Sobre los moños

El último día del niño, con la profusión de regalos, me llamó la atención la cuestión de los moños. Siempre, siempre, en mi vida me dediqué largamente a meditar sobre cuestiones profundas y así salió este artículo. Va con moño y todo.

TEXTO. NÉSTOR FENOGLIO. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI.

Sobre los moños

Ahora hasta un jaboncito de morondanga viene con un paquete primoroso y un moño digno de mejores causas. A cualquier cosa le estampan moños. Y eso sucede si el envoltorio y el regalo son importantes y en consecuencia se viene un moñazo grandilocuente- o, a veces con más razón, para sugerir una prestancia que el objeto realmente no tiene, si es pequeño y más bien berretón...

Antes, ponerle un moño a algo era un arte, una ciencia, una cosa para iniciados. Un moño era cosa seria. Traía ya la prensa incorporada de la elegancia en el vestir, pues el moño era como el toque especial para encuentros igualmente especiales. “Con moño y todo” aludía así a alguien que venía emperifollado para deslumbrar, el que se había puesto todo lo que tenía. No sólo un traje: moño y “todo”.

Por extensión, un regalo con moño, hacía referencia a algo más que la grosera pero honesta envoltura casera de la Tía Cata, que para tu cumple te regalaba algo como correspondía, pero dadas la cercanía y familiaridad, no hacía falta tanta pompa. Era el regalo de la tía y no necesitaba embajadores ni edecanes que lo anunciaran con bombos, platillos o moños.

Pero los moños comenzaron a aparecer y les decía que era todo un arte. En el barrio o en un pueblo, uno se inclinaba por tal o cual regalaría o juguetería solamente porque la dependiente o el dueño “hacían lindos moños” y ese, ante el mismo objeto y el mismo precio, era un valor agregado.

Esa persona tenía cintas de distinto grosor y colores y luego de envolver el regalo otra ciencia-, con cierta ceremonia, sabiéndose observado y admirado, armaba el moño y luego con una tijera lograba rizar algunas hebras. El resultado era un moño bello y armonioso, un objeto de arte, un llamativo presente que le daba importancia al otro presente. Pero eso es pasado...

Era absolutamente probable, además, que en tu casa alguien guardara prolijamente esos moños ocasionales, de manera de contar con alguno para hacer los regalos o para resolver con prestancia, algún compromiso de apuro.

Con el tiempo, vinieron unos moñitos ya armados y los comerciantes empezaron a ponerle moños a todo.

A alguien se le ocurrió la brillante idea de hacer un dispositivo que, tirando con suavidad de él, te arma el moño que quieras. Un genio, el vago, y no sé por qué no es tan conocido como el inventor de la birome o el colectivo.

Allí se terminaron los empleados chambones, los moños defectuosos, los envoltorios chingados. De una, el moño estaba armado, perfecto, y entonces nos llenamos de moños.

Es jodido tener una casa llena de moños.

Vos vas a comprar un arito, bolsita con moño; comprás un vino, vino con moño; comprás una bolsa de carbón machaza y áspera, y viene con moño. Qué vamos a hacer, mecachis, con tantos moños. Lejos de guardarlos, ahora se tiran en la medida en que van llegando a tu casa, como si se tratara de inmigrantes que arriban a las costas europeas, disculpen la metáfora.

Y eso es más o menos lo que quería contarles: cómo hemos visto en un puñado de años evolucionar un objeto extraordinario el moño- en otro totalmente ordinario. Continuaré indagando en las profundidades insondables de estos fenómenos que nos abisman y nos abruman. Ya está; me voy. Hora de ponerle el moño. Y a otra cosa, porque estoy de regalo.