Entre Peter Schlemihl, Alicia y Joseph K.

Haruki Murakami.
Entre Peter Schlemihl, Alicia y Joseph K.

Haruki Murakami.
Por María Luisa Miretti
“El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas”, de Haruki Murakami. Traducción Lourdes Porta. Buenos Aires. Tusquets, Colección Andanzas, 2010.
Haruki Murakami (Kyoto, 1949) sigue sorprendiendo por propuestas emparentadas con el desborde surrealista o la ciencia ficción. Aunque el aire de familia caracteriza como “desopilantes” a sus novelas y cuentos, bien podríamos adelantar que todos y cada uno de sus textos resultan asombrosos, y entrar en sus mundos es alejarse de la realidad, dispuestos a transitar dimensiones increíbles.
Si bien “El fin del mundo” fue escrito con anterioridad a otros títulos del autor, mantiene una estructura similar, organizada en capítulos que van alternando historias disímiles que confluyen hacia planteos de neto corte existencial. Hurgando tras las líneas, acusamos la carencia afectiva y una soledad asfixiante al mejor estilo kafkiano, en dos mundos paralelos en los que prima la sofisticación mientras se achata la esencia humana a quien le quitan los sueños y hasta “la sombra” donde reconocerse.
Un informático es convocado como “lector de sueños” para extraer de los cráneos sueños pretéritos, pero al mismo tiempo deberá sortear las dificultades entre el Sistema y la Factoría que manda a los “semióticos” a robar la información. En ese “despiadado país de las maravillas” vemos al personaje atravesando enigmáticos caminos hasta llegar a conocer a un anciano científico conocedor de los sonidos de los cráneos y de los que él deberá inferir los datos requeridos, posibles desde la disposición de sus hemisferios cerebrales.
Mientras tanto, en el “fin del mundo”, un hombre llega a las puertas de una ciudad, pero para poder entrar debe renunciar a su sombra, con quien luego se vuelve a encontrar y mantiene extraños diálogos ya que ella -molesta por su actitud- está próxima a desaparecer.
Si bien avanzan historias distintas y alternadas, por momentos parecieran entrar en diálogo y lo que se reflexiona en una se explicita en otra, en envidiable contrapunto.
El lector debe estar prevenido. Son historias fantásticas que requieren de una activa participación para interpretar los diversos planteos simbólicos y apreciar los escenarios en los que deambulan los personajes: uno consciente (“el país de las maravillas”): Tokio y el submundo que lo atraviesa en infinidad de alcantarillas, amenazado por los “tinieblos”, y uno subconsciente (“el fin del mundo”): un ciudad amurallada, custodiada por un guardián (similar al Castillo de Kafka), donde el personaje perderá la sombra junto con las bestias y los unicornios dorados.
Se reiteran algunos recursos abordados en otras obras, la música, las alusiones literarias y esa dialéctica entre lo que describe y lo que sucede. Desde el comienzo, los detalles capturan la atención: encerrado en un ascensor, vemos debatirse al personaje en múltiples hipótesis hasta la sorpresa resolutiva que luego lo transporta al país de las maravillas. En esa dicotomía, los detalles, la narración pormenorizada, las asociaciones y las propias reflexiones parecen desdibujar los límites entre la voz narrativa y el lector.
La novela tiene una dinámica acorde con los sucesos: es atrapante y enigmática y requiere de un activo lector para jugar entre líneas y captar las múltiples interpretaciones que ofrece. Cada cual podrá valorar desde su perspectiva este nuevo desafío de Murakami.