Mesa de café
El campo popular y la princesa peronista

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El campo popular y la princesa peronista

Erdosain
José propone que al Puente Colgante se le ponga el nombre de Néstor Kirchner. —Se lo merece -dice-; después de Perón es el político más grande que ha dado la Argentina.
—Me vas a hacer llorar -responde Marcial con una sonrisa, mientras le solicita a Quito, de riguroso luto por la muerte de Massera, que le sirva su consabida taza de té.
—Vos no llorás -señala José-, a vos te crecen los pelos.
—Prefiero ser hombre de pelo en pecho -contesta Marcial- que lampiño como Mussolini.
—Mussolini no era lampiño -reacciona José.
—Perón tampoco -apunta Marcial-, pero se parecían.
—No estamos hablando de Perón... no volvamos al ‘45 -digo, tratando de apaciguar los ánimos.
—Los que vuelven, no al ‘45 sino al ‘55, son ustedes -enfatiza José.
—¿Quiénes son ustedes? -pregunta Abel.
—Los gorilas -insiste José-. El otro día, sin ir más lejos, quisieron pialar un busto de Evita como en los mejores tiempos de la Revolución Libertadora.
—Yo sabía que este gobierno municipal tenía algo de bueno -ironiza Marcial en voz baja.
—Ésa es una acusación injusta -acota Abel-, fue un malentendido que se corrigió inmediatamente.
—Ustedes siempre tienen argumentos leguleyos -subraya José.
—Y ustedes siempre retornan a la necrofilia para unirse -replica Abel.
—Yo no sé si es necrofilia -digo yo-, pero está claro que el tema de Evita los unió como nunca. Los dirigentes competían entre ellos para ver quiénes eran más evitistas y competían con la tranquilidad de saber que nadie en serio se había propuesto atacar los símbolos históricos del peronismo... Es lindo jugar a los cowboys con revólveres de juguete -puntualizo.
—Lo que hicimos con Evita lo vamos a hacer con Kirchner si impiden que lo honremos -advierte José.
—O sea que les van a poner a todas las plazas, escuelas, ciudades, rutas, provincias, canchas de fútbol, centros espiritistas, el nombre del flamante prócer -dice Abel con tono provocador.
—Yo no se lo voy a poner, se lo va a poner el pueblo -contesta José.
—Me lo imagino- dice Marcial como hablando para sí mismo.
—Y ya que estamos -continúa en voz alta-, podríamos empezar por bautizar algunas calles y edificios públicos con el nombre de la flamante princesa peronista. ¿Y por qué no exigir el luto obligatorio? ¿Y por qué no hablar con el ministro de Educación para que los próximos libros de lectura de primer grado se inicien con frases como “Amo a Néstor”, “Cristina me ama”?
—No respetan a los muertos -se agravia José-... lo mismo hicieron en el ‘55.
—Los que no respetan a los muertos son ustedes -se enoja Abel-, porque a un muerto no se lo usa para hacer campaña electoral.
—Lo que me resulta interesante -interviene Marcial con su sonrisa burlona- es la agrupación juvenil “La Cámpora”, dirigida por este chico... ¿cómo se llama..? Mínimo... creo.
—Máximo -digo yo, antes de que José salte como leche hervida.
—¿Vos te referís a esa agrupación financiada con plata del Estado y que lleva el nombre de un personaje que Perón personalmente se ocupó de liquidar políticamente? -pregunto.
—Cámpora fue un soldado de Perón -dice José.
—Yo lo definiría como a él le gustaba definirse: obsecuente de Perón -dice Marcial.
—Para no irnos por las ramas -digo-, creo que es por lo menos imprudente poner nombres de calles y plazas a una persona que murió hace diez días. La historia aconseja dejar pasar un tiempo para arribar a un juicio más esclarecedor.
—El juicio del pueblo, que es el que importa, ya fue dado -se emociona José-, Néstor Kirchner fue el gran líder del siglo XXI.
—Como se dice en estos casos -agrega Marcial-, el pueblo nunca se equivoca.
—Exacto -replica José-. Pueden equivocarse los historiadores; el pueblo, nunca.
—¿Y se puede saber dónde está escrito ese fallo del pueblo? -pregunta Abel.
—En la calle, en el velorio -dice José, acompañando las palabras con un gesto.
—Por allí pasaron cien mil personas -digo-. Para un país de cuarenta millones de habitantes tu visión del pueblo es más bien modesta.
—¿Y los millones que lo despidieron llorando por televisión? -pregunta José.
—¿Vos te referís a Tinelli, Andrea del Boca, Florencia Peña...? -pregunta Abel.
—No hablemos del pueblo si les molesta tanto -concede José-, hablemos del campo popular.
—Yo que soy hombre de campo -insiste Marcial- te lo digo: según les convenga a ustedes, el campo popular es una estancia enorme o una chacrita insignificante.
—¿Campo popular es Moyano? -pregunta Abel - ¿Campo popular es Ulloa, Báez, López, Eskenazi, Boudou, Timerman... el diariero de la dictadura militar?
—Como en algún momento lo fue el compañero Massera -dice Marcial.
—No comparto -concluye José.