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Crónica política

El Frente Progresista a tres años de gobierno

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Rubén Giustiniani, Antonio Bonfatti y Mario Barletta. Fotos: Amancio Alem-Guillermo Di Salvatore

Rogelio Alaniz

El gobierno de Hermes Binner ingresa en su último año de su gestión. En política, las novedades siempre pueden presentarse, pero todo hace suponer que va a concluir el mandato sin grandes sobresaltos políticos y sociales, entre otras cosas porque este gobierno se ha distinguido por un estilo de gestión racional y previsible, coincidente con las expectativas de una sociedad que reclama estas virtudes por parte de su clase dirigente.

Exageraría si dijera que estoy orgulloso de esta gestión, pero no falto a la verdad si digo que estoy satisfecho, moderadamente satisfecho. Este gobierno no es perfecto porque, como dijera Michel Rocard, la perfección es una fantasía fascista, pero ha tomado medidas justas en diferentes campos del quehacer social y, sobre todo, se ha sabido ganar el respeto y la credibilidad de una ciudadanía a la que no es fácil engañar con espejitos de colores.

Los santafesinos podrán hacerle observaciones a esta gestión, pero a todos los domina la certeza de que están gobernados por personas honradas. Esa credibilidad moral es uno de los grandes capitales políticos de este gobierno. Lo es en realidad de cualquier gobierno, pero muy en particular de quienes llegan al poder levantando las banderas de la ética y la decencia pública y privada.

“Pero no es revolucionario”, me dice un amigo izquierdista. Por suerte no lo es, respondo. Por suerte su dirigencia ha rehuido a la tentación de sumergirse en esa alienación colectiva de la revolución que tantas catástrofes produjo en el siglo veinte. Este gobierno no es revolucionario, pero es reformista, lo cual en la Argentina que vivimos es siempre una gran noticia. Al respecto, los argentinos hemos ensayado las más diversas y degradadas variantes del populismo y el autoritarismo; también hemos intentado degustar los elixires de la revolución de derecha y de izquierda. En todos los casos hemos fracasado. ¿Por qué entonces no darle una oportunidad al reformismo? A un reformismo progresista, republicano y democrático. Es lo que se ha propuesto hacer el Frente Progresista, con dificultades, aciertos y errores, pero sin perder de vista el objetivo principal: reformar lo que es injusto, conservar lo que funciona.

La gestión de Binner despertó las expectativas de políticos y analistas de todo el país. Lo hizo desde que llegó al poder hace tres años, y lo sigue haciendo en la actualidad. El Frente Progresista se constituyó como un modelo de construcción política popular y progresista. En un tiempo de banalizaciones teóricas, de descreimientos, de tinellización de la política y debilitamiento de las estructuras partidarias, el Frente Progresista se presenta como la alternativa que se esfuerza por compatibilizar la política con la moral, el ejercicio del poder con las convicciones y el realismo político con la esperanza de cambio.

Después de tres años de gobierno, se pueden arriesgar algunas conclusiones parciales. En primer lugar, se demostró que una provincia con más de tres millones de habitantes y una economía moderna y diversa puede ser gobernada por una administración que no es peronista. En segundo lugar, se probó que el peronismo puede constituir una oposición constructiva y responsable. En tercer lugar, este gobierno se ha esforzado por dejar en claro que los cambios y las transformaciones son “rutinas” de una gestión y no acontecimientos espectaculares que se anuncian a los gritos en algún balcón o en algún programa televisivo de la farándula.

Uno de los aportes más valiosos que esta gestión ha hecho a la política fue la de contribuir a perfeccionar el sistema político. En Santa Fe conviven dos grandes coaliciones políticas: una, de signo liberal progresista; y otra, de signo conservador y popular. En el interior de estas coaliciones hay debates, tensiones y marcadas diferencias, pero no afectan su constitución porque básicamente es la sociedad la que está identificada con una u otra y no acepta rupturas o divisiones por temas menores.

Con orgullo podemos decir que la provincia de Santa Fe dispone del sistema político más maduro del país. No se trata de ejercer un orgullo localista vanidoso y necio, sino de evaluar con la mayor objetividad posible cómo se construye el sistema y el poder. No es un tema menor. Este modelo de poder es el que habilita -entre otras cosas- una oferta de dirigentes de primer nivel. Unos nos pueden gustar más que otros, pero convengamos que cualquiera de los dirigentes que se presentan a la consideración de la ciudadanía merece ser respetado y reconocido, tanto en el peronismo como en el Frente Progresista.

Este dato no es producto de la casualidad. Santa Fe no es un emirato árabe o un feudo sometido a la voluntad de un caudillo omnipotente. Es una provincia desarrollada, moderna, con una población culta que se resiste a ser gobernada por sátrapas o vulgares aventureros. Esta sociedad abierta es la que asegura, al mismo tiempo, la vigencia de un sistema político que reproduce dirigentes de nivel. A la inversa, en las democracias delegativas, en los regímenes decisionistas y populistas lo que se impone es el caudillo, la disgregación de los partidos, el afianzamiento de las castas y, en ese contexto, el atraso político y social.

Imagino las objeciones. Si el Frente Progesista es tan maravilloso, ¿por qué discuten tanto? No me preocupa que discutan, por el contrario, me preocuparía si no discutieran, si todos se sometieran a un jefe o caudillo, si todos hicieran gala del verticalismo, la subordinación y la alcahuetería. En el Frente Progresista se discute porque ese es el rasgo inevitable de una coalición plural integrada por partidos politicos que participan en igualdad de condiciones. Como en todo debate, a veces se dicen palabras de más o de menos. Es así. Lo que vale para el Frente Progresista también vale para el peronismo santafesino. A no asustarse. El pluralismo es una virtud fácil de enunciar pero difícil de encarnar.

La UCR tiene derecho a reclamar para el próximo turno un gobernador de su signo partidario. Pero los socialistas también tienen ese derecho. ¿Todos tienen derecho? Por supuesto. Cada partido tiene derecho a presentar su candidato. En cambio, a lo que nadie tiene derecho es a romer las reglas de juego, es decir, a suponer que el Frente Progresista es una propiedad personal.

Es importante destacarlo una vez más: el Frente es una construcción colectiva y pluralista. Es de todos y no es de nadie. Como en toda construcción política hay dirigentes más importantes que otros, pero esa importancia no promueve privilegios sino responsabilidades. Los liderazgos existen y son bienvenidos a condición de que sean democráticos. No hay Frente Progresista con liderazgos cesaristas o decisionistas, como no hay Frente Progesista sin partidos orgánicos unidos en una estrategia común.

Siempre es deseable el consenso, pero no siempre el consenso es posible, sobre todo cuando se sabe que el sillón del gobernador es para una sola persona. Si no hay consenso, lo que se impone es la interna. Ciertos políticos le tienen terror a la interna. Prefieren el acuerdo discreto de las cúpulas, que es legítimo, por supuesto, salvo cuando se lo presenta como el exclusivo recurso para proclamar candidaturas.

Las internas se inventaron como alternativa superadora de los sistemas políticos cerrados. Pluralismo e interna partidaria llegaron en su momento a ser sinónimos. Se sabe que cuando las internas se trasnforman en internismo es porque el debate ha sido desplazado por la ambición personal, pero para tranquilizar a los más nerviosos, bueno es advertir que en la Argentina los problemas partidarios no provienen de las internas sino de la falta de internas, lo que es decir la falta de debate y participación ciudadana.

El Frente Progresista se constituyó sobre un conjunto de certezas, pero también sobre un número indeterminado de dudas e incertidumbres. Estas experiencias trascendentales no se hacen con recetas sino experimentando, acertando y equivocándose. Las grandes experiencias sociales están sometidas a estas exigencias. Construir acuerdos, unir voluntades, forjar esperanzas, nunca es fácil.

Por lo pronto, los candidatos que disputan la precandidatura para el cargo de gobernador en las elecciones de 2011 son excelentes. Se trata de Barletta, Bonfatti y Giustiniani, hombres con historias y compromisos, y con un definido perfil reformista. El voto de los ciudadanos decidirá cuál de ellos será al fin el candidato, pero desde ya digo que cualquiera que fuera, el Frente Progresista estará bien representado.




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