Aniversario con número redondo

Treinta años haciendo punta

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En su lugar. Excepto Renato Rabellino y Carlos Colomba, posaron todos: Héctor Kuchen, Cristian Eberhardt, Ernesto Figlia, Raúl Varayoud, Edgardo Bosser, el asesor de siempre, Miguel Angel Colla, Alejandra Cane, Ariel Vijod y René Eberhardt.

Foto: Juan Manuel Fernández

El Grupo de Experimentación Agrícola de San Carlos celebró tres décadas de trabajos en conjunto. Toda una historia de empuje y determinación en busca de la eficiencia como premisa para la sustentabilidad de la empresa agropecuaria.

Juan Manuel Fernández

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Los une el trabajo y el interés por ser eficientes para producir, pero cuando se juntan se parecen más a un grupo de viejos amigos. “¿Te acordás cuando íbamos a recorrer el campo del Tino y te hacía agarrar la azada para que de paso le sacáramos los cardos”?, rememora uno y dispara no sólo las risas cómplices del resto sino una interminable lista de anécdotas felices; como la que ocurrió en el mismo lote cuando vieron venir una liebre a toda carrera escapando de uno de los perros a la que —al pasar frente a ellos— le tiraron una contundente patada que terminó impactando en el infortunado “Capitán”.

El Grupo de Experimentación Agrícola (GEA) San Carlos tiene fecha de fundación: 7 de agosto de 1980. Entonces eran 7, todos pequeños tamberos que ya venían trabajando alrededor del Centro de Inseminación Artificial creado en el 67 por el Ministerio de Agricultura para fomentar la mejora genética de los rodeos lecheros de la zona.

Hoy, con 30 años cumplidos, rememoran aquellos tiempos en los que la soja era un exotismo botánico: “para el Banco Nación esta era zona de vaneo”, dicen, y luego se jactan de los picos de 60 quintales de la última campaña. Evocan también que en lugar de alfalfas se pastoreaba achicoria y ni siquiera conocían el boyero eléctrico, que más tarde terminó siendo uno de los adelantos más útiles para sus establecimientos. Tampoco trabajaban con reservas, por lo que “en verano hacíamos leche y en invierno... chorizos”, se ríen de nuevo.

La transformación

De aquel inicio, sólo dos miembros siguen perteneciendo al grupo: el asesor técnico, Edgardo “Perro” Bosser, y René Ignacio Heberhardt. El más nuevo es Ariel Gustavo Vijod, que ingresó al GEA hace apenas 4 meses. El penúltimo en entrar, Héctor Kuchen, lo hizo hace 15 años. La lista la completan Renato Rabellino, Ernesto Ricardo Figlia, Raúl Francisco Varayoud, Cristian Eberhardt, la firma Juan Carlos Cane e Hijos, Miguel Angel Colla y Carlos Colomba.

Ya no son únicamente tamberos, sino verdaderos empresarios que debieron aprender, por ejemplo, a ser agricultores para darle sustentabilidad a sus establecimientos; o a asociarse para ganar fuerza a la hora de comercializar su producción.

Buscando evitar que los pase por arriba el vértigo de los tiempos modernos, como le ocurrió a tantos, ellos avanzaron al mismo ritmo. Un botón de muestra: aseguran haber constituido “el primer pool de leche de la Argentina” con apenas 4.200 litros entre 9 productores en el año 1985. Hoy también venden en conjunto, pero entre 8 reúnen 20.000. Y no reniegan de aquella época, porque a pesar de lo que hoy parece precariedad “hacíamos estudiar a nuestros hijos”.

Las comparaciones entre el pasado y el presente se hacen obligadas para remarcar las 3 décadas de historia. Cuando se juntaron “con la mira puesta en levantar la producción”, recuerda Bosser, apenas conseguían 38 kilos de Grasa Butirosa (GB) por hectárea al mes. Entonces le apuntaron primero a la alimentación de la vacas, luego incorporaron el boyero y consociaron praderas. Igual, el pico de producción se estacionaba entre octubre y marzo y el resto del año hacían lo que podían. Era la época del “sistema de base y excedente” para el pago de la leche. Gracias a las herramientas modernas, pero sobre todo al coraje de tomarlas a tiempo, actualmente consiguen mensualmente unos 180 kilos de GB/ha (entre 7.000 y 8.000 litros).

Los nuevos desafíos

Parece mentira que la adopción masiva de la alfalfa sea un recuerdo cargado de nostalgia. “Cuando apareció la CUF nos fuimos hasta Villa Trinidad para verla”, recuerdan como asombrados de sus propios actos. Y la reina de las pasturas no hizo su aparición sola, sino que llegó acompañada de insecticidas que fueron el primer “paquete tecnológico” que dio impulso a la producción.

“Pero los verdaderos shocks productivos —enfatiza el asesor— fueron primero el boyero, después las alfalfas sin latencia y en tercer lugar la producción de reservas programadas”. Más tarde, en los 90, haría su irrupción la agricultura moderna, que también aportaría eficiencia a fuerza de adelantos biotecnológicos como los materiales resistentes a insectos o herbicidas, rotaciones, híbridos y hasta los rollos —que hoy parecen tan normales— fueron una novedad.

Ya en esta década, la “profesionalización de la empresa” fue la consigna que debieron cumplir estos pequeños tamberos para poder subsistir. “Muchos no se subieron al tren porque no entendieron que había que ser eficientes en lugar de hacer volumen”, sintetiza Bosser. Así, quien tenía 40 vacas en ordeñe sobre 60 hectáreas, por citar un caso, pasó a tener actualmente 100, equivalente a una carga de 1.8 EV/Ha.

Hoy, en las habituales reuniones de cada segundo viernes de mes la premisa sigue siendo la eficiencia, pero los temas de debate giran en torno a fertilización y enmiendas cálcicas, control integrado de plagas (decidieron contratar un monitor), calidad de embolsado o secuestrantes de toxinas en silo. También se piensa en encontrarle el punto justo al momento de cosecha para mejorar la calidad de las reservas. Y por supuesto que faltan los análisis de mercado y las evaluaciones de estrategias en agronegocios.

Haciendo balance, pasando en limpio la historia reciente, pareciera que para los miembros del GEA San Carlos en las últimas tres décadas pasaron más cosas que años, hubo más transformaciones que almanaques tachados. Y no sólo dentro de sus establecimientos sino, sobre todo, en ellos mismos en tanto productores y entre ellos como grupo. Y lo más importante: que además de contar con empresas eficientes hoy saben disfrutar del camino recorrido y se llenan de satisfacción; y se ríen una vez más pensando que, en realidad, “en todas estas reuniones hemos comido más de lo que aprendimos”.

Aseguran haber constituido “el primer pool de leche de la Argentina” con apenas 4.200 litros entre 9 productores en el año 1985. Hoy también venden en conjunto, pero entre 8 reúnen 20.000.


El progreso en números

En los comienzos lograban 38 kilos de GB/ha/mes. Actualmente consiguen 180 kg/GB/ha/mes o su equivalente en litros: entre 7.000 y 8.000. Alguno también ordeñaba 40 vacas en 60 hectáreas; y hoy tiene 100 animales que pasan por el tambo, equivalente a una carga de 1.7/1.8 VO/ha.

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Desde siempre. René Eberhardt mantiene su viejo brete a la par paso a través, aunque en muy poco tiempo se transformará en un “espina de pescado”.

Foto: Juan Manuel Fernández