Preludio de tango

El jazz en Buenos Aires

A_LC.jpg

 

Manuel Adet

Se dice que el tango y el jazz tienen en común el origen, el particular destino de haber sido aceptado por las clases populares y rechazados por las clases altas. Podría agregarse que ambos géneros finalmente fueron acogidos por las clases altas y los intelectuales y, de alguna manera, abandonados por las clases populares, como si el precio a pagar por el ascenso social fuera precisamente ese distanciamiento con sus fuentes.

Las diferencias entre el tango y el jazz también son evidentes. Básicamente, mientras el tango responde a una estructura cerrada, camarística si se quiere, el jazz da rienda suelta a la improvisación. Así y todo, en la Argentina el tango desde sus orígenes se relacionó con el jazz a través de sus más inspirados maestros. Un clásico exponente de la guardia vieja como Angel Villoldo compuso “Atlántida”, un foxtrot que escandalizó en su momento a los rigurosos custodios de la tradición tanguera. Norberto Firpo, otro de los grandes exponentes de aquellos años, mantuvo “relaciones carnales” con el jazz. ““El jazz tiene una defensa colosal: sus méritos -escribió- de los cuales el mayor es la riqueza de armonización, la variedad de instrumentos”. Firpo recomendaba una orquesta con piano, dos bandoneones, tres violines, un violoncello, dos clarinetes, tres saxofones, trombón, contrabajo y batería, “esta última utilizada con mucha discreción”, concluye

Los grandes maestros de los años veinte, De Caro y Fresedo, sorprendieron a sus seguidores incorporando a las orquestas instrumentos clásicos del jazz. Se sabe que en 1920 Fresedo viajó a Estados Unidos acompañado de Enrique Delfino y Tito Roccatagliata. Fue allí que se relacionaron con el jazz. George Gershwin fue uno de los músicos preferidos de Fresedo.

Francisco Canaro por su parte creó la “Canaro jazz band” y el cantor de la singular banda fue Charlo. La “Red Hot Panamerican Band” contó en esos años con la participación de Libertad Lamarque, y habría que recordar que Carlos Gardel grabó “Tú serás para mí, yo seré para ti”. En los años treinta, y sobre todo en los cuarenta, las bandas de jazz y las orquestas de tango se cruzaban en los escenarios y sus músicos solían frecuentar los mismos ambientes y trabajar en una u otra orquesta. La relación trascendía el ámbito social para expresarse en influencias estilísticas. Los pianistas particularmente circulaban de un género al otro con relativa comodidad. El exponente más representativo de esta modalidad fue Héctor Lagna Fietta, pianista que trabajó con Pedro Maffia y Elvino Bardaro e integró el quinteto de un Aníbal Troilo que recién acababa de dejar los pantalones cortos.

Es a partir de mediados de la década del cuarenta que las relaciones del tango con el jazz se hacen más consistentes. Se sabe que en esos años el tango adquiere jerarquía musical mientras que en Estados Unidos se produce la revolución del bebop a través de Charlie Parker, Teolonious Monk y Dizzy Gillespie. Ya en esos años Piazzolla inicia sus primeros ensayos y será el músico que con más audacia y creatividad intentará acercar el jazz al tango. De Angel Villodo a Adrián Iaies, de Roberto Firpo a Luis Salinas, pasando por Fresedo, Demare, Aleman, Caravelli y Cóspito hasta llegar a Piazzolla hay un itinerario riquísimo de experimentaciones cada vez más audaces y creativas.

El momento culminante de esta relación entre el tango y el jazz se produce en julio 1956 cuando Dizzy Gillespie se hace presente en la boite Rendez Vous donde todas las noches actuaba la orquesta de Fresedo. La visita de Gillespie a la Argentina debe de haber sido una de las contadas iniciativas interesantes promovidas por el Departamento de Estado de EE.UU. en sus relaciones con América latina. Gillespie llegó a Buenos Airea acompañado de su banda integrada entonces por el trompetista Quincy Jones, los saxofonistas Phil Woods y Billy Mitchell y la trombonista Melba Liston.

La visita duró una semana y contó con incidentes y anécdotas de antología. A Gillespie le encantó Buenos Aires, disfrutó de sus asados, sus vinos y descubrió el sabor del mate. No todas fueron mieles. En el City Hotel, y a pesar de estar apadrinado por la embajada de Estados Unidos, no le permitieron alojarse por ser negro. Gracias a las diligencias de la propia embajada finalmente se alojaron en el hotel Continental, pero no deja de llamar la atención este brote de racismo criollo, sobre todo porque algo parecido le ocurrió al año siguiente a Louis Armstrong.

La banda de Gillespie actuó con gran suceso en el teatro Casino. La banda ensayaba en radio El Mundo y todavía hoy aparecen testigos que aseguran haber presenciado esos formidables ensayos. De todos modos, el acontecimiento más importante ocurrió la noche del último sábado de julio de 1956 cuando el propio Gillespie vestido de gaucho se hizo presente en la boite Rendez Vous, subió al escenario con su trompeta y se sumó a la orquesta que en aquellos años era una de las más exigentes y refinadas de Buenos Aires. El desprevenido público que esa noche fue a tomar una copa y escuchar unos tangos, fue protagonista de una jornada histórica. Como anécdota ilustrativa, importa señalar que entre los asistentes se encontraba Lalo Schifrin, entonces un joven músico que esa misma noche iniciará su relación con Gillespie.

De aquella memorable sesión nocturna quedan algunas fotografías, la memoria de los sorprendidos espectadores pero el recuerdo mas trascendente se lo debemos al grabador Geloso de Gillespie que dejó para la historia cuatro temas grabados : “Vida mía”, “Adiós muchachos”, “Preludio Nº 3” y “Capricho de amor”. Se dice que Gillespie logró sacar de entrada la partitura. El texto que le mostraron estaba en clave de Sol para piano y había que llevarlo a Si bemol. Gillespie lo hizo en la primera tentativa, nada del otro mundo para un músico de su jerarquía, pero así y todo el público no dejó de manifestar su admiración.

La placa grabada circuló en su momento entre los iniciados y en la década del noventa se hizo una nueva impresión que llegó al gran público. La improvisada sesión tiene sus límites. En el último tema por ejemplo- se registran algunos tonos desafinados, pero en lo fundamental es un testimonio histórico de la relación sostenida entre dos grandes maestros y, más allá de sus inevitables imperfecciones, pueden apreciarse con nitidez las entradas de Gillespie, los pasajes de piano de Fresedo y la discretísima presencia de los bandoneones. Gillespie regresó a la Argentina en 1961 acompañado justamente por Lalo Schifrin. Diez años después actuó en con su quinteto en El Coliseo y su última cita fue en 1979 con un excelente recital en el estadio de Obras.

La otra visita decisiva del jazz en la Argentina fue la de Louis Armstrong en 1957. Dos años antes Satchmo había grabado “El choclo”, una curiosa versión en inglés titulada “Kiss of fire” y “Adiós muchachos”. Armstrong para esos años ya era un mito viviente y una multitud lo fue a recibir a Ezeiza y no faltó a ninguna de sus actuaciones. Héctor Varela y Aníbal Troilo hicieron cola para verlo actuar y sacarse una foto.

Las diferencias entre el tango y el jazz también son evidentes. Básicamente, mientras el tango responde a una estructura cerrada, camarística si se quiere, el jazz da rienda suelta a la improvisación.