Entrevista a Miguel Ángel Gavilán
De la palabra como luz del instante

Miguel Ángel Gavilán.
En su primer libro de narrativa, “Llueve en Arizona”, Miguel Ángel Gavilán despliega un conjunto brillante de cuentos en los que se destacan múltiples y vivísimos personajes, nítidamente perfilados a través de sus voces.
Por Enrique M. Butti
—Conocíamos tu musical y firme poesía; ¿este libro de narrativa implica un cambio de preferencia en tu escritura, o el género siempre te interesó?
Miguel Ángel Gavilán: —La narrativa me atrapó desde siempre. Eso de contar historias y seguir y seguir una narración hasta concluirla, el poder dar vida a personajes, el planteo de situaciones, son poderes que sólo los artistas, los escritores tenemos. Cuando era chico admiraba la capacidad que tenían algunos de proyectarse sobre los demás, esa actitud todopoderosa del hombre de letras que podía completar lo que los demás pensábamos, que traducía en palabras, sentimientos, oscuridades, goces, pérdidas.
¿Sabés cuál es la peor tragedia de una persona? No poder poner en palabras lo que siente, lo que anhela. Yo trabajo en una oficina donde aparece mucha gente que no sabe casi ni hablar y los veo, veo esas caras que son como un muro, no sabés si están tristes, o alegres, si disfrutan o sufren, es horrible. Siempre luché contra eso, contra esos silencios. Los lleno con palabras. Para mí, la palabra es luz, independientemente del significado, independientemente de lo que diga o reclame, o pida o falte, cuando hay una palabra pronunciada o escrita, hay claridad.
Empecé a escribir procurando armar vidas pero más que nada lo que siguió en muchos cuentos de “Llueve en Arizona” fue la intención de capturar momentos. Yo vengo de la poesía, ése fue mi primer amor en las letras. Me acuerdo de algo que me dijo un profesor amigo: la poesía es instante. Cuando hacés poesía captás un instante, no hay historia, no hay pasado ni futuro, ni anterioridad ni posterioridad, hay un ahora permanente. Y en mis cuentos creo que eso es clave: atrapar momentos narrados.
Mujeres que nacen y mueren para tejer una misma trama (“La trama”) o personas que esperan una lluvia imposible (“Llueve en Arizona”) o mujeres que se enamoran de un único hombre en toda su vida y lo sufren para siempre (“La que siempre lloraba”, “Así de breve”), son captaciones de instantes. Hace poco estaba releyendo haikus, me encantan porque son despiadados. En su brevedad reúnen el mundo. Buson dice: “Ante los crisantemos blancos/ las tijeras vacilan/ un instante”. Decime si no es perfecto ese poema. Está la alegría de vivir. Y también la de morir, porque los crisantemos se entregan amorosamente a la tijera, a la muerte. Buson captó un instante y en él metió toda la vida.
—Es verdad, la captación de esos momentos que Stevenson (y Borges, que fue su heredero directo) llamaba “escenas memorables”, y que en tus cuentos están supeditadas, si no me equivoco, a la fuerza de las voces narradoras, a los personajes. Por ejemplo, esos niños que aparecen en tus cuentos...
—Sí, hay niños. Y son crueles. Mirá, novelas muy extrañas, que atraen por su rareza, tienen como protagonistas a niños o a personajes que en algún momento adquieren una faceta infantil. El niño detona en el adulto una serie de desconfianzas y ternuras que culminan en la entrega absoluta. Me acuerdo de mi cuento “La siesta de los niños” donde una mentira inocentona se transforma en una condena de por vida. El chico que no le dice a su hermano lo que verdaderamente existe, no sólo le niega una realidad sino que le prohíbe una libertad. El que vio y creyó queda condenado por aquel que ve pero dice no ver. Es un cuento de mucha crueldad por eso me gusta. Pero, ¿qué escritor no es cruel? Yo creo que sin crueldad no hay literatura.
—James sentenciaba que no hay novela de mujer virtuosa, porque una de las cualidades de la virtud es precisamente evitar los conflictos, la inquietud y la tragedia...
—Claro, ¿qué libro en la historia de la literatura es totalmente inocente? Ninguno, todos tienen alguna ruindad que los hace perdurables, sino se agotarían en sí mismos, serían un desvío del riesgo y la literatura es riesgo. Es lanzarse a un vacío y salir vencedor e inmune sin importar qué crueldades tuvimos que realizar para salvarnos.
Otro tema que me ronda siempre son las mujeres. Siento que todo lo que hace la mujer es admirable. Desde lo que dice hasta lo que calla. La literatura hecha por mujeres es un muestrario de gestos y mutismos. Hay dos poetas hermosas. Pizarnik y Orozco que juegan con esto de callar y decir. Por ejemplo, para mí la poesía de Pizarnik es como una habitación cerrada, callada en la que de pronto se produce un ruido. Su poesía es más que fracturar una paz, es un mutismo que quiere ganarle a las palabras. En Orozco, la poesía es hímnica. Leo poemas de ella y me imagino una sacerdotisa invocando leyes pretéritas, desatando tifones, ahogando praderas con agua de mar. La mujer para mí es espera. Culturalmente lo veo así. Quizás no se note tanto en la actualidad porque los roles se han intercambiado notablemente y la mujer no se queda en la casa sino que sale a pelear a la par del hombre. Pero en otros tiempos, la mujer estaba hecha para esperar. El hombre era ausencia, dinamismo puro, de chico te formaban así. Papá se va a trabajar y mamá se queda en casa. Fijate que la mujer espera siempre. Espera el amor, espera durante el embarazo a los hijos. Muchas actividades femeninas tienen que ver con esperas: las tareas domésticas, el tejido, la crianza de los hijos. Sus horarios son de espera: esperar que los chicos o el marido lleguen de la escuela o del trabajo, para almorzar o cenar o hacer otras cosas. Siempre la mujer antepone una espera al gesto. Quizás por eso es más intuitiva que el hombre, cuenta su historia de la realidad desde ese meditativo reposo. Cómo estará destinada para ella la espera que aún hoy, con todos los avances que ha logrado, espera que se le reconozcan muchas cuestiones que no han sido validadas y aceptadas.
Titulé mi libro “Llueve en Arizona” porque hace un tiempo vi un documental sobre una tribu errante de Arizona, y me conmovió la idea de desierto. Los desiertos, según Borges, eran los mejores laberintos. Son una tela en blanco. Infinitos, totales, sin muros, una única extensión de materia hasta el fin. El desierto es el paisaje más parecido o más cercano al hombre. Decimos cuando hablamos de alguien: su vida es un desierto, o está desierta. El desierto es una extensión de esperas. Esa imagen mágica del desierto me inspiró para estos cuentos. La duración de lo igual que es un acuerdo con lo sagrado.


Arte callejero (Roma, 2001), por Sten.