Arriesgándose a decir

Clarice Lispector, retratada por Giorgio de Chirico.
Por Raúl Fedele
“La pasión según G.H.”, de Clarice Lispector. Traducción de Mario Cámara. El Cuenco de Plata, Buenos Aires, 2010.
Una escultora de clase alta vive sola en un departamento de Río de Janeiro. Su mucama se acaba de marchar, y la mujer decide ordenar su casa e inspeccionar el cuarto de servicio que había ocupado la muchacha. Entra en la pieza que, contra sus sospechas, está limpia y ordenada. Pero al abrir el ropero aparece una cucaracha. Al principio parecen quedar ambas hechizadas, hipnotizadas. Después la mujer medio aplasta al bicho, y observa salir como de un tubo el reguero blanco de las tripas, milímetro a milímetro. Después se acerca a la cucaracha y la devora. Esto es lo que cuenta “La pasión según G.H.”.
¿Es poco? “Será preciso valor para hacer lo que voy a hacer: decir. Y arriesgarme a la enorme sorpresa que sentiré con la pobreza de la cosa dicha. Mal la diré y tendré que agregar: ¡no es eso, no es eso! Pero también es preciso no tener miedo al ridículo, siempre preferí lo menos a lo más también por miedo al ridículo: es que también existe el dilaceramiento del pudor. Propongo la hora de hablarme. ¿Por miedo?”.
G.H. es el nombre de la protagonista y narradora. Son las dos iniciales grabadas en una valija, y ése es uno de los pocos datos firmes que contaremos sobre ella. El resto pertenece a sus cavilaciones y al periplo que la lleva a recorrer su casa hasta el vórtice que la llevará al encuentro con la cucaracha.
Pero ésta, la quinta novela de Clarice Lispector, escrita en 1963, está lejos de ser una novela intimista o “psicologista”. La propia narradora se cuida de aclararlo: “La “psicología’ nunca me interesó. La mirada psicológica me impacientaba y me impacienta, es un instrumento que sólo se entromete”.
“Leer a Clarice es como conocer a una persona”, sentenció alguna vez Caetano Veloso. Claro que conocer personas es una buena razón capaz de explicar la adicción del lector de ficción. Pero es un conocimiento que no todos -ni de lejos- los escritores ofrecen. Clarice, sí, sin dudas.
Como se pregunta Gonzalo Aguilar en la introducción a esta nueva y cuidada traducción de “La pasión según G.H.”, “¿Cómo leer esta incrustación mística en plena novela moderna?... La pasión de G.H. no está hecha de la repetición de una vía ya transitada, sino de la apertura a lo sagrado que -como quería Baudelaire- sobrevive a todo, incluso a la existencia de Dios, así como la magia sobrevive en la lengua y también en el silencio”.
¿Cuál es el encanto de este libro tan extraño, tan extralimitado, tan huidizo de toda catalogación? En verdad, aunque una fácil interpretación puede definirla como la voz de un personaje que busca desesperadamente su identidad y su ubicación en el mundo, la verdadera seducción de “La pasión según G.H.” estriba en los destellos de las reflexiones que acribillan al personaje. Así, en un momento, se la puede ver interrumpiéndose a sí misma para decir que antes que nada es necesario que diga a su interlocutor (que no sabremos quién es, probablemente el lector mismo) que lo ama, que lo ama realmente, y sigue: “No, no quiero asustarte con mi amor. Si te asustas conmigo, yo me asustaré contigo. No tengas miedo del dolor. Tengo ahora tanta certeza como la certeza de que en aquel cuarto yo estaba viva y la cucaracha estaba viva: tengo la certeza de esto: de que todas las cosas pasan encima o debajo del dolor. El dolor no es el nombre verdadero de eso que la gente llama dolor”. De vendavales así está hecha la voz que clama en esta novela singular.