Tocar la luna
Por Héctor Martín Rotger
Dos niños de mediana edad sentados en el umbral de una casa a la hora de la siesta. Aún no estamos en la época de tiempo completo programado para ellos por los adultos. O sea que los niños pueden filosofar, arte cuyo ejercicio les es facilitado por no saber nada de filosofía, ni estar enterados de que existe una palabra para describir su modo de preguntar. Todavía no han aprendido a clausurar la interrogación. Todavía son niños. Entonces surgen diálogos como éste:
—Anoche me las ingenié para tocar la luna.
—Eso es imposible, yo sé que la luna está muy, muy alto, que es mucho más grande que como la vemos y que, aquí abajo, podemos verla, pero jamás tocarla.
El primer niño, el que había tocado la luna, hace una pausa. El otro piensa que el caso está terminado y ya está por hablar de otra cosa cuando su amigo se le adelanta.
—Para mí es lo mismo tocar la luna que tocarme la nuca.
Al escuchar esto, el segundo, que consideraba más que obvia la diferencia, no sale de su asombro por la insistencia del que cuenta, y ya con un tono no tan tolerante, más bien fastidiado, le vuelve a responder:
—Tocarse uno la propia nuca lo puede hacer el más tonto de los tontos. Yo mismo, aunque no soy tonto como tú, que dices que tocar la nuca y la luna son lo mismo, lo estoy haciendo ahora. Veamos como podría tocar la luna así, como me estoy tocando la nuca.
—Naturalmente -dice el obstinado-, primero tendrás que esperar que se haga de noche, hasta que aparezca, para comprobarlo.
El segundo, ya en el colmo del fastidio, sintiéndose además burlado por la innecesaria aclaración, hace un ademán de irse refunfuñando su contrariedad. Sin embargo, lo retiene el gesto transparente del amigo, que no acusa apariencia de querer molestarlo, y se queda, porque éste todavía quiere seguir la explicación.
—Es cierto, te has tocado la nuca, pero, ¿has podido mirártela?
—¿Y como no?, basta poner un espejo delante de mi cara, inclinarlo un poco hacia arriba, y me puedo ver perfectamente la nuca. Todos lo podemos hacer y ya me estás cansando de tanto porfiar con eso de que has tocado la luna.
—Bueno, te diré, anoche, cuando la luna salió, o sea, cuando podía verla, también enfoqué hacia ella un espejo, y además de mirarla la puede tocar, ahí nomás, al lado mío. Los dos usamos el espejo, tú para mirarte la nuca, yo para tocar la luna.





