Una novelista “genuinamente moderna”

Ivy Compton-Burnett.
Una novelista “genuinamente moderna”

Ivy Compton-Burnett.
Por Raúl Fedele
“Una familia y una fortuna”, de Ivy Compton-Burnett. Traducción de Teresa Arijón. La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2010.
La trama es típica de Compton-Burnett: un ambiente limitado, una familia, cuestiones de dinero. La familia en cuestión está conformada, en primer lugar, por los padres, Edgar y Blanche. Una frase basta para describírnoslos: “Edgar y Blanche se habían enamorado treinta y un años atrás, en 1870, cuando Edgar tenía veinticuatro y Blanche, treinta; y ahora que el sentimiento era un recuerdo, por lo demás bastante raro e incluso embarazoso, Blanche miraba a su esposo con confianza y orgullo, y Edgar contemplaba a su esposa con afecto no carente de compasión”. Tienen cuatro hijos, el menor con problemas de crecimiento nunca bien especificados, de alguna manera el centro de la atención malsana de todos, sobre todo del hermano mayor que no deja de humillarlo. En la casa vive el hermano de Edgar, Dudley, y los dos son inseparables. Reciben una carta del padre y de la hermana de Blanche: piden alquilar la casita aledaña porque ya no pueden sostener económicamente la vida que han llevado hasta entonces. Pero resulta que aquí tampoco se navega en la abundancia. Las especulaciones sobre cómo debe tratarse esta situación ocupa los primeros capítulos y ya notamos desplegarse en aumento las oscuridades bajo los corrosivos diálogos que conforman la novela, con apenas excepcionales indicaciones sobre quién habla, o sobre el paso del tiempo, o la descripción de algún nuevo personaje.
Llegan pues, el padre, la cuasi inválida hermana de Blanche y la mujer que los sirve desde hace mucho tiempo. Y llega también la noticia de que Dudley ha heredado una fortuna apreciable (aunque siempre fluctuante en su monto), y finalmente recala una huésped que arrebata el corazón del heredero, y ya los diálogos apenas pueden retener en su pulcra dicción lo sardónico y lo feroz para enterarnos de la muerte de Blanche y el inesperado giro en el romance del heredero y la forastera.
Ivy Compton-Burnett es una maestra de diálogos. No hay palabra inocente entre las que pronuncian sus personajes; son, más que sus cuerpos y sus propios destinos, la afirmación de sus vidas. Son su gracia y su fatalidad: su gracia, en el doble sentido de don y también de manifestación de una inteligencia que, con humor (inglés, para colmo) y con desplante, busca el reconocimiento, o la admiración, o la compasión, o lo que fuera; y son su fatalidad, porque son irreprimibles, y no pocas veces sin retorno, crueles o suicidas.
Diálogos que son a la vez muy creíbles y hasta naturales (en cuanto el lector reconoce por sus palabras a cada interlocutor, y su manera de expresarse basta y sobra para moldear integralmente a cada personaje), pero que en verdad debemos reconocer que son imposibles fuera de una novela. Sin embargo, creemos que estos personajes hablan así, y ése es el logra máximo de Ivy Compton-Burnett.
En su ensayo “Conversación y subconversación”, Nathalie Sarraute señalaba tales conquistas de Compton-Burnett. Decía que nada en la trama ni en sus personajes podía ser menos actual ni más limitado, pero que eso no importaba frente a la novedad absoluta de su forma de presentar sus largos diálogos. “Las conversaciones petulantes de los personajes de Compton-Burnett, a la vez rígidas y sinuosas, no recuerdan a ninguna conversación anterior. Empero, aunque nos parezcan extrañas, nunca producen la impresión de algo falso o gratuito... El lector, tenso, sobre ascuas, como si hiciese la vez de aquél hacia el que van dirigidas las palabras, moviliza todos sus instintos de defensa, todo el don de su intuición, su memoria, sus facultades de juicio y de razonamiento. Porque entre aquellas frases dulzonas se esconde el peligro, y en la inquietud afectuosa que las recubre se disimulan impulsos asesinos, sutiles venenos en las tiernas apariencias”.
Mientras algunas técnicas revolucionarias de la novela moderna, como el monólogo interior (a la manera del de Molly Bloom en el “Ulises”, de James Joyce) o la descripciones de los tropismos (a la manera, precisamente de Sarraute), pueden resultarnos fechadas y a menudo más arbitrarias que las descripciones de un autor omnisciente, los diálogos de Compton-Burnett (contemporánea de Joyce, Virginia Woolf e incluso Samuel Beckett) siguen conmoviendo, atrapando y movilizando al lector. Se cumple la profecía de J. Rodolfo Wilcock, que vaticinaba que en el futuro se la consideraría una “novelista genuinamente moderna”.
