Educar para la huelga
Se estima que alrededor de veinte colegios de enseñanza media no dictan sus clases en la ciudad de Buenos Aires porque los estudiantes han decidido paralizar las actividades reclamando reformas edilicias. A la estudiantina hay que sumarle el paro docente. Todo ello realizado en un clima de jolgorio donde pareciera que lo que menos interesa es el dictado normal de las clases, una reivindicación que debería ser la principal y excluyente por parte de docentes y padres y que en los últimos años ha quedado subordinada a consideraciones de diferente índole, como si el no dictado de clase no importara o el perjudicado fuera el gobierno de turno.
No hace falta disponer de una singular mentalidad conspirativa para suponer que no estamos ante un hecho espontáneo o una suma de casualidades, algo así como que de pronto, de la noche a la mañana, los estudiantes hubieran descubierto las existencias de goteras en los vetustos edificios escolares.
Más allá de los ideales políticos o de las pulsiones juveniles de los chicos, siempre decididos a protagonizar estudiantinas que luego recordarán con nostalgia como quien recuerda un viaje de fin de año o algo parecido, queda claro que no son descabelladas las advertencias de los funcionarios educativos de la ciudad de Buenos Aires acerca de la intervención de grupos políticos afines al gobierno nacional interesados en crearles dificultades políticas a Macri.
La importancia del tema trasciende a la ciudad de Buenos Aires porque su dimensión es política y compromete a todos los protagonistas del proceso educativo. Allí están incluidos los dirigentes políticos, las autoridades educativas, el gremialismo docente y los padres de los alumnos.
Como lo demuestra la experiencia del Colegio Nacional de Buenos Aires, la movilización de los adolescentes sólo se produce cuando los forcejeos de poder entre las autoridades o las roscas del gremialismo docente crean el vacío de poder o de autoridad para que los adolescentes intervengan, en más de un caso alentados por padres que pareciera que han perdido de vista que la principal reivindicación que deben defender es asegurar que sus hijos reciban educación y no alentarlos a que se “eduquen” en el ejercicio irresponsable de la huelga.
Las lastimosas luchas facciosas por la conducción del Colegio Nacional, las disputas miserables entre gremialistas y autoridades universitarias, el lamentable rol cumplido por su máxima autoridad, han sido los principales responsables de la crisis que hoy afecta a uno de los colegios más prestigiados de la educación pública argentina. Lo más paradójico y patético es que toda esta tarea de demolición del proceso educativo se realiza en nombre de la defensa de la escuela pública.
Si a ello le sumamos las intrigas y picardías de políticos inescrupulosos dispuestos a alentar todo acto de rebeldía callejera para desprestigiar a un gobierno, concluimos en este escenario de reblandecimiento del principio de autoridad y erosión del proceso educativo.




