El hombre y el medio ambiente
El hombre y el medio ambiente
Pbro. Hilmar Zanello
Pasado ya el momento de tensión social que nos pudiera sectorizar con opiniones distintas, aparece hoy con toda urgencia un frente común, englobándonos a todos por igual. Se trata de los informes sombríos del estado de la Tierra y sobre el futuro desalentador de la misma especie humana.
Se habla de una situación dramática que se vincula con la forma insensata y hasta inmoral con que nos relacionamos con la naturaleza, depredándola sin remordimiento, a través de un modo de producción que nace del lucro como única ley. La alarma ecológica está movilizando todas las preocupaciones humanas que nos desafían a todos en serio más allá de soluciones técnico-científicas, un nuevo tipo de vida que cambie los fines y los medios de esta civilización.
Bien lo formuló hace tiempo Hans Jonas, cuando dijo: “Actúa de tal manera que tus actos no sean destructivos de la vida”.
También anunciaba una advertencia el secretario general de la ONU Ranki-Moon cuando viajó a Noruega para constatar personalmente el rápido deshielo de los glaciales árticos. Con motivo de la Conferencia de la ONU sobre los cambios climáticos que se celebraba en Copenaghue, dijo en aquella oportunidad: “Nos vamos dirigiendo hacia el abismo”.
Razón tenía el Papa Benedicto XVI cuando hace unos meses establecía como consigna para comenzar un año nuevo: “Si quieres cultivar la paz, cuida la Creación”.
Quizás nos hará falta crear medidas que lleven a una relación nueva con la naturaleza que supere la actual utilización de la naturaleza con una mera relación utilitaria. Porque hoy el hombre quiere colocarse locamente sobre la misma naturaleza pasando por encima de ella y contra ella misma.
Son muy reveladoras aquellas palabras que solemos escuchar cuando afirmamos con la sabiduría popular: “Dios siempre perdona, el hombre algunas veces, pero la Naturaleza nunca perdona”.
Cuando se actúa según el modelo actual, inspirado prioritariamente con marcados fines utilitarios y lucrativos, aunque a veces con máscaras de progreso técnico-científico, se llega a constatar que el verdadero progreso no puede desprenderse de los valores éticos que miran el respeto por la vida y la de todos los seres humanos.
De allí que el sabio Albert Einstein afirmara, con su sabiduría genial: “La ciencia sin religión es manca; la religión sin la ciencia es ciega”. Podrá discutirse a este científico, pero algo parecido ya decía en la Edad Media Galileo Galilei: “La ciencia nos indica cómo funciona el cielo, pero no nos enseña cómo se va al cielo”.
Ciertamente, las ciencias nos enseña cómo funcionan las cosas, pero por sí misma no está en condiciones para decirnos si son malas o buenas.
Entonces, si queremos asegurar una supervivencia pacífica y feliz del hombre sobre esta Tierra, habrá que rescatar una dimensión olvidada en esta modernidad, que construyó sobre una tecnociencia sin visión clara y objetiva del bien común para todos.
Sólo criterios éticos, a los que está sometida toda ciencia -al menos es lo que creemos los cristianos- podrán garantizarnos soluciones equilibradas para la convivencia humana.
Habrá que colocar un poco más cerca el corazón de la razón, para centralizar al hombre en su totalidad humana, rescatando lo que constituye la fuente de toda humanización. Será buceando dentro del corazón del hombre que el verdadero sentido de la vida desemboca en el mismo misterio de todo ser humano.
Fueron reveladoras las palabras del recordado Nelson Mandela, cuando en medio de su vida política de líder del apartheid, solía confesar basándose en su experiencia propia: la vida del hombre, decía, se juega en su “interioridad”. Será un saludable desafío para el reencuentro del hombre consigo mismo. Si no aprendemos hoy a sentir a la Tierra con aquella devoción que llevaba a los primitivos indígenas nuestros a invocar a la Pachamama, y a quererla como queremos a nuestra madre, y no cuidamos de ella, difícilmente la salvaremos.