Un nogal y su historia

Los árboles de Maldonado, Uruguay, constituyen el tronco y el follaje del último libro de Ignacio Olmedo, excepcional escritor uruguayo, autor de los cuentos reunidos en “Yarao” y de la novela corta “La venganza de Diosma”. “Verdes presencias” queridas, añoradas, extrañadas, que cuentan la historia de los habitantes y la política y el destino de un fragmento del mundo.

 
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Árbol de Maldonado, Uruguay. Fotos de José Risso.

Por Ignacio Olmedo

Tal vez todos los árboles tengan una historia interesante, más allá del “crecieron, florecieron y murieron”. Me ha tocado en suerte enterarme de algunas historias de árboles, así la de un nogal; un nogal que aún está vigoroso en el patio de una casita de la calle San Carlos, casi Pérez del Puerto.

Me hizo su crónica quien protagonizó parte de la historia —seguramente la parte más importante de la misma—, ya muy viejita, a la sombra acogedora del hermoso árbol, como presencia de testigo implicado.

Cuando niña —había nacido con el siglo— iba con sus padres y sus hermanos a Montevideo, en tren, como correspondía en aquel 1910, año inicial de su recorrido, a visitar a un abuelo que era quintero y jardinero en una mansión del Prado. Aquellas excursiones, con el excitante viaje y la festiva visita, eran deseadas y gozadas a plenitud, en una exaltación que todavía encendía los ojos de la narradora.

Un día, al despedirlos, el abuelo les regaló una nuez a cada uno de los niños; nueces que él mismo cosechaba y mondaba. Los hermanos —dos varones—, mayores, golosos y resueltos, en cuanto el tren emprendió su traqueteo se comieron las suyas y luego intentaron quitársela a ella cuando se adormecía, un poco en broma pero con el propósito de comérsela. Ella la defendió y ya en la casa, aquella noche la escondió bajo la almohada para resguardarla, decidida a no comérsela y convertirla en árbol.

Al otro día, con la ayuda de la madre la plantó en una tina. Y vivió la aparición de las hojitas cuando el pequeño nogal se asomó al mundo. Y lo vio crecer sorprendida por la caída de las hojas en invierno, y aprendió a esperar el renacimiento primaveral, el estirón del verano y el volver a desnudarse cuando llegaba el frío.

Pasaron varios años; el arbolito ya no cabía en su tina inicial, así que hubo que buscarle un lugar definitivo. Se eligió el patio para que diera sombra y abrigo en verano —y nueces.

La niña había crecido al compás del nogal, ya era una adolescente entonces. Un jovencito con aire marcadamente formal se ofreció a realizar el transplante. Y lo hizo con la eficacia que requería su intención de deslumbrar. Y lo consiguió, iniciando una relación que al cabo de unos años se concretó en boda, un día de diciembre del año veinte.

La pareja y sus parientes y allegados la celebraron bajo el nogal.

(De “Verdes presencias”. Municipio de Maldonado, Uruguay, 2010).