La vuelta al mundo

Angela Merkel y el multiculturalismo

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Rogelio Alaniz

La jefa de Gobierno de Alemania, Angela Merkel, ha admitido que el multiculturalismo en su país ha fracasado. Los argumentos que dio para justificar su hipótesis fueron diversos, pero la prensa internacional no ha vacilado en calificarlos de derechistas y racistas, una imputación históricamente grave para un país que, como Alemania, aún sigue pagando la responsabilidad del Holocausto y la Solución Final.

Leía las declaraciones de Merkel y recordaba las discusiones que mantuve con mis guías alemanes en la visita que hice a ese país en el 2000. Sostenían que Alemania debía ser un país abierto a los inmigrantes y que esa apertura debía incluir el derecho de ellos a organizarse para preservar sus valores, costumbres y hábitos. Por el contrario, mi guía de Hamburgo no dejaba de expresarme sus quejas contra una inmigración que lisa y llanamente violaba las leyes de Alemania. Mi guía era hijo de resistentes antinazis y durante años había viajado clandestinamente a Alemania Oriental para proteger a familiares que padecían el yugo de la dictadura comunista de Honecker. Votaba disciplinadamente por el socialismo. Hechas estas aclaraciones, la emprendía no contra la inmigración en general, sino contra la de signo musulmán y, muy en particular, contra aquellos que progresivamente imponían en el barrio y la escuela sus criterios religiosos y políticos y, por supuesto, lo imponían por la fuerza.

“Siempre he defendido la separación de la Iglesia del Estado -decía- y ahora me encuentro con que el Islam en algunas escuelas de Alemania se ha transformado en religión obligatoria. He educado a mis hijos en los valores de la diversidad y desde niños les he dicho que un extranjero es un hermano que hay que respetar y si es necesario ayudar. Siempre supuse que Alemania, después de haber inventado a Hitler, debía ser un ejemplo de tolerancia, hasta que empezaron a llegar mis hijos y los amigos de mis hijos golpeados por sus “compañeritos’, y descubrí de pronto que en Alemania debíamos luchar para que nuestros hijos no fueran discriminados en las escuelas públicas porque no usaban la burka o no aceptaban los principios del Islam”.

Escuchaba esas opiniones y miraba a mi alrededor y en efecto, observaba que ese barrio de Hamburgo se parecía más a una casbah de Marruecos que al barrio de una ciudad tradicional de Alemania. Por supuesto, también prestaba atención a los inquietantes informes oficiales acerca de bandas de neonazis que apaleaban a extranjeros, bandas que curiosamente en la mayoría de los casos provenían de la ex Alemania Oriental, contrastando la mitología izquierdista de que más allá de los defectos del régimen comunista, su población era pacífica y solidaria.

En la Alemania que visité hace diez años vivían más de tres millones de turcos. Se dice que después de Estambul, la segunda ciudad en el mundo con población turca es Berlín. No he podido verificar el informe, pero es lo que se dice y el espectáculo que se ve en la calle parece corroborarlo. Ante esta realidad que parece desbordarse por los cuatro costados, la pregunta que se hacen los alemanes democráticos es la clásica en estos casos: ¿Qué hacer? Por un lado, los valores exigen admitir la apertura, la diversidad, y los principios de la solidaridad con los más desvalidos, pero esta verdad se contrasta con la presencia de un número significativo de inmigrantes que pretenden -en nombre del multiculturalismo- no sólo reafirmar sus valores, sino además imponerlos al resto de los alemanes.

Se sabe que la inmigración está vinculada directamente con la pobreza. La discriminación y la violencia racial no la sufren el árabe o el negro multimillonario, sino los árabes y negros pobres. Hasta este punto habría un amplio consenso en las sociedades occidentales en abrir las puertas a quienes llegan desde otras latitudes empujados por la miseria. El tema se complicó cuando estos inmigrantes pretendieron reproducir en las sociedades que los cobijaron las mismas condiciones culturales que legitimaron su atraso. Y el problema se agravó cuando, además, como ocurre con el fanatismo musulmán, pretendieron hacerlo por la fuerza.

Los defensores del multiculturalismo, a quienes las lecciones de la realidad nunca les enseñan nada, consideran que ése es un precio a pagar por las aventuras colonialistas de Alemania en el siglo pasado. Cuando a uno de ellos le observaba que Alemania era una nación de alemanes y que ello incluía un Estado, una estructura legal y un conjunto de tradiciones y valores, me miraba alarmado, como si estuviera escuchando a un marciano y me decía que Alemania es de todos y no sólo de los alemanes.

Curioso razonamiento, pensaba. Alemania está obligada a abrirse y si es necesario dejar de ser Alemania para que los musulmanes puedan ser musulmanes. Digamos que una cosa es ser generoso y abrir las puertas de nuestras casas a quienes piden ayuda; y otra, muy diferente, es aceptar que quienes golpearon a nuestras puertas solicitando ayuda después se instalen, ocupen nuestros dormitorios y nos impongan sus costumbres, y nosotros no les podamos decir nada, so pena de ser considerados racistas o explotadores.

Por supuesto que existen racistas, pero lo que no se debe desconocer es que existe una franja importante de la población que, en principio, no tiene problemas con los extranjeros y que lo único que les reclaman es que cumplan con las leyes del país que los recibió. ¿Es tan difícil entenderlo? ¿Es tan difícil establecer diferencias entre un racista y un ciudadano que exige que se cumplan las leyes?

Se dice que los países centrales convocan a los inmigrantes para explotarlos. Otra falacia fácil de refutar, pero difícil de desterrar como prejuicio. En efecto, los inmigrantes ganan sueldos bajos, pero a esos sueldos no se los debe comparar con los que perciben los ciudadanos del país de origen, sino con los que percibían en los países donde nacieron. Se sabe que las movilizaciones de inmigrantes son un rasgo de la modernidad. La prueba decisiva que permite distinguir a los países que funcionan de los que fracasaron, es la que mide la orientación de las masas de inmigrantes. Nadie quiere irse a vivir a Haití -por ejemplo- pero son multitudes las que tratan de ingresar a los Estados Unidos.

Sin ir más lejos, millones de europeos a fines del siglo XIX se trasladaron a la Argentina. Por supuesto que siempre hay problemas cuando a una ciudad llega una multitud de forasteros, pero en nuestro caso, esos problemas nunca fueron graves porque existía una clase dirigente dispuesta a recibirlos y una mayoría de inmigrantes portadores de la cultura del trabajo. Hubo problemas religiosos y de discriminación, pero fueron mínimos. El racismo tuvo patas cortas en la Argentina, no tanto porque los argentinos fueran particularmente buenos, sino porque los inmigrantes llegaron decididos a integrarse y, por lo tanto, a respetar las leyes.

Los intentos de algunos grupos de constituirse como minorías nacionales fueron fuertes al principio, pero luego perdieron gravitación. A leyes como la 4.144 sería una exageración considerarlas racistas, entre otras cosas porque su aplicación práctica fue casi nula, dándose la paradoja de que fue una dictadura militar la que la aplicó contra una banda de rufianes explotadores de mujeres liderada por judíos expulsados de su propia comunidad.

Insisto. Las migraciones son fenómenos constantes en la historia de la humanidad. En algunos casos han contribuido al desarrollo de naciones, y en otros han profundizado su decadencia. Las clases dirigentes han establecido hacia ellos diferentes estrategias, pero las exitosas han sido aquellas donde el cumplimiento de la ley se reforzó con la voluntad de los extranjeros de integrarse, trabajar y progresar.

El multiculturalismo nació como una reacción contra las culturas que se pretendían superiores. Se supuso que cada pueblo tenía derecho a hacer lo que mejor le pareciera con su destino. Hoy el dilema es otro. En nombre de la diversidad no puedo aceptar que las mujeres sean lapidadas con la letanía del Corán como música de fondo, o que los niños sean secuestrados y lanzados a la prostitución por bandas de gitanos y cuando se los pretende sancionar, no por gitanos sino por proxenetas y asesinos, se levanten las banderas del multiculturalismo para protegerlos.

El tema se complicó cuando estos inmigrantes pretendieron reproducir en las sociedades que los cobijaron las mismas condiciones culturales que legitimaron su atraso.

En nombre de la diversidad no puedo aceptar que las mujeres sean lapidadas con la letanía del Corán como música de fondo, o que los niños sea prostituidos por los gitanos.