Edición del Sábado 25 de setiembre de 2010

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¿De qué “derechos humanos” hablamos? - Opinión Opinión

Crónica política

¿De qué “derechos humanos” hablamos?

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En septiembre de 1984, el entonces presidente Raúl Alfonsín recibe de manos del escritor y presidente de la Conadep Ernesto Sábato, el informe “Nunca más”. Foto: Télam

 

Rogelio Alaniz

Con los derechos humanos pasa lo mismo que con la palabra libertad. Nadie está en contra. Nadie está en contra, pero no todos piensan lo mismo sobre ellos. Si Strassera y Kirchner dicen estar de acuerdo con los derechos humanos, hay motivos para sospechar que existe un malentendido con estas dos palabras. Ni hablar cuando escuchamos que la señora Pando y la señora Bonafini también dicen lo que hacen en nombre de los derechos humanos.

Elementos teóricos para definir el concepto sobran, pero como no se trata sólo de un tema teórico, pareciera que no alcanza con ponerse de acuerdo sobre los aspectos jurídicos o su dimensión humanitaria. Conozco definiciones muy completas y complejas que sin embargo no terminan de aclarar aquello que hoy es el tema de disputa y que tiene que ver con una política de derechos humanos.

Personalmente adhiero a la tradición liberal de los derechos humanos con la tranquilidad de conciencia de saber que es en esa tradición donde los derechos humanos se constituyeron como tales, es decir, como derechos universales que colocan en el centro de su interés, la vida. El principio de que la vida es sagrada no pertenece exclusivamente al liberalismo, pero es el que mejor lo desarrolla en términos institucionales y políticos porque ha sido el liberalismo, con sus contradicciones y dilemas, el que ha podido diseñar una red de instituciones capaces de darle encarnadura política a los derechos humanos.

Los derechos humanos no existen en estado natural. Son una creación política en el mejor sentido de la palabra. Por lo tanto sólo existen cuando hay un Estado democrático que se preocupa por hacerlos respetar y una sociedad civil que dispone de las libertades necesarias para ejercerlos y defenderlos. No hay derechos humanos sin libertades, una verdad básica que debieran asimilar quienes dicen defenderlos pero alientan experiencias autoritarias o totalitarias.

Importa insistir en la relación directa entre los derechos humanos y el derecho a la vida. Y quiero insistir porque hay un debate que intenta colocar a los derechos humanos en un plano más amplio. Se dice al respecto que para que haya derechos humanos debe haber derecho al trabajo, la educación, la salud. No estoy en desacuerdo con ello, pero creo que cuando hablamos de “derechos humanos” estamos hablando de algo más preciso, más urgente y dramático. La expresión “derechos humanos” se instala como tragedia cuando existe el Estado terrorista, cuando las bandas parapoliciales se han adueñado de la calle para encarcelar, torturar y asesinar disidentes.

Todas las instituciones de derechos humanos que existen en la Argentina se constituyeron cuando la vida estaba en peligro inminente y el Estado era el autor del crimen. “Madres”, “Familiares”, “APDH”, “CELS”, “MEDH”, “LADH” nacieron en el contexto político de los años setenta.

Toda sociedad justa debe exigir educación, salud y vivienda para todos; pero admitamos que el término “derechos humanos” está situado en un contexto mucho más preciso y trágico que es el de la dictadura militar y la violencia social y política de los setenta.

Ya en 1978 las diferencias entre las diversas instituciones de derechos humanos daban cuenta de algunos desacuerdos previsibles, pero también de algunos desacuerdos fundamentales.

Los derechos humanos como legado de la modernidad se constituyeron en el acuerdo y la tensión de diversas tradiciones históricas. Estas divergencias existirán siempre y me animaría a decir que es bueno que así sea, porque si aceptamos que los derechos humanos son un patrimonio de la humanidad, debemos aceptar su pluralismo cultural no como una fatalidad o un vicio, sino como una virtud y una esperanza.

Pero las diferencias que hoy observamos no provienen de estas tradiciones pluralistas, sino de concepciones autoritarias y mesiánicas que operan como coartada política oportunista o un confuso, resentido y si se quiere, explicable afán de venganza que pretende transformar un legítimo dolor personal en un sistema político.

Decía que todos de la boca para afuera decimos adherir a los derechos humanos, pero sospecho que no todos creemos por los mismos motivos.

Básicamente planteo que la diferencia de fondo se da entre quienes sostenemos que los derechos humanos son universales y valen para todos y quienes creen que los derechos humanos sólo tienen validez para algunos. No estoy inventando la pólvora. Algo parecido decía Tocqueville sobre la libertad. Postulaba que era tan virtuosa que todos la querían, incluso los déspotas. Lo que sucede -insistía- es que algunos la quieren para ellos solos, otros la quieren para algunos y otros la quieren para todos. No está en discusión, por lo tanto, la libertad sino su extensión.

Lo mismo se puede decir de los derechos humanos. ¿Son para todos o para algunos? La señora Pando reclama por los derechos humanos de los militares. ¿Alguna vez ha dicho algo por quienes padecieron torturas en manos de los militares que ella defiende? La izquierda leninista ha hecho de la palabra “derechos humanos” uno de sus objetivos estratégicos. Dicen que luchan por los derechos humanos, cuando en realidad luchan por la dictadura del proletariado, cuya concepción de poder es la cárcel y el paredón para los disidentes. ¿Es arbitrario lo que digo? No lo creo, salvo que me expliquen con argumentos más convincentes por qué no reclaman por las libertades de los presos en Cuba o por qué no dice una palabra sobre los cien millones de muertos perpetrados por el comunismo a lo largo del siglo veinte.

El populismo en la Argentina históricamente ha descreído de los derechos humanos. Kirchner y su esposa no son los únicos peronistas que miraron para otro lado en los años de plomo o que aplaudieron y festejaron la represión. Por esas insólitas paradojas de la historia el peronismo en aquellos años se constituyó en el partido de los torturados y los torturadores, el partido donde militaban los imbéciles y los vivos. De los imbéciles se encargó Perón en la plaza; a los vivos ahora hay que aceptarlos en el gobierno y soportar que den lecciones sobre derechos humanos.

Una estrategia clásica del populismo y la izquierda ha sido transformar los derechos humanos en derechos sociales. El desplazamiento no es inocente. Para ellos la vigencia de los derechos sociales justifica la supresión de los derechos individuales. Toda la supuesta legitimidad de la dictadura cubana se asienta sobre esta deliberada confusión. Alguien dirá que a los derechos humanos no se los debe reducir a derechos individuales. No comparto. Salvo que alguien me demuestre que es posible la vigencia de los derechos humanos en un sistema que desconoce los derechos individuales.

El populismo en sus versiones manipuladoras y oportunistas y el izquierdismo en clave mesiánica han bastardeado lo que debería ser una genuina política de derechos humanos. Para quienes concebimos a los derechos humanos como el resultado de un pacto racional y humanista acerca de la calidad del orden político, observamos preocupados cómo en la Argentina lo que se ha impuesto no es el pacto emancipador sino el pacto de sangre, el pacto sellado por los familiares que han transformado lo que debería haber sido un aspecto de la política de derechos humanos, en un absoluto.

La única institución que en su momento expresó una visión amplia y pluralista de los derechos humanos fue la APDH. Justamente es la que hoy está ausente, porque lo que se impuso no fue una estrategia institucional sino una práctica facciosa teñida de ideologismos en algunos casos, de oportunismo en otros, o de afanes de venganza que se pueden entender como subjetividad pero no pueden, no deberían, constituirse como política oficial.

La Argentina como todo país civilizado necesita de la plena vigencia de los derechos humanos. Para ello no conozco otro camino que no sea el del Estado de Derecho. Sin Estado de Derecho, sin una sociedad civil densa y movilizada no hay derechos humanos. Puede haber venganza, juicios ejemplares pero -y esto hay que entenderlo de una buena vez- una política de derechos humanos no se agota en el juicio a Videla o a Bussi. El problema de los derechos humanos no está en el pasado sino en el futuro. ¿Hoy disponemos de instituciones sólidas y de una sociedad civil movilizada? Algo se ha hecho, pero convengamos que es insuficiente. En algún momento las libertades en la Argentina pueden ser atropelladas, en algún momento la violencia puede volver a cobrarse sus víctimas. No es una profecía, es una posibilidad cierta para la que debemos estar preparados. En 1983 lo estuvimos; en el 2010 no.



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