La pelea Klitschko-Briggs aún da que hablar

Los enemigos del boxeo están dentro del boxeo

De la Redacción de El Litoral

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Télam

La carnicería consumada en la pelea de Vitali Klitschko y Shannon Briggs reflotó la célebre observación de Ferdie Pacheco, médico de Cassius Clay: “Los peores enemigos del boxeo no son los abolicionistas, los peores enemigos del boxeo están dentro del boxeo mismo”. Y son, desde luego, los managers inescrupulosos, los entrenadores que se hacen los guapos con el cuerpo ajeno, y los árbitros incapaces de proteger a los boxeadores que dieron todo, indefensos, que persisten en el ring como guerreros antagonistas, o autómatas.

Que el árbitro británico Ian-John Lewis haya declarado que simplemente se trató de una lucha de “dos muchachos duros” supone un gesto de cinismo inusitado. Por supuesto que se trataba de una lucha de “dos muchachos duros”, pero tal lucha duró cuatro o cinco rounds, y apenas hasta cierto punto.

Cuando en una pelea queda suficientemente claro quién es quién, quién es mejor y quién no tiene modo de torcer la historia, pues esa pelea ya no tiene razón de ser. Incluso si se contempla que está en juego el título del mundo de peso pesado. Y desde la sexta vuelta, tal vez desde antes, la presencia de Briggs fue nominal, estoica, innecesaria. Sin embargo, Lewis se mantuvo al margen, cual si fuera un espectador más, y de los portadores de mayor espesor morboso.

No menos responsable de la paliza fue Herman Caicedo, el hombre que desde el rincón del estadounidense se la pasó dando indicaciones que su pupilo escuchaba estando sin estar, como en trance, a la espera de tres minutos más de suplicio. Si hasta el propio Klitschko, aunque de manera inconciente, contribuyó a alargar un espectáculo que, esta vez sí, mucho tuvo de circense.

Demasiado preocupado por neutralizar un mandoble que jamás llegó, el originario de Ucrania se limitó a sumar golpes y puntos, cuando de habérselo propuesto hubiera alcanzado un nocaut providencial: hasta Briggs se lo hubiera agradecido. A grosso modo, de los más de 300 golpes que Briggs recibió en su rostro, como mínimo la mitad pudieron haberse evitado.

El boxeo, urge recordarlo, no necesita de crueldades, puesto que de por sí conlleva una dosis de crueldad. Pacheco tenía razón: los verdaderos abolicionistas son los que presumen de amar al boxeo pero adulteran su sentido y trafican con el coraje de los boxeadores.