Edición del Viernes 08 de octubre de 2010

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Las siete P del Purgatorio dantesco - Edición Impresa - Opinión Opinión

Las siete P del Purgatorio dantesco

Las siete P del Purgatorio dantesco

“Dante y su poema” (1465), de Domenico Di Michelino.

Nidya Mondino de Forni

Aguijoneado por los recuerdos y quizás con la secreta esperanza de volver a su patria transcurre la vida de Dante en Ravena. Ya no le alcanza el fragor de las pasiones; sumido en la serenidad de su mundo interior, entre el fragante pinar y el plácido ondular del mar, se aviva su prodigiosa imaginación que lo impulsa a escribir el Purgatorio, el cántico más poético de la Divina Comedia. Poético en todo: en los impulsos sentimentales que forman su íntima esencia, así como en los elementos exteriores que concurren a su representación y que, en definitiva, logran envolver con un delicado ropaje el drama estremecedor de los espíritus expiantes. Alegóricamente el Purgatorio representa el camino que el hombre debe tomar cuando, conocidos los vicios y males que de ellos derivan, quiere volver a la virtud en la que reside el bien. La forman tres partes: el Antipurgatorio, el Purgatorio propiamente dicho y el Paraíso Terrestre. En cuanto al Purgatorio propiamente dicho, son siete los círculos (circuitos o cornisas) que comprende. En ellos se purgan los siete pecados capitales: soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula y lujuria. Llegado hasta allí Dante dice:

“...Y vi una puerta, a la cual se subía por tres gradas de diferentes colores, y un portero que aún no había proferido ninguna palabra. Y como yo abriera cada vez más los ojos, le vi sentado sobre la grada superior, con tan luminoso rostro que no podía fijar en él la vista (...) Sobre este último tenía ambas plantas el Ángel de Dios (...) Mi guía me condujo de buen grado por los tres escalones diciendo: —Pido humildemente que se abra la cerradura. Me postré devotamente a los pies santos: le pedí por misericordia que abriese, pero antes me di tres golpes en el pecho. Con la punta de su espada me trazó siete veces en la frente la letra P y dijo: procura lavar estas manchas cuando estés dentro”. (Canto IX).

Se trata, en este caso, del Ángel de la Penitencia, quien imprime las siete P en la frente de Dante. De allí en más, en cada cornisa custodiada por una figura celestial, se le borrará de la frente la P correspondiente a cada uno de los pecados capitales.

En realidad, no en todos los círculos se menciona explícitamente cuando los ángeles le borran las cicatrices de los pecados, pero siempre señala, en algún momento que, tras cada subida se siente más ligero. Esto es como consecuencia de que su alma, paulatinamente, está siendo purificada.

“Subíamos ya por la escalera santa y me parecía ir más ligero por ella, que antes iba por el camino llano; lo que me obligó a exclamar: —Maestro, ¿de qué peso me han aliviado, pues ando sin sentir apenas cansancio alguno? Respondióme: —Cuando las P, que aún quedan en tu frente sean borradas, hayan desaparecido enteramente como una de ellas, tus pies obedecerán tan sumisos a tu voluntad, que lejos de sentir el menor cansancio, tendrán un placer en moverse (...) extendiendo los dedos de la mano derecha, sólo encontré seis de las letras que el Ángel de las llaves había grabado en mi frente”. (Canto XII).

Y avanzando en su camino, “¿Qué vais pensando vosotros?” (...) Levanté la cabeza para ver quién fuese, y jamás se vieron en un torno vidrios o metales luminosos y rojos como lo estaba uno que decía: “Si queréis llegar hasta arriba es preciso que deis aquí la vuelta; por aquí va el que quiere ir en paz’. Su aspecto me había deslumbrado la vista (...) y sentí que me daba en medio de la frente un viento (...) sentí moverse la pluma, que me hizo percibir el perfume de la ambrosía”. (Canto XXIV).

Ya próximo al Paraíso Terrestre:

“(...) se me apareció placentero el Ángel de Dios (...) Después dijo: —No se sigue adelante, almas santas, si el fuego no os muerde antes; entrad en él, y no os hagáis sordos al cántico que llegará hasta vosotros (...) “Venite, benedicti Patris mei’— se oyó en medio de una luz que allí había, tan resplandeciente que me ofuscó y no la pude mirar (...) Acrecentábase en mí el deseo de llegar a la cima del monte, que a cada paso que daba sentía crecer alas para mi vuelo”. (Canto XXVII).

De esta manera, siguiendo el sonido de una voz que canta desde afuera y que es la del último Ángel guardián que se le aparece en forma de luz cegadora entre las llamas se le borra la última P de la frente de Dante. Luego Virgilio se despide de él para siempre diciendo:

“El fuego temporal, el fuego eterno/ has visto, hijo; y has llegado a un sitio/ en el que yo, por mí mismo, ya no veo/ Te he conducido con ingenio y arte;/ tu voluntad es ahora tu guía: fuera estás/ de los caminos escarpados y estrechos./ No esperes ya mis palabras, ni consejos;/ libre, sano y recto es tu albedrío,/ y sería una falta no obrar como él te dicta./ Así pues, ensalzándote, yo te corono y te mitro”.

Y así, con el alma purificada, mecido por una suave sinfonía matinal, Dante se dispone a iniciar el ascenso mientras ya divisa el sol, los arbustos y las flores de la maravillosa floresta terrestre.



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Viernes 08 de octubre de 2010
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