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Gente que “sobra”, la siniestra realidad laboral posmoderna - Edición Impresa - Economía

EL TRABAJO, HOY. APUNTES SOBRE Un PANORAMA DESOLADOR


Gente que “sobra”, la siniestra realidad laboral posmoderna

Diversos sociólogos -Löic Wacquant, Anthony Giddens, Ulrich Beck- han descrito a la sociedad actual como un sistema atravesado por la tensión entre una “población excedente absoluta” y una economía que no “necesita” de las personas. Precarización del trabajo, influencia de la tecnología y crisis económica.

Gente que “sobra”, la siniestra  realidad laboral posmoderna

Ha surgido, especialmente en los países del Tercer Mundo, una desocupación que pasa de ser afuncional a disfuncional, es decir, va en contra del capital.

Foto: Archivo

 

Estanislao Giménez Corte

egimenez@ellitoral.com

http://blogs.ellitoral.com/ocio_trabajado/

“¡No hay un más allá de la sociedad del trabajo! O hay trabajo, o no hay nada”. Ulrich Beck, 2003.

I

Cierta sociología sobre la posmodernidad no es menos desalentadora que cualquier texto de la filosofía existencialista. Uno de los afamados pensadores de época, el sociólogo alemán Ulrich Beck, ha escrito a propósito de la sociedad post-industrial con una prosa brutal e incontestable. Sin ningún esfuerzo, podemos pensar a muchas de sus observaciones como aplicables a nuestra propia ciudad y país. En “Un nuevo mundo feliz” (2003), el académico arroja frases como: “A diferencia de los pobres de otras épocas, los pobres localizados de la era global ya no son necesarios”. Nada demasiado nuevo, se dirá, pero no por ello menos intimidante. Allí donde el alemán sostiene esto, el investigador argentino Esteban Rodríguez escribe, por caso: “(...) el capitalismo no necesita de la vida de los hombres” (2006).

La noción del trabajo como sinónimo de esfuerzo, progreso personal y material; reconocimiento, obtención de una posición económica, realización, se halla fuertemente arraigada en las sociedades, quizás desde los tiempos de la revolución industrial y el desarrollo de las sociedades capitalistas, que justamente dieron la posibilidad “a todos”, de conformar nuevas burguesías con acceso a la educación, el capital, el progreso económico y la movilidad social.

Durante el siglo XX, en muchos países del mundo occidental, una de las preocupaciones trascendentes de las políticas estatales fue incrementar la población empleada, sobre el concepto de que únicamente el trabajo podría proveer bienestar a la población y disparar al país a un mejor nivel de vida.

Toda la humanidad, desde el momento de la organización de la vida en la división entre tiempos productivos y no productivos, queda sometida entonces a la imperiosa necesidad de “aprovechar el tiempo” y producir, como un mandato o un dogma derivado de las normativas globales del capitalismo post-industrial. Pero todo eso es historia conocida, que muchísimos autores trataron muy bien. La novedad, la aterradora novedad, puede situarse como originada en la década del ‘90, cuando las condiciones genéricas del sistema, llamémoslo así, comienzan a desmadrarse, y entonces....

II

El Estado de Bienestar puede definirse como un gigantesco “sistema de seguridad” (Francescutti, 2001); cuestionado éste, a partir de la explosión neoliberal conservadora de los ‘90, entran en incertidumbre todos aquellos sujetos no contemplados por el Mercado y que el Estado desatiende, debido a que la lógica imperante viene a ser que hombres y mujeres deben autogestionar sus existencias en un contexto libre de oferta y demanda.

Ahora, todo parece haber cambiado. Es el retorno del Estado, que debería intervenir, se dice, para que no se produzca o genere el “Estado de Malestar” (Rodríguez, 2006), quien apela a una cita intertextual que lleva al Freud de “El malestar en la cultura” (1931). Este Estado, según el sociólogo citado, funciona de acuerdo con una ecuación muy sencilla: “La primacía del capital financiero sobre el capital productivo”.

Beck entiende a propósito que “este imperialismo conceptual del trabajo en la visión de la modernidad europea se ve claramente en el abismo de la falta de respuestas al que parece que se mira ante el fin del trabajo convencional ¿a lo largo de qué coordenadas puede ordenarse la vida si falta la disciplina que se consigue mediante el trabajo convencional?” .

III

El francés Löic Wacquant, en “Parias urbanos” (2001), describe un panorama con claras similitudes, aunque con un discurso propio, no menos perturbador: “Junto con la modernización económica acelerada, provocada por la reestructuración global del capitalismo, la cristalización de una nueva división internacional del trabajo y el desarrollo de nuevas industrias de usos intensivos del conocimiento (...) se ha producido la modernización de la miseria: el ascenso de un nuevo régimen de desigualdad y marginalidad humanas” .

En el paradigma de la “segunda modernidad” -estado presente, según Beck- cobra una importancia primordial ese cambio en el sistema del trabajo retribuido. Su texto nos vincula claramente con las postulaciones respecto de la “sociedad del riesgo”, largamente tratada por algunos de los autores ya citados. Lo explica así:

“... En la segunda modernidad, impera el régimen de riesgo y ello en todos los campos: economía, sociedad y política. La diferenciación apropiada no es entre economía industrial y post-industrial, o entre economía fordística y post-fordística, sino entre la economía de la seguridad, la certeza, las fronteras bien delimitadas de la primera modernidad, de una parte y, de la otra, la inseguridad, la incertidumbre y la desaparición de las barreras de la segunda modernidad” (2003).

Rodríguez, por su parte, señala que “la desocupación es afuncional: de ella se desprende la existencia de una sobrepoblación relativa; (y merced a ésta, existe) un ejército industrial de reserva” (2006).

Surge de esta manera, especialmente en los países del Tercer Mundo, una desocupación que pasa de ser afuncional a disfuncional, es decir, va en contra del capital. El desarrollo abismal del sector terciario a partir de la segunda mitad del siglo XX -paso de una economía de producción a una economía de servicios- viene a corroborar, de alguna manera, la tesis de Rodríguez, esto es: “El surgimiento de una masa marginal (debido a que) el capitalismo no necesita de la vida de las personas”, y la extendida percepción de que enormes franjas poblacionales “sobran”.

IV

Más que un costado apocalíptico, el principio de la “sociedad del riesgo”, viene a señalar la demolición de las certidumbres con las que el hombre del siglo XX contaba: la idea de progreso, el bienestar que traería el avance de la ciencia, la creencia en el esfuerzo y el trabajo, las categorías vinculadas con la movilidad social motivadas por ese esfuerzo, el crecimiento económico a causa de ese progreso, etc., etc.

A propósito de esto, señala Giddens que, a la vez que produce beneficios y adelantos... “... el mundo de la modernidad reciente o tardía crea nuevas formas de fragmentación y dispersión (y) (...) la modernidad (genera): marginización, diferencia y exclusión” (1991).

Así las cosas, la modernidad se caracteriza por un escepticismo generalizado, por el cual (y en esto tiene directa relación el postulado de la sociedad del riesgo) ciencia y tecnología asumen una tarea de “doble filo”: “(...) al tiempo que ofrecen posibilidades beneficiosas crean nuevos parámetros del riesgo y peligro” (1991).

Cabe preguntarse, por supuesto, qué es lo que sucede cuando no hay rutinas que cumplir, ni prácticas que desarrollar; cuando la ausencia de tareas concretas remuneradas -por el desempleo-, la negación a la disposición para tareas supletorias no remuneradas -tareas del hogar-, colegio, estudio; e, inclusive, como contrapartida, la inversión de los tiempos del sujeto en una dinámica sin perspectiva, ni obligaciones, ni horarios, más que las prácticas vinculadas, ahora sí, con relaciones sociales, o de consumo, se extienden como la norma de vida. Más gente, muchísima más gente, menos preparada, para un mercado que se achica; ése parece ser el dibujo. El desfase es ostensible ¿Y entonces?

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La noción del trabajo como sinónimo de esfuerzo, progreso personal y material se halla fuertemente arraigada en las sociedades.

Foto: Archivo/El Litoral

 

“Por un lado, la modernización posindustrial se traduce en la multiplicación de puestos altamente calificados para el personal profesional y técnico con formación universitaria y, por el otro, en la descalificación y la eliminación lisa y llana de millones de empleos para los trabajadores sin preparación”.

L. Wacquant (2001)

 
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Más que un costado apocalíptico, el principio de la “sociedad del riesgo” viene a señalar la demolición de las certidumbres con las que el hombre del siglo XX contaba...

“Que me nombren un solo valor de la modernidad y me comprometo a probar que presupone lo que calla: participación en el trabajo pagado”.

U. Beck (2003).



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