Dualidad

Arturo Lomello

Decimos amor y ejercitamos el odio; decimos paz y hacemos la guerra y así sucesivamente. ¿Tenemos conciencia de nuestra dualidad?

La falta de unidad entre lo que decimos y lo que hacemos provoca el desastre que vive la humanidad. Pero cabe preguntar si hay responsabilidad cabal en el hombre de no tener conciencia plena de la falta de cumplimiento de lo que piensa.

Los resultados de la dualidad están a la vista. Y lo peor es no reconocer la ambigüedad. La vida pública exhibe constantemente los efectos de tal situación. Damos por hecho lo que sólo existe en nuestro pensamiento. Cuando afirmamos “el odio destruye” consideramos que nosotros somos incapaces de odiar, pero cotidianamente odiamos a quien se atreva a contradecirnos inclusive aunque quien nos contradice sea nuestro padre o nuestro hermano.

Es que vivimos en una nebulosa. No es fácil despertar del todo al ser. Necesitamos ser ayudados y una vez recibida la ayuda cultivar la vigilia.

Evidentemente, no se trata de buscar culpas porque la carencia de unidad entre lo que decimos y lo que hacemos depende de una debilidad constitucional que nos inhabilita para conseguirla. Pero como existe una tradición revelada y personas que la siguen, la culpa es no reconocer nuestra ambigüedad, lo necesario que es seguir modelos que han sido desfigurados y sepultados por una cultura creada precisamente por la dualidad.

Somos una máquina de autojustificarnos. Eso lo vemos a diario: todo el mundo tiene razón, los insultos van y vienen, produciendo una atmósfera de odio entre los representantes de las ampulosamente amadas ideologías. La vida pública se convierte en una calesita disonante y agresiva que despide efluvios malsanos y destructivos.

Pero no nos despertamos, seguimos en una nebulosa, seguimos hablando del amor como si lo sintiéramos. De la paz como si la construyéramos. Lo más triste o lo más reconfortante, según se mire, es que el amor existe, la paz es posible. Lo viven muchos, están ahí en la historia y en el presente. Sólo es indispensable la humildad de reconocer que necesitamos ayuda para despertarnos.