Llegan cartas

Existo, luego pienso

Rubén Elbio Battión

Una gota es un diamante líquido. Dos gotas, las lunas transparentes de los aros. Tres gotas, los vértigos de un triángulo anhelado: amor, salud y bienestar. Cuatro gotas, los calcos esféricos de los puntos cardinales. Muchas gotas, el hilo de una vertiente resbalando hacia el río. El río es caudal activo de la fertilidad; la sed y el empuje de la tierra herida. El mar, la oleada piel de un corazón expandido y en tránsito. El océano, la infinitud misteriosa del agua que alimenta a hombres, viajes y tristezas. El hondo y ancho más allá de los ojos y del alma, donde las estrellas balancean los niveles de un escenario lejano y repetido. Más allá, el ocio del misterio, impronta de los sueños, fronda de arcanas aventuras. Pareciera que somos esclavos, fruto de un desmesurado determinismo: nacemos un día determinado, con un cuerpo determinado, con una mente determinada y morimos en una tarde determinada. Vivimos bajo altares determinados: el planeta, la galaxia, el idioma, la familia, la sociedad, la moda, los gustos, la educación pública; sujetos al día y a la noche; a bebidas y comidas determinadas. Concluyeron las posibilidades de tener alas: los omóplatos son planos, recogidos, inmóviles, chatos... Conclusión: la lejanía de la angelicalidad humana. No obstante y pese a todo, somos libres.

Canción de verano

Publio Benuzzi

Un pensador poético

Era aquel verano, de nuestros encuentros sentados en un banco de un viejo parque, allá a lo lejano y allí me miraste con ojos temblorosos, con ojos de amor, en ese instante me dijiste: Tú eres mi gran pasión, la que nunca supe de eso.

¡Qué feliz soy!

Y fueron palabras sinceras, pero igual las llevó el viento... Canción de verano, con pájaros en derredor. Las palomas juntaban su trigo en el pasto y la plaza era hermosa, en cada cantero una flor, en cada cantero una rosa...

Fue un bello verano, lleno de ternura lo que entregaban nuestros corazones... las miradas, sanas, puras y vivíamos de ese amor toda su hermosura, canción que se llevó un atardecer del día fatal de tu partida sola a mi lado, un silencioso anochecer, escuchando tu voz imaginaria:

¡Mi querido!

¡Y de mis ojos caían lágrimas que se volatizaron en el aire!