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“El gaucho y el recado”

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Arriba: “Malabrigo de Baucedo” (“Montura sanjavielera”). San Javier, Santa Fe, 1930. En el centro: Malabrigo modificado por Del Castillo Posse para el juego de “pato”, 1930. Abajo: “Recado de monte”, de Casimiro Gómez, fines del siglo XIX.

Dibujos: Fernando Romero Carranza.

Del bocado al pihuelo, de la matra al rodete, en “El gaucho y el recado” Fernando Romero Carranza presenta un amplio panorama sobre el gaucho y el conjunto de sus elementos de montar, es decir del recado con el que ensilló su caballo. La publicación, ilustrada con dibujos del propio autor, se abre con una breve historia de la silla de montar, la domesticación del caballo, la incorporación del estribo y distintas miradas y testimonios sobre el gaucho, hasta su ocaso en el siglo XX, cuando se convierte en resero.

Siguen luego los capítulos dedicados a el lomillo y su sustitución en el recado del gaucho, la transformación de las sillas españolas y la albarda modificada. Un apartado especial merece la montura malabrigo, que sustituyó al sirigote -que a su vez había desplazado al lomillo-, en Santa Fe y en gran parte del Litoral. Todavía en uso en el norte de nuestra provincia y en Corrientes, la montura malabrigo es un recado que mantiene su armazón basada en una estructura rígida, de madera liviana de ceibo o “Francisco Álvarez”, sin agregado de bastos acolchados, con arzón (es decir, con el cabezal de la silla de montar) delantero vertical y una inclinación en el arzón trasero redondeado en forma de peineta. “Su elaboración y difusión se inició en el norte de Santa Fe y tomó el nombre de una colonia de inmigrantes suizos alemanes asentada en la localidad de Romang sobre el río Malabrigo. Fue fabricada por una familia de apellido Kemmeter y sorprendentemente resulta también casi idéntica a la silla magyar, mil años anterior a esta “invención’... Por su difusión en el Chaco santafesino y en Corrientes, se la conoce también como “apero chaqueño’ o “montura correntina’. Otras crónicas ubican el principio de elaboración de esta silla a partir de 1910 en la ciudad de Reconquista, por un talabartero también alemán de apellido Pfall, que confeccionó además un estribo grande de arco de madera que aún se conoce como “estribo chaqueño’.

“Inicialmente, el arzón delantero del malabrigo se mantuvo elevado, al igual que en el sirigote. Esta vuelta a la estructura rígida y a ese alto y duro arzón, provocó un cambio en el manejo de las riendas, que el paisano del litoral toma con la palma de la mano hacia abajo, para no lastimar los nudillos, abandonando el manejo anterior con lomillo -y el que actualmente se sigue practicando con el uso del recado de bastos y con todas las sillas camperas de arzones bajos-, es decir, con la palma de la mano hacia arriba pasando las riendas sobre el dedo índice y apretándolas con el pulgar.

“Hacia el año 1925, en la localidad de San Javier, don Cándido Baucedo fundó un taller que proveía unas sesenta monturas de tipo malabrigo por mes a talabarterías de Rosario, del resto de la provincia, e incluso de Buenos Aires. Tenían diferentes anchuras y estaban retobadas en cuero crudo blanqueado con cal, presentando el arzón delantero mucho más bajo y el trasero ancho y bien inclinado. Se las conoció como montura sanjavielera.

“En la localidad de Helvecia, Francisco Gatti elaboraba malabrigos en la misma época, de cabezal delantero más bajo y peineta trasera más ancha, retobado en suela”. Y el capítulo continúa contando que estas monturas también fueron fabricadas por otras talabarterías de Santa Fe y Corrientes, y las distintas características que tenían, por ejemplo, las caronas que fue necesario usar dada la rigidez de su estructura, como las excelentes y elaboradas caronas que producía la Curtiembre de Federico Meiners de Santa Fe. El propio autor recuerda haber aprendido a montar usando un malabrigo santafesino.

Otro apartado se refiere al retorno de la albarda en el Litoral también al abandonarse el uso del rígido sirigote, se retomó en parte “la elaboración y utilización como silla de montar, de un modelo de albarda de bastos acolchados rellenos de cerda, “aderezada’ con acioneras y cabezales o semigrupas flexibles, sin uso alguno de armazón de madera o borrenes de este material. Este implemento fue inicialmente conocido como “recado Victoria’, por la localidad donde se comenzó su elaboración, habiéndose introducido posteriormente otras variantes de esa albarda que los talabarteros de principios del siglo XX mencionan e ilustran en sus catálogos, denominándolo “recado entrerriano’...”. Publicó Letemendia.


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Arriba: Malabrigo modelo de Casa Arias, 1948, con faldones de suela, estribos “chaqueños” de madera y suela y accioneras ocultas por los faldones. Abajo: Malabrigo santafesino, modelo corriente, siglo XX.

Dibujos: Fernando Romero Carranza.