A propósito de las relaciones entre arte y ciencia

Poe en la multitud

Estanislao Giménez Corte

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“El profeta busca la soledad... va al desierto a pensar ¿en qué? en las multitudes”. Víctor Hugo

La literatura de Poe y la de otros grandes autores puede verse como precursora de una serie de nociones, hallazgos, conceptos, observaciones, tratados posteriormente por las ciencias sociales, especialmente los vinculados a los profundos cambios operados en la sociedad europea en el siglo XIX. Es el caso de “El hombre de la multitud”.

I

Una observación de un segundo, de dos, de tres, de quince, alumbrará décadas de teoría. Un arrebato, un alumbramiento, una capacidad extraña e imposible de aprender, esa mirada que descubre, derivará en torres de papel y tinta, y modificará los estudios sociales y la literatura de los próximos años.

Un hombre, de nombre Poe, digamos que en la tercera década del siglo diecinueve, camina por la calle. Aparece entonces un argumento, producto de su observación. Poe “ve” algo, algo que quizás muchos vieron o percibieron, pero luego lo plasma en el papel y lo publica. “El hombre de la multitud”, breve relato del autor norteamericano, aparece por primera vez en 1840. Es un cuento extraño, en donde pareciera no ocurrir nada: un hombre observa una multitud; un hombre describe largamente a los sujetos de esa aglomeración; un hombre se fija especialmente en un anciano; ese hombre persigue al anciano durante un día y una noche. Eso es todo... ¿eso es todo? El comienzo y el final del cuento son poco menos que enigmáticos: apenas entendemos a Poe, o no lo entendemos y podemos interpretar cualquier cosa. Se hace referencia al viejo como “genio del crimen profundo”, pero no mucho más. Con todo, pareciera ser eso lo menos importante. Aquí, algún especialista en Letras podría refutarnos.

En el resto del relato, el hallazgo es más ostensible. El hallazgo de Poe no está en haber concebido un argumento extraordinario, sino en plasmar esa observación: la de la multitud urbana que aparece, quizás por primera vez, en la Londres de ese tiempo. Así, adelantándose al Baudelaire de las “Estampas Parisienses” y al Whitman de “Canto a mí mismo” (uno que observa la modernidad de París con terror, o con asco; otro que celebra la democracia norteamericana), Poe es el primero, pareciera, que ve en esa Londres, la ciudad más poblada del mundo en su época, a ese amuchamiento como novedad; a esa acumulación de gente como fenómeno; a esa muchedumbre urbana que pese a estar inserta en ese río, está asimismo aislada. Y eso es lo inédito, un fenómeno que irrumpe en esos años y le estalla en la cara a quien quisiera verlo: masas urbanas concentradas en las ciudades o en los márgenes de las ciudades que -sin embargo- aparecen como extraviadas, ausentes, incomunicadas. “...como si se sintiesen solos a causa del amontonamiento de gentes a su alrededor”, escribe el autor en el cuento mencionado.

Es impresionante, además, pensar que al hombre de la multitud no le pasa nada; sólo está ahí, en la multitud, anónimo, mínimo, casi inexistente. Va de un lado a otro, entra en todos los comercios y no compra nada. Pareciese, dice el narrador que lo sigue, que quisiera extraviarse o que, como no tiene dónde ir, su lugar de pertenencia es esa multitud harapienta, sucia y bulliciosa, que no puede dejar de moverse. Y ese movimiento incesante y horrible- es lo que Poe ve.

Después de ello, numerosos cientistas sociales y escritores verán el análisis de esa masa urbana como el producto de su fascinación, y conceptos como masa, muchedumbre, multitud, poblarán la sociología y los estudios culturales.

II

Todavía sorprende, y sigue pareciendo a la vez alucinante y extraño, que parte importante de los académicos de todas las épocas, pero quizás más aún desde el siglo XVIII en adelante, hayan sustentado parte de sus estudios, o que estos hayan nacido o se hayan originado, en percepciones de artistas. El artista ve y el científico trata de entender. ¿Siempre ha sido así? Freud, por caso, citaba asiduamente a los grandes poetas y novelistas de todos los tiempos. Juan José Saer, en su ensayo “Freud o la glorificación del poeta”, lo explica claramente: “...la literatura, al trabajar en la dimensión de los afectos y de las emociones, no ha hecho más que adelantarse, según Freud, al psicoanálisis: toda la imaginería conceptual de la ciencia naciente está implícita en la obra de los grandes poetas”. Un estudio más detenido seguramente encontraría cientos de casos.

Milan Kundera, en “El arte de la novela”, lo expone a su modo: “...todos los grandes temas existenciales... que han sido dejados de lado por toda la filosofía europea... fueron revelados, expuestos, iluminados por cuatro siglos de novela” (se refiere a la novela moderna).

Después de los Poe, Baudelaire, Whitman, Rimbaud, y paralelamente a la sociología clásica del siglo XIX (Comte, Gabriel Tarde y Le Bon), la alienación, la soledad del hombre de la urbe, la “muchedumbre solitaria”, representadas retórica y literariamente por los autores aludidos, comienzan a ser temáticas comunes, y de enorme resonancia e influencia, en la producción literaria y científica.

La observación del poeta, de Poe en este caso, funciona como el antecedente de una enorme tradición aún vigente, que ve en el arte, además de la pretensión de la belleza o la conmoción, más allá de sus ínfulas o de su anhelo de empatía y descripción, a verdaderos y profundos observadores de la condición humana que, en la elaboración de su obra, muchas veces vieron -antes y mejor que la ciencia-, los fenómenos que luego ella tomaría como objeto.

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Edgar Allan Poe, en un dibujo del artista argentino Luis Scafati. Foto: EFE