Edición del Jueves 29 de julio de 2010

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Estética, historia y política Estética, historia y política - Edición Impresa - Cultura

Con claves visuales

Estética, historia y política

Estética, historia y política

Centauro descamisado con Cautiva. Carbonilla.

Foto: GENTILEZA MAC

RAÚL SANTANA

Daniel Santoro, hijo de madre y padre calabreses, nació en Buenos Aires, barrio de Constitución, un año antes de la caída del gobierno de la década; es decir, no tuvo las vivencias de aquella época, pero creció en tiempos en los que el debate sobre el peronismo estaba a la orden del día. A comienzos de los ‘70 ya estaba en la Escuela Nacional de Bellas Artes y había comenzado a compartir sus inicios en el camino del arte con su militancia en el peronismo. En 1982 entró a trabajar en el taller de escenografía del Teatro Colón, haciendo una experiencia que va a ser esencial, no sólo para su crecimiento artístico, sino también para la presentación posterior de muchos proyectos artísticos, como Lecturas del Billiken o los Arcanos Porteños, incluyendo posteriormente sus imponderables enfoques del mundo peronista.

Con insaciable curiosidad, el artista recorrió y consultó durante años los materiales que lo actualizaron con ese pasado: documentos, revistas como Mundo Peronista o Mundo Atómico, afiches proclamando las distintas realizaciones y preocupaciones del gobierno -en su inédita manera de mantener una constante comunicación con el pueblo- y todo tipo de gráficas -lo que para el artista significó un verdadero hallazgo- que dio por resultado la reciente edición del pequeño libro que recopila gran parte de aquella gráfica con el título Perón Mediante. También fueron fundamentales para Santoro libros como los de los planes quinquenales que lo actualizaron sobre las increíbles realizaciones de aquella década. Así comenzó el artista a atisbar la significación de ese Estado protector que irrumpió en la historia argentina como una cumplida utopía, al menos para una gran mayoría. Y no sólo atisbó aquel Estado, sino también la irrupción de una estética que a través de la radiofonía, de sus arquitecturas, de sus festejos y apariciones públicas, flotaba indeterminada.

Quizá uno de los primeros propósitos del artista haya sido darle unidad y entidad a toda aquella estética flotante, tal como afirma el propio Santoro en alguno de sus textos: “En muchos de mis trabajos, como los que ilustran este texto, busco lograr acercamiento visual, al menos dibujar los contornos de lo que podría ser el Justicialismo. Esto, sin duda es un desafío, tal búsqueda siempre fue un enigma para sociólogos, politólogos, economistas, etc..., etc...”. Por estas declaraciones, es evidente que el artista propone su poética visual como una llave maestra que vuelve a abrir las compuertas de aquella época a la castigada memoria de la actualidad. Y éste es el momento en que eficacia estética se vuelve eficacia política, en estos tiempos de capitalismo feroz, en que todos los días, por las necesidades del mercado, se decreta el “fin’ de algo: formas artísticas, la historia o los más variados productos. Todo tiene que cambiar por las codiciosas necesidades de un mundo posmoderno que necesita, al mismo tiempo, multiplicar y hacer desaparecer sus ofertas, imponiendo absurdas nociones de actualidad en este sistema globalizado donde todo se parece a todo.

Precisamente desde esta imposición de lo actual es donde la obra de Santoro aparece con la frescura de estar más allá del juego impuesto. En última instancia, su juego responde a reglas inventadas por él a partir de la melancolía por aquella época en este desdichado sur americano; de aquí saca el artista la potencia conceptual y visual de sus inéditas imágenes. Es por esta razón que su obra -a la cual la crítica respondió favorablemente en la mayoría de los medios- se yergue solitaria como un extraño monumento del arte argentino. Elaborada con la solvencia y sabiduría de un clásico, al recorrerla encontramos importantes alusiones a la historia del arte de todos los tiempos, como por ejemplo, las reiteradas citas de la Isla de los Muertos de Arnold Böcklin y otras menos conocidas; pero no obstante, las intrincadas claves visuales y conceptuales, su obra ha llegado a toda clase de público.

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Jueves 29 de julio de 2010
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