Edición del Sábado 05 de febrero de 2011

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“Qué me importa tu pasado” - Edición Impresa - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Preludio de tango


“Qué me importa tu pasado”

“Qué me importa tu pasado”

Manuel Adet

Es un tango escrito por Roberto Giménez. La música le pertenece a Manuel Sucher. Hay una grabación de Enrique Francini con la voz de Oscar Gallardo, una verdadera pieza de colección. Personalmente creo haber escuchado este tango por primera vez cuando era niño interpretado por la orquesta de Juan D’Arienzo y la voz de Mario Bustos. De todos modos, la consagración de este tango es un mérito que le pertenece a Julio Sosa y a la orquesta de Francini-Pontier.

La letra del poema es un testimonio de que los tangos no son necesariamente machistas. Si bien el tango hizo méritos suficientes para ser acusado de machista, hay letras que demuestran que a la hora de juzgar los eticamientos no son los recursos más aconsejables para entender un género tan rico y diverso como el tango.

“Qué me importa tu pasado”, como “La última” “No me hablen de ella”, “Infamia”, “Mi piba”, “Mala suerte”, por citar algunos ejemplos, confirma que el protagonista del tango tiene hacia la mujer una mirada diferente, una mirada que no es la clásica del macho resentido o guapo que le reprocha a la mujer sus traiciones o la considera un ser primario e inferior.

No vamos a ubicarlo al tango en un lugar que no le corresponde o suponer que fue un abanderado del feminismo. Nada de eso . Existen reconocidas alrededor de quince mil letras de tango y allí hay de todo: bueno y malo, sensiblero y sobrio, sublime y banal. En esa diversidad es posible hallar letras genuinas, poemas que han sido y son muy populares y que rompen con la tradición del tango machista.

Ubiquemos las cosas en su lugar. Las letras de tango a las que me refiero no son un anticipo de la liberación femenina, ni la traducción criolla de algún texto de Simone de Beauvoir. Los personajes respetan a la mujer, son capaces de jugarse por ella, pero mantiene la imagen clásica del varón. Realidad o no, el hombre del tango es un duro, alguien que no se aparta de ese lugar ni siquiera cuando derrama algunas lágrimas conmovido por un dolor o una emoción.

El “hombre duro” del tango no es Rambo, no es una masa de músculos y violencia. Su dureza es un estilo, una manera viril y sobria de vivir las emociones. El duro lo es no porque no sea capaz de sentir emociones, sino lo es a pesar de ellas. Después de todo fue Discépolo el que sostuvo que el tango es un sentimiento triste que se baila. O, como dijera Gabetta: “El personaje del tango es dueño de una rara virtud: ser capaz de querer y no ocultarlo”

En “Qué me importa tu pasado”, el poema se relata en primera persona. El hombre es capaz de decirle a la mujer que su pasado, su pasado erótico, no le importa. Esa declaración es una ruptura radical con la tradición machista del hombre que aspira a la virgen o que no le acepta haber estado en brazos de otros hombres. Tengamos en cuenta que estas letras ha sido escritas hace medio siglo o más, cuando la concepción de la pareja y el lugar asignado al hombre y a la mujer eran bastante diferentes a los actuales.

En “Qué me importa tu pasado”, quien parece ser vulnerable a los prejuicios del género es la mujer. Ella es la que está triste, la que se reprocha su pasado, la que baja la frente: “Cuando en mis brazos te refugiás”. Y sin embargo, a esos miedos, a esas culpas, él responde con la frase que titula el tango “Qué me importa tu pasado” . En la interpretación de Sosa, el momento del recitado es extraordinario: “No tengas miedo, soy de una pieza/ no me interesa lo que dirán/ Qué nos importan las cosas viejas/ las viejas cosas que ya no están”.

Oscar Wilde dijo alguna vez que “los hombres interesantes son los que tienen un futuro, mientras que las mujeres interesantes son las que tienen un pasado”. Esa frase dicha en la almidonada sociedad victoriana era escandalosa, sobre todo porque insinuaba que el pasado de una mujer, es decir, sus aventuras amorosas, era lo que importaba. En el mundo del tango ese pasado se confunde con el pecado, el deshonor, porque la identificación de virtud con virginidad es el paradigma moral que alienta todos esos prejuicios.

Los protagonistas de estos tangos no están libres de ellos. Y allí reside su significado poético y moral: que sin estar liberados de ellos en nombre del amor o de la vida deciden superarlo. Hay un tango escrito por Jorge Moreira que se llama “No me hablen de ella”. La versión de Héctor Varela con Rodofo Lezica es la más clásica , pero también merecen recordarse las interpretaciones de Carlos Di Sarli con Jorge Durán y Osvaldo Pugliese con Jorge Maciel.

También aquí el hombre asume el pasado de la mujer y lo defiende ante la propia mujer y ante la sociedad y, muy en particular, la sociedad de los hombres. “Que importa si viene de un triste pasado/ yo también regreso de un mundo de horror” Y en otro tramo dice : “No puedo juzgarla porque yo he rodado/ y sé lo que cuesta con honra vivir/”. Para concluir con esta hermosa declaración: “Mañana es la vida, ayer ya pasó”.

Ese pasado también está presente en el tango “La última”, de Julio Camilloni y Antonio Blanco. Este tango fue grabado por Luis Cardei, pero en 1957 lo llevaron al disco Aníbal Troilo y Angel Cárdenas. Camilloni es el autor, además, de “Hasta el último tren”, un tango que se encuadra muy bien en el género no machista. “Hasta el último tren” ganó un concurso de tango organizado por la Municipalidad de Buenos Aires en 1969 y fue interpretado entonces por Jorge Sobral, acompañado por la orquesta de Juan José Paz. A título de información, no está demás recordar que el segundo premio en ese concurso lo obtuvo “Balada para un loco”, interpretada por Amelita Baltar.

En “La última”, otro vez el pasado vuelve a estar presente. “No me importa tu pasado/ ni soy quien para juzgarte/ ya que anduve a los sopapos con la vida yo también/ Además hay un motivo para quererte y cuidarte/ se adivina con mirarte que no te han querido bien/”. El pasado de la mujer en el tango y el pasado que el hombre “perdona” no es cualquier pasado. Es un pasado de hombres y mujeres que han sufrido, es un pasado de perdedores, tal vez de derrotados. Y es precisamente esa condición la que otorga generosidad, sabiduría.

“Infamia” debe ser uno de los mejores tangos de Discépolo, una letra que Genet hubiera firmado con gusto. En la segunda estrofa dice: “A mi qué me importaba tu pasado/ si tu alma entraba pura al porvenir/ dichoso abrí los brazos a tu afán y con mi amor/ salimos de payasos a vivir/”. El desenlace de este tango es trágico al mejor estilo de Discépolo, pero aquí también está el pasado que no logra ser superado, porque la que no perdona es la sociedad.

Hay un tango que hace muy bien Alberto Castillo. Se llama “Mi piba”. La letra es de Manuel Romero, el autor de “Aquel tapado de armiño”, “Patotero sentimental” o “Las vueltas de la vida”. En este caso, no es el pasado lo que está en juego sino la ruptura del hombre con sus amigos en nombre del amor. El tango se inicia explicando que los amigos están enojados con él porque no va más al bar ni sale de farra con ellos. Luego explica que lo hace porque está de novio y, además, se toma la licencia de confesar en qué consiste su felicidad, su nueva felicidad: “Qué lindas son las noches que paso junto a ella/ mirando las estrellas que no miré jamás/ que lindo es a su lado pasearnos junto al río/ y en medio del gentío querernos más y más/ Dirán que estoy chiflado / qué importa todo eso/ cuando ella me da un beso/ qué importa lo demás/”

Menciono, por último, ese tangazo escrito por Gorrindo y musicalizado por Lomuto en 1939, que se llama “Mala suerte” y que Julio Sosa lo canta mejor que nadie. La mujer lo deja al hombre por calavera, porque no puede dejar de estar con los amigos, porque en definitiva no se porta como el personaje de “ Mi piba”. Sin embargo, hay grandeza en esa despedida. El verso que dice “Y tranqueando despacito me fui al bar que está en la esquina/ para ahogar con cuatro tragos lo que pudo ser mi amor“ , es una escena que muy bien la podría haber interpretado Bogart o Mitchum.

Pero lo que más importa son los versos siguientes, cuando él se dice a sí mismo y, de alguna manera, a ella: “He tenido mala suerte, pero hablando francamente/ yo te estoy agradecido/ has sido novia y mujer/ si la vida ha de apurarme con rigores algún día/ ya podés estar segura que de vos me acordaré”. No me resulta fácil hablar de lo que puede pasar con las mujeres en estos casos, pero me animaría a decir que cualquier mujer desearía que el hombre que alguna vez quiso la recuerde con esas palabras.

 


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