En la aparente cordura

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Por Carlos Bernatek

“No tengo tiempo”, de María Pía López. Ediciones Paradiso, Buenos Aires, 2010.

Si el reseñista comenzara diciendo: “Diario íntimo de una mujer de 40 años”, no mentiría. Pero esa apresurada síntesis, además de maniquea, llevaría al lector a suponer lo que esta novela no es. El estigma argumental del producto editorial llamado literatura femenina puede inducir al equívoco más grosero: el de suponer que este tipo de (des)calificaciones resulten aplicables a todo continente afín.

Quien haya leído a María Pía López en cualquiera de sus textos ensayísticos (Sábato o la moral de los argentinos -en colaboración con Guillermo Korn-, Mutantes. Trazos sobre los cuerpos y Lugones. Entre la aventura y la cruzada, entre otros) habrá advertido que transitan un discurso de peculiar vecindad con la ficción, particularidad que subraya la materia literaria que los constituye. No porque ficcionalice lo real, sino por un manejo estético del lenguaje poco habitual en el ensayo académico.

No tengo tiempo, sí es ficción; y es lo que suele llamarse un texto de autor: López acomete con un texto intimista y desgarrador. El tiempo del título es una opresión que desafía a la protagonista más allá de cualquier condición: género, edad, formación o experiencia, que no operan aquí como argumento sino como incidentes. El tiempo faltante del título -el reclamo de la protagonista- es la constante proustiana devenida motor de una historia personal. Ese tránsito puntual de fechas y subtítulos va desmadejando etapas, obsesiones y tormentos que, desde lo cotidiano, azuzan un itinerario descarnado, incorrecto y doloroso. Confesión de una primera persona asilada en su yo, apostrofada en sus neologismos, salta con el azar del circunloquio y el monólogo interior desde lo incidental a lo trascendente, o mejor, superpone la banalidad de la contingencia que salpica todo lo trascendente. Un ser-para-la-muerte de Heidegger pero aquí y ahora, en el colectivo, en el café, en el trabajo diario. Es allí donde se cristaliza este texto angustioso que salta de la peluquería de damas a la pérdida del deseo, estableciendo un juego de persistentes desgarramientos en medio de la aparente cordura en que discurren las tareas, las reflexiones y las horas. Con la frondosidad de los juegos de palabras, ingenuos o no, con la admonición que imponen la vejez, los ciclos vitales y la condición misma de mujer, la protagonista elude la tragedia para imponer un tono más angustioso aún, el de la imposibilidad de modificar las cosas, por no mencionar la palabra destino.

Ese yo-amo del texto de López plantea su relación abrupta con el envejecimiento y la extinción. Se exaspera porque “nada tiene que aguardar sino su propia muerte” -diría Lacan-, lo cual no le evita las trivialidades de lo fáctico, el tener que responder a lo pedestre, esa dialéctica amor-odio que suscita cada hecho cotidiano.

El ritmo del diario personal propone una lectura intensa, difícil de abandonar, que se impone por espasmos, fracturas, anécdotas breves, saltos del discurrir de una conciencia exasperada que devela su simulacro, que especula construyendo y desarmando escenarios posibles. El reclamo por el tiempo escamoteado, faltante, ausente, no hallará más respuesta ni justificación que la propia paradoja de su arbitrariedad.