, poner en marcha tu imaginación a partir de un horizonte vacío y crear historias, seleccionando una a una las palabras adecuadas y logrando mantener todos los flujos de la historia en el cauce por el que deben discurrir. Y para este tipo de labores se requiere una cantidad de energía a largo plazo mucho mayor de la que generalmente se cree. Y es que, aunque realmente el cuerpo no se mueva, en su interior está desarrollándose una frenética actividad que lo deja extenuado”.

El título del libro, como explicita el propio Murakami, proviene del célebre volumen de cuentos de Raymond Carver, “De qué hablamos cuando hablamos de amor”. Publicó Tusquets.

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