EDITORIAL
EDITORIAL
Más fiestas, menos competitividad
Hace años, el ex premier alemán Helmut Kohl dijo: “Alemania no tiene futuro con jubilados cada vez más jóvenes, estudiantes cada vez más viejos y feriados cada vez más prolongados”. Las declaraciones provocaron el previsible revuelo entre los beneficiados: jubilados jóvenes, estudiantes crónicos y amigos de los feriados. Lo previsible en estos casos.
Lo interesante es que Alemania es una de las principales economías del mundo y, sin embargo, uno de los artífices de ese desarrollo se tomaba el trabajo de advertir -sin medir costos electorales- sobre los problemas de lo que calificaba con cierto toque irónico como “un país jardín de infantes”. La referencia histórica viene a cuento por la actualidad del comentario crítico, sobre todo en la Argentina. Aquí, los dirigentes cuidan sus porciones electorales y rehúyen la confrontación con los poderes corporativos.
Un ejemplo aleccionador sobre lo que hablamos lo constituye el reciente decreto del gobierno disponiendo cinco feriados nacionales, lo que lleva a diecisiete la suma en nuestro calendario, cifra récord para un país en vías de desarrollo. La justificación de estas decisiones es que los feriados alientan la industria del turismo, sin que se evalúen seriamente los perjuicios que provocan a la cadena productiva en general y, muy en particular, a la cultura laboral de una sociedad.
Al respecto, todas las disquisiciones que se puedan hacer no alcanzan a refutar el principio básico que sostiene que ningún país se desarrolla trabajando menos, mucho menos en las sociedades de la innovación y el conocimiento del siglo XXI. No es un secreto que una de las claves del desarrollo de cualquier nación moderna que merezca ese nombre es la de trabajar y estudiar más para ganar competitividad. No hay coartadas ni gambitos que permitan eludir este desafío.
Sin embargo, en la Argentina, la cultura del trabajo se muestra declinante, en tanto que la educación aparece cada vez más deteriorada según los datos que año tras año ofrece el ingreso a las universidades. Lo triste es que nuestro país llegó a ser un modelo para América y para el mundo.
Basta ver lo que ocurre en los países principales para sacar conclusiones por contraste. En Japón, por ejemplo, los días de clases en el año son 240. Algo parecido ocurre en Europa y Estados Unidos, por no mencionar a los “tigres asiáticos”, donde la exigencias escolares y laborales son altísimas.
En la Argentina se propuso como meta ambiciosa 180 días y, como es de público dominio, los paros de las burocracias sindicales se encargaron de impedirlo. Por supuesto que, en esta tierra que recuerda a Jauja, siempre luce más progresista aprobar los feriados y los paros generales que usan de rehenes a los educandos que proponerse estudiar y trabajar más. No se trata de retornar a los tiempos de la rígida y ascética economía, pero las críticas a estas tradiciones no habilitan la idea de que los problemas de la Nación se resuelven estimulando una imposible “cadena de felicidad”.