Un santafesino en Madrid

La ciudad del sol, el color y la alegría

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Caminar por las calles de Madrid justifica el viaje a Europa. Ningún otro lugar tiene el jolgorio de luz y de colores que posee esta ciudad. Ni de día ni de noche. Foto: Archivo El Litoral

Rogelio Alaniz

Madrid, la ciudad de Lope de Vega y Quevedo, de Cervantes y Tirso de Molina, de Calderón de la Barca y Ramón del Valle Inclán, de Mariano José de Larra y Benito Pérez Galdós, de Ramón Gómez de la Serna y Pío Baroja, de Pedro Salinas y Ramiro de Maetzu. Madrid con su historia, con sus ruidosas derrotas y sus modestas grandezas, con sus fracasos y sus victorias. Alabada ciudad castellana, a veces heroica, a veces altanera, siempre digna.

Siempre se lo digo a mis amigos. No llegué a Europa en general, a ningún continente se puede llegar en general, llegué a una ciudad concreta, llegué a Madrid. Lo hice de madrugada hace más de quince años y me alojé en una vieja pensión muy cerca de la Gran Vía. Confieso que lo hice con reparos, con desconfianza. Madrid era para mí el franquismo, la Inquisición, la dictadura clerical, la mediocridad literaria. Un día alcanzó para derrumbar todos mis prejuicios. Desde ese momento y hasta la fecha cada vez que viajo a Europa no dejo de pasar por Madrid. Dos o tres días, a veces cuatro, nunca más.

Mi mujer también descubrió Europa a través de Madrid y no tiene reparos en decir que es la única ciudad de Europa en la que se imagina viviendo. Lo dice, mientras deja que sus ojos capturen el último resplandor de luz que se extingue más allá de la Puerta de Alcalá.

Madrid es una ciudad que se puede caminar hacia los cuatro costados: desde el paseo de los Recoletos hasta la Plaza España o desde la Plaza Mayor hasta el barrio de Argüelles, el mismo en el que alguna vez vivieran Pablo Neruda, Federico García Lorca y Raúl González Tuñón. O desde calle Monteras, donde, infatigables, las putas trabajan de mañana y de noche, hasta la Puerta del Sol.

Caminar por las calles de Madrid justifica el viaje. En ninguna otra parte disfruté de ese jolgorio de luz y colores. De día y de noche. En Malasaña, en Chuecas, en Santa Ana salir de noche es una aventura para los ojos, los oídos y el olfato. En ninguna ciudad he visto que la gente se divierta tanto. Los madrileños conversan, conversan con la boca, con los ojos, con las manos. No es para ellos la flema británica ni la melancolía parisina, sino la alegría, la expansión, el bullicio. Salir de “tapas” en Madrid es posible gracias a esa bullanguera sociabilidad de los madrileños. Haga frío o calor, los madrileños no se privan de salir a la calle, a la movida. En una tasca donde no caben más de cinco o seis mesas se aglomeran treinta, cuarenta personas, algunos en la barra, otros en los pasillos, si hace calor en la vereda. Se toman tragos acompañados con chipirones a la plancha, jambas al ajillo, setas de jamón, pinchos morunos, mollejas de cordero, tortillas españolas. Y después se conversa. Mucho. Nadie se queda en un lugar toda la noche. Siempre hay otro bar donde ir, a compartir una caña, un vino, una sidra muy bien tirada.

Son inagotables. No dejan de conversar ni de beber. Y siempre con buena onda. Cada español cuando habla parece un actor recitando una obra y el texto de esa obra es su vida. El tono de la voz, el empleo de la primera persona, la capacidad para hacer del episodio más trivial un relato, es una condición, un don que parece ser un patrimonio distintivo.

Con toda modestia digo que algo sé de andar de noche y dejar que las horas transcurran en los bares, o en lugares menos respetables, hasta la madrugada. No lo digo con vanidad, pero tampoco con vergüenza, aunque si tuviera la oportunidad algunas escenas del pasado las borraría de mi prontuario. Lo que digo es que en la Argentina, -por lo menos para mí- el bar no es el lugar de la sociabilidad, sino de la soledad o la contemplación. La noche no está hecha para divertirse, sino para buscar algo que uno nunca termina de saber qué es. Las multitudes en un local nocturno siempre me han fastidiado. Prefiero la reunión intimista, la conversación con uno o dos hombres o con una o dos mujeres y nada más. Después están los excesos. En estas obsesiones no estoy sólo. Se dice que Roberto Arlt, Juan Carlos Onetti y Enrique Santos Discépolo pensaban más o menos lo mismo.

Pues bien, en Madrid he aprendido que se puede disfrutar en medio de la multitud, que se puede compartir una barra, hablar con el vecino, con el mozo, con cualquiera, mientras se paladea un buen orujo o un trago de vino. Esa calidez, esa improvisada solidaridad, esa jarana apacible, no la he visto en otros lugares.

Admito que se puede discutir la calidad de la literatura madrileña o española. Borges, por ejemplo, decía que era deplorable y no vaciló en calificar a García Lorca de andaluz profesional. Algo parecido sostenía Macedonio Fernández. Y la última vez que hablé con Juan José Saer, no dudó en asegurarme que por lo menos desde hace cinco siglos, España no da un escritor que merezca ese nombre. Puede ser. A mi se me ocurre que Baroja es un excelente escritor y que algunos estudios nacionales de Benito Pérez Galdós no tienen nada que envidiarle a Balzac. En tiempos contemporáneos Antonio Muñoz Molina me parece un escritor interesante. Y si las greguerías de Ramón Gómez de la Serna no son buena literatura yo renuncio a saber qué es la literatura. Pero admito que todo merece discutirse, salvo el hecho de que en Madrid oír hablar a un español es como escuchar música.

Para los europeos no hay ninguna duda que España es el país del buen sol y el buen vino. No hay otro sol y otros vinos como los de España. En ninguna otra parte hay tanta luz en el aire y el cielo es tan azul y la lluvia tan festiva. Las mejores canciones de Joaquín Sabina están inspiradas en Madrid. El podrá viajar por el mundo, disfrutarlo y gozarlo, pero como muy bien lo dice en uno de sus poemas más memorables, siempre se baja en Atocha, siempre se queda en Madrid, el Madrid de la movida, del destape, el Madrid donde siempre está presente la tentación de ir los domingos a la feria del Rastros con la esperanza de encontrar en un puesto aquella mujer que fabricaba muñequitos de pan y soldaditos de lata.

Ernest Hemingway amaba a España y pasaba largas temporadas en Madrid. Dos de sus grandes novelas están inspiradas en este país y algunos de sus grandes cuentos se desarrollan en Madrid. “Papá” venía a España para disfrutar de las corridas de toros y de los célebres “Sanfermines”. Uno de sus lugares preferidos fue Madrid, la ciudad donde colaboró con la resistencia republicana como corresponsal de la guerra disputándose con André Malraux la gloria y la inmortalidad.

En un comedor ubicado a pocos metros de la Puerta del Sol que se llama “La taurina” hay fotos de las grandes corridas de todos los tiempos. Allí está Manolete, Ordóñez, el Paquirri, Manuel Benítez, Dominguín. No falta nadie. En una columna hay tres inmensas fotos. La primera es la de Orson Welles, que también amaba a España y aquí está enterrado. El “Ciudadano Kane” está en la Plaza de las Ventas con todos sus kilos y sus barbas posando en la tribuna un rato antes de que se inicie la corrida. La otra foto es la de Hemingway parado con dos o tres amigos. Y hay una tercera, para mi insólita, pero no por ello menos verdadera, donde se lo ve al Che Guevara -más parecido que nunca a Cantinflas- vestido con su traje de miliciano en una de las plateas de la Plaza de las Ventas.

La temporada de toros se inicia con novilladas la semana que viene, pero para no herir susceptibilidades no hablaré de ellas y, mucho menos, de mi asistencia a esos lugares. Por lo pronto, durante estos días seguiremos caminando por la gran Vía, desayunando en un delicioso barcito pegado a la Plaza Mayor y almorzando en una tasca donde se puede comerle el mejor pulpo a la gallega y las más sabrosas navajas a la plancha del mundo. Seguramente algún momento haremos nuestra habitual visita al Museo del Prado y al Reina Sofía y el día que el sol esté más brillante y su luz sea más espléndida iremos a caminar por el Retiro, porque no sólo Fito Páez tiene derecho a hacerlo. Después pasearemos por el elegante barrio de Salamanca y casi a la caída de la tarde tomaremos un aperitivo en el bar “La Pecera” del Círculo de Bellas Artes, el mismo lugar donde alguna vez -no hace mucho- conocí a Daniel Cohn Bendit hablando de los peligros políticos que se ciernen para Europa. A la noche, una ducha y otra vez a la calle porque Madrid no descansa. Un trago en la taberna que está a la vuelta del hotel, una obra de teatro, alguna función de cine privada o simplemente salir a caminar para conocer los lugares que inspiraron las novelas de Pérez Galdós, los cuentos de Baroja o los poemas de Quevedo. Siempre en Madrid habrá algo para hacer, siempre en Madrid será imposible aburrirse. No lo digo yo, lo decía Hemingway en situaciones más dramáticas. “No moriré en España, España es un lugar para vivir, no para morir”. Una vez más “Papá” sabía de lo que estaba hablando.