“La edad de la ciruela”
El espíritu femenino en una puesta poética

El elenco del Grupo de Teatro de ATE Falus Valvus reinterpreta el poético texto del dramaturgo Arístides Vargas.
Foto: Pablo Aguirre
Roberto Schneider
La vida y su alta dosis de cotidianeidad. Vidas algo aburridas, solitarias, desteñidas. Acontecimientos comunes, sencillos, carentes de sorpresa, carentes de acciones heroicas. Almas en constante proceso de pedir cariño y amor. Con personajes apabullados, quebrados, contradictorios, con mucho de fracaso sentimental. Mujeres capaces de amar y odiar al mismo tiempo, de sufrir y gozar, revelando la ambigüedad que caracteriza al ser humano. Héroes rutinarios enmarcados en los lugares comunes de todos los días. Personajes que no logran encontrar su lugar. Seres que desconocen por completo la realidad en la que están, y que son incapaces de enfrentar sus problemas. También con elevados ideales, defensores de sueños. Que con el transcurrir de la vida les ha hecho perder las fuerzas, las ganas, las ilusiones. Personajes insertos en un contexto que muta y en una clase social de algún modo venida a menos y que se consume frente a los dictados de un nuevo orden.
Sobre estos temas y muchos más habla “La edad de la ciruela”, la poética obra del dramaturgo argentino Arístides Vargas, estrenada por el Grupo de Teatro de ATE Falus Valvus en ATE Casa España. En estas mismas páginas sosteníamos recientemente que en el texto del autor y a partir de la lectura de las cartas que una hermana envía a otra, se instala sobre el escenario un curioso enjambre de mujeres de diversas edades. Se trata de una legión de hermanas, tías y sobrinas que van unidas o enfrentadas por dolorosos y a la vez cómicos recuerdos y antiguos celos, corroídas por el paso del tiempo que, finalmente, como en una novela del realismo mágico, logran detener.
El paso del tiempo y la soledad de los seres humanos son el gran tema de la pieza. Es lo que les sucede a esas mujeres para las que el tiempo no transcurre y que tienen hambre de varón -aunque alguna lo conoció, tampoco le fue muy bien-. Vargas conoce el espíritu femenino y lo dibuja en su dramaturgia de manera entrañable. La existencia de este grupo de mujeres se conoce por una serie de cartas que dos hermanas de la generación más joven se escriben. En ellas se va dibujando la historia familiar que, de algún modo, se inicia con el recuerdo de un secreto que involucra a la abuela y una tía abuela. Ese secreto le otorga a los espectadores la punta de un ovillo que se va desarmando. Hay más, por supuesto. Está presente una tía mayor con una historia cargada de bohemia, que se siente artista de verdad o dos hermanas maduras que se confiesan con dolor.
Tan particular universo, de aristas entrañables, con pequeñas dosis de humor bien colocadas, necesitaba de una dirección segura, que colocara en escena aquello que tiene que estar y eluda lo innecesario. Es lo que logra Alberto Serruya desde la dirección general del espectáculo a partir de un serio trabajo con las actrices del elenco. Así, Daniela Biaggini, Carolina Pardo, Nenia Nizo, Susana Meynet, Laura Occhi, Lucinda Viani, Sonia Retamar, Ignacio de Tuatti, Norma Medrano y la niña Violeta Serruya se entregan al juego interpretativo propuesto por la dirección con buenos resultados. Cada uno en su rol, más o menos protagónico, da vida a sus personajes, algunas veces ridículos, otras veces tiernos, que se mueven, se transforman, nos conmueven, nos mienten, nos hacen reír, amar y odiar. Es de exquisito nivel y tiene carácter protagónico la estupenda música original de Carlos Serruya, con la asistencia técnica de Salvador Rodríguez. Correctos el vestuario y el maquillaje de Soledad Maglier, la asistencia de escenografía de Sergio Gullino, el diseño de iluminación de Ramón Almada y la iluminación y sonido de Agustín Serruya.




