RICARDO MONTANER
La noche duró un poco más
Enamoradas y entre gritos y lágrimas, unas 3.500 personas revivieron anoche los momentos con música que Montaner ofreció en su voz en los últimos veinte años.

No abundaron las palabras, sólo las canciones en una carrera contra el tiempo que no dejó lugar a reclamos.
Foto: Pablo Aguirre
Florencia Arri
“Ricardo: cada palabra tuya llega hasta la delicada fibra que envuelve mi alma y eso me hace sentir viva”. En letras negras, trazadas en una cartulina color rosa, Yanina elevó su mensaje a Ricardo Montaner y sintetizó el espíritu de las 3.500 almas que anoche se agolparon junto a la suya en el estadio cubierto Ángel P. Malvicino. Allí, abrazadas unas a otras, con manos en alto y un canto exorcizante que transformó sus rostros y les arrancó lágrimas, miles de mujeres palpitaron una a una las dieciocho canciones del show.
Con una puesta en escena imponente -que incluyó una pantalla de leds dividida en tres paneles, proyección en vivo y fuegos artificiales de escenario-, la noche comenzó con una cuenta ascendente que sintetizó en unos pocos minutos veinte años de éxitos.
Enfundado en un traje, Ricardo fue anunciado por la voz en off de Marcelo Tinelli y encendió la euforia junto a las luces, al aparecer de perfil junto a las coristas y chasquear los dedos. No abundaron las palabras, sólo las canciones que se sucedieron en una carrera contra el tiempo que no dejó lugar a reclamos.
Tan enamorados
“¡Buenas noches!”, gritó con simpatía, treinta y dos minutos después del comienzo, para exclamar “¡Dios mío!”, al encenderse las luces y observar cuán colmado estaba el estadio. La emoción había sido encendida por cinco temas (“Necesito de ti”, “La diosa del lugar”, “Todo”, “Cuando a mi lado estás” y “Cuando nacen amores”) y un golpe bajo (“Tan enamorado”).
Contó que “no he venido a hablar porque voy a cantar muchas canciones, que son lo más importante”. Explicó la razón: que, tras el recital, Miguel Del Sel lo esperaba para pescar surubí, una pasión confesa que lo atrae a este Litoral argentino. Pero su público fue implacable y, si bien festejó el cortejo, con ovaciones lo obligó a más y Ricardo respondió con una seguidilla de baladas.
Sentado sobre una butaca y sin rodeos, apeló al romanticismo que lo caracteriza al ofrecer “Será”, “Para llorar” y “Ojos negros”, y animar a los pocos hombres presentes a superar pudores y acompañar con su canto.
Cuando su gente hubo perdido la compostura a fuerza de emoción y encanto, Montaner desplegó la simpatía que lo caracteriza y acercó los extremos: rostros jóvenes y con arrugas se estiraron en sonrisas cómplices cuando propuso un juego. Sentado en un blanco sillón dijo que la comunicación es el desafío entre las personas, que por eso prefería hablar cara a cara con su gente. Así, pidió iluminar a uno de los suyos que, micrófono en alto, recorrió el estadio y logró que el ídolo hablara con cinco de sus seguidoras: la misionera Daniela, que viajó con su mamá y una amiga, y con Romina y su hermana Luciana, una santafesina a quien ofreció un premio en dinero que la joven descartó de cuajo: “No, yo quiero que me cantes algo, nada más”. Con las fans sentadas a su lado para oírlo más de cerca, la canción fue casi un reclamo: “Pará un poco”.
Tanto, tanto, tanto
Luego de diez temas, la puesta tecnológica sirvió de apoyo para que el ídolo pudiese tomar un respiro obligado. Mientras la pantalla led mostraba un juego de percusión de Ricardo junto a Ricky y Mauricio, sus hijos y músicos, él se cambió de ropas, optó por el negro y mientras terminaba de acomodarse redobló la adrenalina con un recorrido por sus temas de fiesta.
Montaner volvió a escena cantando un tema bisagra que levantó los ánimos (“Vale la pena”) y junto a cuatro bailarinas vestidas de rumba estalló “Cachita” y el himno que da nombre a su último disco, “Soy feliz”. No sólo estalló la alegría del público -que bailó como pudo, cada uno en su pequeño espacio-, sino también la fiesta en el estadio, con fuegos de artificio y bombas que lanzaron una lluvia de papeles platinados.
Cuando hizo falta tomar un respiro, Ricardo retomó su romanticismo. Cantó “Me va a extrañar”, un tema de estreno (“Tanto, tanto, tanto”) y dos éxitos de novela: “Ay amor” y “Volver”.
A la clásica falsa despedida le siguieron bises de antología. El cantante volvió a las tablas tranquilo, de jean y camisa blanca, y se calzó una guitarra bajo el brazo. Contó que, después de mucho tiempo, quiso volver a las cuerdas con un tema de estreno, “En el centro de la tierra”, que tocó y cantó junto a su hijo Ricky. El joven dejó a las fans boquiabiertas y dejó en claro que pronto veremos nuevos discos de este otro Ricardo.
En la cima del éxtasis y el canto, con la emoción a flor de piel y los recuerdos revueltos Ricardo degustó “Bésame la boca” y “La cima del cielo”, mientras sus fans exhalaban su último aliento, al borde del llanto. Pero, fiel al espíritu que promueve en su último disco, la despedida renovó la apuesta con una nueva versión de “Soy feliz”, más bombas, papeles y fuegos de escenario.
De la mano de su hija Eva Luna, y luego de saludar junto a los músicos al borde del escenario, Montaner se retiró tranquilo, cuando la música aún sonaba y las fans le dedicaban aplausos. Extenuadas pero felices no pidieron más. Se restregaron la cara, acomodaron sus ropas y volvieron a la noche tras regodearse en tanto canto romántico.




