AL MARGEN DE LA CRÓNICA
AL MARGEN DE LA CRÓNICA
Estaciono mi auto sobre Rivadavia. Cuando estoy cerrando la puerta un muchacho se acerca corriendo y me pide: “Por favor, rápido, prestame tu celular”. Aprieto fuerte la cartera y le contesto que no tengo celular. El chico sigue corriendo. Quedo paralizada al lado del auto. Más que por miedo; por indignación conmigo. Me siento desconfiada, insolidaria. Me queda grabada la cara desencajada del joven. ¿Cómo ni siquiera se me ocurrió mandarlo hacia UPCN -en la cuadra siguiente-, que allí alguien podría haberlo ayudado?
Pienso en lo que quise proteger; en mi cartera llevaba veinte pesos, mi carné de conducir, un paquete de pañuelos de papel y, por supuesto, el celular.
¿Qué era tan valioso que me llevó a desoír el pedido de ayuda de otro? Nada.
Al día siguiente, con una lluvia y un frío insoportables, un ruido me pone en alerta cuando estoy por salir de mi casa. Espío por la mirilla y veo cómo un hombre vestido con harapos, acomoda un colchón de goma espuma, se pone una frazada sobre la espalda y se acomoda en el refugio que se forma en la entrada.
Le doy dos vueltas de llave y me arrincono contra la puerta. Pienso en llamar a la policía. Espero. Hablo con mi dentista y suspendo el turno. Pego el teléfono a mi mano “por las dudas” y espío cada dos minutos por la mirilla. Cuando deja de llover fuerte, el hombre dobla la frazada y se va. Respiro aliviada. Me asomo con cautela y veo que dejó el trozo de goma espuma en el porche. Siento vergüenza. Parecida a la del día anterior. Creo que estoy con la guardia alta las veinticuatro horas. Yo no era así. Me enseñaron a ser solidaria, comprensiva, a ayudar a los que lo necesitaban, a confiar. Todo eso me era tan natural como respirar. Cambié al mismo tiempo que el mundo en que vivía dejó de ser lo que era. Pero también sé que la inseguridad no es una sensación porque la sufrí meses atrás por mérito de dos motochorros. No me siento cómoda en este vestido de miedosa, desconfiada y egoísta. Creo que a muchos les pasa lo mismo; somos los que tenemos una puja interna entre el instinto de preservación y la insatisfacción por habernos convertido en cobardes.
Necesidades básicas insatisfechas