Dos fragmentos de “Lo intraducible” (*)
Por Alejandro Bekes
La imagen que falta
¿Cuál es nuestro lugar en el Libro del Mundo? Si ese libro se parece a un drama o a una novela, o si se parece a la Biblia, que es la novela de Dios, entonces seremos sus personajes y nuestra suerte, por ínfima que sea, tendrá justificación en él y existiremos. En cambio, si ese libro es un tratado de geometría o de álgebra, más nos vale ir buscando lugar en otra parte, porque es seguro que allí no tenemos cabida.
Durante la Edad Media y hasta el siglo XVI inclusive, esa otra Escritura Sagrada que es el universo se interpretaba según un vago código de semejanzas y alegorías. Así, el león es emblema de Cristo, porque borra sus huellas con la cola para despistar a los cazadores, y Cristo borró las huellas del pecado para alejar de nosotros al Acusador. Desdichadamente, el león significa también el Maligno, porque así lo representa el Libro de los Psalmos: Salva me de ore leonis. Ante la mirada moderna, sin embargo, no es la ambigüedad el principal defecto de esta hermenéutica, sino su ineptitud para calcular y predecir los fenómenos naturales, su incapacidad para disciplinar cualquier ámbito que no sea el religioso y moral. Mejor dicho: del hecho de suponer un orden moral en la estructura de lo creado, y de supeditar a ese orden nuestra posibilidad de conocer, nace la radical falencia de este método para hacer frente a una nueva época, signada —como dice Sábato— por la cantidad y la abstracción. Para entender el mundo de las cosas y ejercer sobre él un poder eficaz, el hombre tiene que ser capaz de concebirse ajeno, tiene que aprender a examinarse como un objeto entre los otros.
Galileo intentará ese género de conocimiento distinto y seguro, tomando como base esta rara idea: la de que el libro de la naturaleza está escrito en lengua matemática. Ahora, esta lectura, apta para reducir y dominar las presuntas leyes del mundo físico, ¿cómo responderá a los interrogantes últimos de la conciencia sometida a la muerte? La pregunta es retórica: todos sabemos la respuesta. Para nuestra conciencia agónica, la lectura galileana del mundo puede ser un pasatiempo, una distracción o un modo de subsistir, nunca un modo de ser. Nos enfrentamos al antiguo dilema: o somos los actores del drama cósmico (un drama que tiene un Autor, y entonces un porqué y un sentido, aunque éstos permanezcan en la sombra) o somos partículas insignificantes en el lúcido mundo de Galileo y de Bertrand Russell. Como lo mostró sobradamente Miguel de Unamuno, tampoco nos es posible decidirnos por uno de los cuernos del dilema: tenemos que convivir con el dilema y agonizar en él. La ciencia pudo reducir el mundo físico a un compendio elegante de postulados, teoremas y corolarios, pero éstos nada nos dicen sobre nuestro lugar en el conjunto ni sobre el sentido de nuestra vida en él. Si intentamos, por otra parte, aplicar la racionalidad científica al estudio de la sociedad humana y de sus mitos, parece que se agravaran la soledad y el desconsuelo; y se nos impone a la larga un sinsabor como el que acompaña a los traidores. Como dice Saúl Zuratas en El hablador de Vargas Llosa, nuestra cultura es demasiado fuerte y agresiva: lo que toca, lo devora (1).
Ante nuestra conciencia escindida, fragmentaria, desintegrada, el mundo aparece ahora como un libro monstruoso, como un libro infinito cuyo desciframiento imposible se nos impone sin embargo. Nuestra razón ha contraído (¿pero con quién?) este deber extraño. Nuestra razón descubre el infinito y el infinito la corrompe. El ápeiron que habían exorcizado Aristóteles y Ptolomeo reaparece en la racionalidad moderna, como una consecuencia de la revolución copernicana y del desquiciamiento del orbe medieval. La razón objetiva, y nosotros con ella, somos cómplices de aquello que nos anula. Bartolomé Leonardo de Argensola habrá sido de los primeros en publicar que la naturaleza nos engaña, que su belleza y la verdad no coinciden. Pascal no ha sido el último en resentir que nos traiciona el universo.
En nuestros opacos días, el ápeiron ha dejado de ser una mera noción matemática o astronómica; deja su destello y su marca en nuestras retinas, adonde acuden sin ser llamadas las imágenes de una visión que nos gusta denominar planetaria, pero que también es confusa, anecdótica, falta de centro y de fin. Una visión, además, que no nos admite. Nuestra imagen falta en el Aleph. Vemos en él todos los espejos del planeta pero ninguno nos refleja. En este mundo que hemos levantado hay muchas moradas, pero ninguna se deja reconocer. Ninguna casa es la nuestra. A diferencia de Ulises, ya no sabemos creer en la existencia de Ítaca. O en todo caso, esa Ítaca está perdida para siempre, no es más que un rincón sagrado en la memoria.
(De “El libro monstruoso”)
Poesía
El desafío de esta edad parece consistir en la paradoja siguiente: sostener la poesía para ser sostenido por ella. Cada vez más ella aparece como única vía de acceso a las profundidades. Como la única vía que no está perdida del todo. Su fidelidad me conmueve, su lealtad de ángel solitario, de genio del aire. Lo que está en juego es todo, el sentido de todo.
Cuando alguien escribe es porque le quedaron cosas sin decir. Cosas que generalmente es tarde para decir. De allí que escribir pueda considerarse un acto mágico, por el cual le decimos a un papel lo que no tuvimos valor para decirle al destinatario directo.
Ese momento en que parece que todo lo padecido se uniera en un tumulto de llanto imposible, en un ahogo para el cual no hay palabra, que anula toda palabra, todo razonamiento o explicación, porque es inabarcable: es entonces, quizá, cuando Mahler compone su Solitario en otoño. Yo pienso en el patio de nuestra casa de Gálvez, que abandoné para siempre a los siete años y en el que dejé olvidado algo que debía ser inolvidable y que nunca podré recuperar. ¿Entonces qué hacer? ¿Cómo llorar lo no llorado, lo no llorable?
Lo no llorable (illacrimabile es la palabra de Horacio) nutre la poesía. La poesía vuelve llorable lo perdido. Ella sabe tomar las hebras de lo terrible para tramar la tela de lo trágico.
Escudriñar en las entrañas. Si una lengua es una ciudad medieval rodeada de brillantes y modernas avenidas, según lo explicaba Wittgenstein, y si pensamos que nos engaña la luminosidad de esas avenidas y de sus shopping centers, entonces habrá que buscar en los recónditos sucuchos del barrio viejo los restos del forgotten lore de la vida y la muerte.
Si el lenguaje es la casa del ser, si las palabras son como la encarnación de lo que somos y si, por otra parte, no somos capaces de sobrevivir a la intemperie, ¿qué tiene de raro que busquemos en ellas, en las palabras, un abrigo contra el espanto y la miseria de ser? Reducido a una larga agonía, ¿no se repetía Swift a sí mismo: “Soy lo que soy”?
No puede haber poesía sino desde la peligrosa frontera de la vida. Sólo es poeta quien está al borde del precipicio y lo sabe. Porque en realidad no hay nadie que no esté allí: en todo momento. Pero vivimos sin creer en esto, vivimos como si fuéramos eternos y vanos. Somos efímeros y preciosos: pero sólo el poeta (si el poeta es posible, o cuando el poeta por un instante nos habita) vive realmente como tal.
Un verdadero artista es siempre un liberador: alguien que redescubre, en medio de la chatura general, la posibilidad magnífica. Una bandada de patos, afanada en la necesidad (en la necedad) de disputarse restos de comida, permanece desde hace siglos en el agua estancada. Y de repente, relámpago en cielo claro, el cisne en vuelo.
Es difícil ser claro cuando no se parte de una intuición sino de un impulso ciego, de una ansiedad por trascender la asfixia del silencio. El lema de Lope: “Oscuro el borrador y el verso claro”, debería ser acaso el de todo poeta auténtico. De otro modo, ¿de dónde proviene esa sensación de inmortalidad que nos dejan poemas como “Una brújula” y otros de Borges? Lo que cautiva, lo que seduce en ellos, es la claridad unida a la música, es la claridad de la música. Y así, nuestro modelo es aquel Garcilaso de “El blanco lirio y colorada rosa”, no porque lo de Neruda, “Como ceniza, como mares poblándose”, valga menos, sino porque seguir los pasos de un poeta oscuro es fácil —y vano. La lección de la claridad, sin embargo, no basta. En realidad, no hay recetas, y el golpe, el impulso original es inexplicable. No hay fórmulas sobre el mejor modo de romper el silencio. Podemos admirarlo, no repetirlo.
La desmedida pretensión. Tal vez nos lleve toda la vida entender un solo verso de Dante —si es que alguna vez lo entendemos. La erudición, en todo caso, poco tiene que ver con el conocimiento y menos aún con la sabiduría. Nada sabemos, todo es creencia y suposición, todo es oscuridad... ¿No nos enceguece la luz, esta divina luz del sol que un día nos será quitada? De uno cualquiera de nosotros le pregunta Cavalcante al poeta:
Non fieri li occhi suoi lo dolce lume?
¿La dulce luz no hiere ya sus ojos?
(De “Inmortales mortales”)
(1) También nos quedan las ruinas de aquel ambiguo reino de las analogías, de las correspondencias que nombró Baudelaire y que exploraron con piedad tantos poetas, desde Goethe y Novalis hasta Fernando Pessoa y Luis Cernuda. ¿Quién se atreve hoy a intentar la reconstrucción de esas ruinas? Sus imágenes dispersas componen a veces un confuso mosaico para uso de sectas milenaristas.
(*) Ensayo distinguido con el Premio Fundación Amado Alonso, 2010.

“Sacramentario, conocido como de Gellona” (Siglo VIII).

“Códice Amiatinus” (Copia del Códice de Cassiodoro, a quien se representa en esta figura) (Siglo VIII)

“Salterio de Corbie” (Siglo VIII).