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“Unos días en el Brasil” - Edición Impresa - Opinión Opinión

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“Unos días en el Brasil”

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Adolfo Bioy Casares, en una visita a Santa Fe, en 1996. Foto: Archivo El Litoral

 

En uno de los libros más importantes que haya dado nuestra literatura -por supuesto en gran parte ignorado por los responsables de la divulgación literaria- el “Borges”, de Adolfo Bioy Casares, leemos: “Borges siempre me precave contra la tentación de tomar demasiado en serio nuestro trabajo: todo debe hacerse, pero discretamente, en los ratos que deja la vida”. En las crónicas de Bioy Casares, y especialmente en el diario de viaje “Unos días en el Brasil” que acaba de editar La Compañía, ese principio está fielmente obedecido. El protagonista, el propio Bioy Casares, se tambalea entre las obligaciones, los fastidios y delirios que acometen a todo escritor en un congreso de semejantes, siempre con una ilusión secreta, la de encontrarse con Ophelia, una muchacha conocida años antes. En los momentos libres, en los momentos muertos, escribe.

En la última semana de julio de 1960, Adolfo Bioy Casares viaja a Río de Janeiro para participar del congreso del PEN Club, con dos escalas incluidas: San Pablo y Brasilia, recién inaugurada. Escribe un diario que conoció una limitada publicación en 1991, cuyos ejemplares fuera de comercio fueron regalados por el autor a sus amigos. Durante su estadía brasileña saca fotos también, nunca difundidas, que la edición que nos ocupa presenta por primera vez.

Durante el congreso el autor comparte comidas y complicidades sobre todo con la delegación italiana (Alberto Moravia, Elsa Morante, Giorgio Bassani, Mario Praz y otros) y con Graham Greene. No ahorra ironías deslumbrantes hacia el despliegue de vanidades y de retórica que caracteriza a los congresistas, sobre todo destinadas a Antonio Aíta, presidente entonces del PEN Club argentino, quien también es fuente constante de burlas en el mencionado “Borges”. Moravia, por ejemplo, “impaciente, dispuesto a guerrear con Aíta, me asegura que éste escribió un artículo sobre él, que era la traducción de la solapa de su último libro. Le digo: “¿De qué se queja? Si Aíta no hubiera tenido a mano esa solapa, ¿imagina lo que hubiera escrito?’”.

Constantemente hace gala de su perspicacia en descubrir los resortes secretos psicológicos de las personas que retrata y los modismos del habla. Por ejemplo, de un encuentro casual con un joven en el aeropuerto anota: “Recuerdo otra frase memorable de este chileno. Sorprendió, con un desconocido, a una mujer casada: parece que, al verlo, la mujer se ruborizó. ¿Cómo formuló esto mi interlocutor?: —La cabra se colocó colorada al verme”.

Finalmente anotará que el mejor recuerdo del viaje es haberse sentido solo en Brasilia, “a muchos kilómetros de toda persona que sabe quién soy. Probablemente juego a los riesgos de la aventura y de la soledad, sin correr riesgos”.

Y con la misma valiente sinceridad con que en el “Borges” no escatima en ser él mismo objeto de burlas y golpes, cuenta que recibe finalmente una respuesta de la muchachita perseguida, “un trozo de papel, en el que no sin dificultad leo una frase y una firma escritas con lápiz: Viejo verde, corruptor de menores, no me tendrás. Ophelia”.

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Foto de Adolfo Bioy Casares, incluida en su diario de viaje.



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Miércoles 15 de setiembre de 2010
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