Edición del Lunes 04 de octubre de 2010

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La mirada del relato - Edición Impresa - Opinión Opinión

Tribuna política

La mirada del relato

Zizí Bonazzola

Para Jean Paul Sartre, no basta con el apotegma cartesiano cogito ergo sum pienso luego existo- para determinar al ser. Le añade la concepción de “el otro” en su teoría de la mirada. Si bien para Descartes el mero hecho de pensar confirmaba la existencia del sujeto, el padre del existencialismo suma como imprescindible la “mirada del otro” para ser parte constitutiva del ser. Somos en tanto hay otro que nos mira , nos juzga, nos ama o detesta, nos aprecia o rechaza; nos determina. “Tú me conoces y yo no me conozco”. “Tu mirada me crea eternamente”.

Pero como no somos objeto de una sola mirada y, en verdad, el concepto sartriano implica la multiplicidad de miradas de los otros, podemos decir que somos el resultado de la suma de miradas de nuestros prójimos. Así como la Cordillera de los Andes, con ser una sola, no es idéntica en la mirada de los chilenos que en la de nuestros compatriotas, cada uno de nosotros es la resultante de una conjunción de miradas, de apreciaciones, de valoraciones.

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Nos permitiremos la irreverente osadía de transponer la “teoría de la mirada” al campo de la Historia y considerar los hechos históricos como resultantes de la pluralidad de consideraciones de los mismos.

La historiografía nos muestra infinidad de ejemplos de interpretaciones de lo fáctico, en algunos casos hasta diametralmente opuestos. Verbigracia, la narración de la Guerra de la Triple Alianza en los textos argentinos y los brasileños que hemos tenido oportunidad de leer. Otro sí, la Guerra del Paraguay, a los ojos de nuestros connacionales y a los de los habitantes de la patria guaraní. Pero la cruda verdad de los acontecimientos no cambia por la variedad de interpretaciones. Lo sucedido permanecerá inalterable e imposible de modificar.

Los exégetas de la Historia buscan con ahínco documentación, la comprobación de indicios directrices hacia el conocimiento auténtico de los sucesos. Hemos tenido el singular privilegio de gozar de la amistad de los recordados Dr. Leoncio Gianello e Ing. Elías Díaz Molano y vivenciar su pasión por reconstruir realidades de nuestro pasado, siempre sobre la base de testimonios concretos. Eran capaces de viajar a lugares recónditos al enterarse de que allí había aparecido una carta, un acta, un certificado, en los que apoyar sus conclusiones. Asimismo, en las páginas de este diario, encontramos escritos del catedrático de Historia, Rogelio Alaniz, que honra su título brindándonos análisis ponderados, profundos y valederos, tanto del pasado nacional, como de la Historia que se va conformando día a día.

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También creció en el mundo literario lo que dio en llamarse novela histórica, narración imaginaria enmarcada en un momento determinado, en medio de acontecimientos reales o acudiendo a la atribución fantasiosa de pensamientos, intenciones, diálogos, de protagonistas auténticos de antaño.

Manuel Gálvez fue un maestro del género y quiso ser el testigo de una época y un destino nacional. “También soñé con describir la sociedad de mi tiempo... Mis novelas debían evocar la vida provinciana, la porteña y la del campo; el mundo político, intelectual y social; los negocios, las oficinas y la existencia obrera en la urbe; el heroísmo en la guerra...; y algo más”. Su mirada, si bien ficcional, iluminó una época, un tramo de nuestra historia. Esta forma de mirar el pasado alcanzó la categoría de moda en los últimos años , aunque en muchos casos primó lo fabulado sobre lo testimonial.

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Asistimos ahora a un nuevo tipo de mirada a lo pretérito, que ha dado en llamarse “el relato” y que consideramos la visión amañada de lo sucedido para acomodarlo a intereses personales y políticos, sin poner cuidado en la fidelidad a la verdad histórica. Nos permitimos denominarla “hiperficción de la Historia”. Toma los hechos con liviana superficialidad y les atribuye connotaciones interesadas y dudosamente fidedignas.

Nuestra presidente, alejada de toda rigurosidad en las interpretaciones del pasado reciente, acude al “relato” como un imaginario digno de mejor causa. Quienes acumulamos larga experiencia en el oficio de vivir y hemos presenciado con espíritu alerta los auténticos sucesos sentimos que se nos eriza la piel y nos embarga profunda pena por las nuevas generaciones que se atienen a esa “mirada de la Historia” que se les proporciona desde los atriles más elevados.

Sólo falta que en “el relato”, por no decir el cuentito, se nos endilgue que, a modo de ejemplo, Juancito Duarte falleció de un infarto a la salida de misa.

Que el Gral. Perón decidió compartir la fórmula gubernamental con su esposa, Ma. Estela Martínez a quien llamaban Isabelita por su semejanza con Sta. Isabel de Hungría-, para, guiado por su amor al pueblo argentino, legarle la posibilidad de ser regido por una estadista de relevancia. Que el Sr. López Rega fue un genial visionario que adoctrinaba jóvenes para que fueran a misionar, acercando la palabra de Dios a todos los confines de la Patria. Que los Graiver eran pródigos en la ayuda a los desposeídos y colaboraban desinteresadamente con los angelicales montoneros.

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Asistimos hoy día a una hipérbole de estas “miradas hiperficcionales” de los sucesos de antes y de ahora. Es así como vemos al diputado Alejandro Rossi desplegando una dialéctica singular para convencernos de que Hebe de Bonafini, pese a su vocabulario de baja estofa y su incitación manifiesta a desconocer instituciones basales de sustentación de la República, es una cándida y dulce abuelita que busca la pacificación nacional y la conciliación de todos los argentinos. Un verdadero paradigma de la moral argentina, según palabras del legislador.

Y la mismísima Sra. presidente, demostrando que es una profesional del Derecho, dispuesta a cumplir la promesa electoral de fortalecer la institucionalidad, en su irrefrenable facundia, trata de imponer la apreciación de que la Justicia está infectada y hay que marginarla y desobedecerla.

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El ser de la Historia se concreta en nuestras miradas y lo que vemos es lo contrario de lo que se nos dice. ¿Corresponde acaso a una mirada distinta o es, simplemente, trucar la realidad para explicar lo inexplicable? ¿Es la presentación de una realidad fáctica o la mera teatralización de supuestas verdades, teñidas con la anilina de la “hiperficción de la Historia”?

Como seres inteligentes y pensantes, nos sentimos agraviados por la minusvaloración de nuestra capacidad intelectual que encierra tal proceder. Nos asalta, entonces, el temor de que se está jugando con el fuego de la mentira para condenar a la verdad a la hoguera devastadora.

Podemos concluir apelando nuevamente a Jean Paul Sartre, cuando señala que “...la esencia de la relación entre las conciencias es el conflicto”.

Desafortunadamente, podemos volver al conflicto, que no se supera sin dolor, angustia y costos irreparables.

Asistimos ahora a un nuevo tipo de mirada a lo pretérito, que ha dado en llamarse “el relato” y que consideramos la visión amañada de lo sucedido para acomodarlo a intereses personales y políticos, sin poner cuidado en la fidelidad a la verdad histórica.

Nuestra presidente, alejada de toda rigurosidad en las interpretaciones del pasado reciente, acude al “relato” como un imaginario digno de mejor causa. Quienes acumulamos larga experiencia en el oficio de vivir y hemos presenciado con espíritu alerta los auténticos sucesos sentimos que se nos eriza la piel.



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