Frank Lloyd Wright y los terremotos en Japón

La construcción que bailó como un juguete y quedó intacta

La construcción que bailó como un juguete y quedó intacta

El arquitecto llegó a la conclusión de que la seguridad contra los terremotos residía en la elasticidad, ligereza y flexibilidad de las fundaciones y la estructura superior.

Foto: GENTILEZA PRODUCCIÓN

Arq. Adriana Isabel Pritz

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Resulta muy difícil abstraernos en estos días y realizar nuestras actividades cotidianas cuando los medios de comunicación nos informan hasta el cansancio de las devastadoras noticias que están padeciendo nuestros hermanos japoneses. Nuestro estupor no cesa cuando vemos trágicas imágenes de las explosiones de los reactores nucleares y los posibles daños que sobrevendrán a corto y mediano plazo. Mientras desde América evaluamos las consecuencias que ello podría ocasionarnos, los desdichados japoneses están viviendo la terrible circunstancia de supervivir en medio de lo que muchas voces han caratulado como la peor desgracia desde la 2da. Guerra Mundial del siglo pasado.

Ante la inmovilidad e impotencia que nos paraliza, volvemos a releer los libros que estudiábamos en nuestra época de universitarios, aquellos que relataban cómo el arquitecto usoniano (1) Frank Lloyd Wright había diseñado un edificio a prueba de terremotos en Japón entre 1916 y 1922, el mítico Hotel Imperial de Tokio, que logró salir indemne del terremoto de 1923 pero no pudo sobrevivir a los bombardeos norteamericanos de la 2da. Guerra Mundial.

Aylessa Forsee, en su obra Frank Lloyd Wright, Rebel in Concret (1959), relataba que Wright, hacia fines de 1915 había recibido en su estudio de Taliesin, la visita de una delegación japonesa que había estado buscando por el mundo un arquitecto para construir un nuevo Hotel Imperial capaz de resistir a los terremotos.

Muy entusiasmado con la magnitud del desafío partió con su hijo John hacia la Tierra del Sol naciente donde fue recibido por el barón Okura, representante de la Casa Imperial. Tan pronto como inspeccionó la ubicación de la obra se dio cuenta de que los bocetos preliminares que había realizado en su Estudio no eran apropiados en ese entorno. Wright se dijo que las tradiciones japonesas merecían respeto. El edificio debía adaptarse a la cultura y el ambiente que lo rodeaban, es decir a la cercanía del Palacio Imperial y su altura no debía sobrepasarlo.

EN BUSCA DE LA SEGURIDAD

El hotel debía ser japonés pero también lo suficiente moderno para proveer comodidades a huéspedes extranjeros. Otro problema que debía atender es que en Japón el acero se oxidaba con grandísima rapidez por la humedad, además de la constante amenaza sísmica. Estudiando el comportamiento de los terremotos, se dio cuenta de que el enorme peso del océano Pacífico que golpea contra la superficie de las islas, abre fisuras que permiten que el agua se precipite por ellas hacia los fuegos subterráneos. El gas y el vapor que se originan se expande o explota interiormente. Al desintegrarse las rocas del subsuelo, las vibraciones u ondas convulsivas se distribuyen por toda la tierra de ese centro de perturbación.

Como resultado de los choques sísmicos del pasado, Wright sabía que los cimientos se habían estremecido y las estructuras semirrígidas se habían debilitado, agrietado o roto. Los revestimientos de concreto habían sido arrancados, exponiendo las vigas de acero a las llamas que siempre acompañan a los terremotos. Bajo el intenso calor, el acero se dobla en las junturas remachadas y por esa razón los edificios de acero se convertían a menudo en trampas mortales.

De sus investigaciones, había llegado a la conclusión de que la seguridad contra los terremotos residía en la elasticidad, ligereza y flexibilidad que tuvieran las fundaciones y la estructura superior. Estudiando el lote en que debía construir el Hotel, descubrió que debajo de una capa de terreno blando como queso se llegaba al lodo. La superficie no resistiría ninguna carga y, ¿qué podía hacer un arquitecto con un mar de barro?

Se le ocurrió que quizás, por medio de pilares de cemento, fuera posible hacer flotar al hotel sobre barro, en la misma forma en que un barco flota en el agua. En vez de oponerse al terremoto, el edificio se movería con él; el requisito indispensable debía ser por lo tanto una fundación flexible. Hizo cavar pozos en el suelo en los que vertió concreto. Más tarde ensayó el procedimiento de enterrar estacas aguzadas e inmediatamente después de retiradas llenar la cavidad de concreto. Por encima de estos pilares, hizo construir plataformas de cemento, sobre las cuales puso bolsas de arena para ver cuánto peso podría soportar cada columna, cuánto se hundía con la carga y luego calcular el diámetro y el largo de los pilares que se necesitaban.

El experimento duró casi un año, pero Wright había dado con la solución altamente original a un espinoso problema arquitectónico.

EN TODOS LOS DETALLES

Su plan fue dividir el edificio en secciones de dieciocho metros aproximadamente cada una, lo que era el límite de seguridad para evitar agrietamientos en el cemento armado, por efectos de la temperatura.

Las secciones se unirían entre sí. Para asegurar la estabilidad, los pisos descansarían sobre vigas volantes (tirantes fijados por un extremo a un soporte rígido) colocadas sobre plataformas que coloraban los pilares. En esa forma, el piso podía ser estabilizado como la bandeja que lleva un camarero con el brazo estirado. Esto le permitiría equilibrar peso con peso y dar flexibilidad a la estructura.

Los obreros japoneses, incansables, diestros pacientes e ingeniosos ayudaron a Wright a dar forma a su proyecto.

Decidió descartar los techos de tejas por el peligro de los terremotos, utilizando en cambio planchas de cobre. Para las paredes quería algún material liviano.

La oya, una piedra de lava de color verdusco con manchas como de leopardo, parecida al travertino podía ser lo adecuado. Su abundancia la hacía económica y combinada con ladrillos hechos a mano sería muy efectiva.

Las paredes del hotel eran dobles, la exterior construida de oya y ladrillos era ancha y gruesa en la base y se afinaba en la cima. Para las interiores usó ladrillos huecos y acanalados que rellenó con cemento reforzado con varillas de acero para mantener unidos.

La construcción debió sobrellevar los inconvenientes propios de una obra, viajes frecuentes del arquitecto a EE.UU., así como problemas económicos y presupuestarios. Cuando se completaron los pisos, se instaló el maderamen y los implementos de cobre. También realizó el diseño de los muebles del lugar.

SACUDÓN

Un mediodía en abril de 1922 se hallaba en la obra del Hotel cuando oyó un estampido parecido al de una bomba, acompañado de un rumor extraterreno que lo derribó a él y sus ayudantes al suelo. Se trataba de un temblor y pudo ver la “onda terrestre” pasar a través de su edificio. Afuera era un pandemonium. Temeroso de lo que vería, inspeccionó el Hotel y los instrumentos de precisión colocados sobre los cimientos mostraron que no había desviación, aunque éste había sido el peor terremoto que Tokio había sufrido en los últimos 50 años. Su obra había sido puesta a prueba y había salido airosa.

Al acercarse la hora de partir de regreso a USA se sintió satisfecho, había construido un edificio antisísmico que perduraría como un monumento para futuras generaciones. La Casa Imperial estaba encantada, el hotel era una construcción aplanada de tres pisos compuesta de parapetos y estructuras que lo hacían equivalente a siete pisos. Los detalles y la elegancia hacían que se pareciera a un amplio palacio.

Ladrillos delgados, huecos y casi dorados, unidos al cobre color turquesa y a la oya amarillo-verdusca formaban una armonía esplendorosa. Dos alas daban cabida a las habitaciones de los huéspedes, la sala y el teatro tenían capacidad para mil personas. Jardines con puentecillos sobre estanques flanqueaban el ingreso y tenía además un comedor privado, un bazar y una pileta de natación. La decoración interior era fastuosa.

Faltando completar una de las alas debió regresar a su país donde otras ocupaciones lo reclamaban. Ya instalado en un estudio en Los Angeles se dedicó a proyectar varios pedidos que tenía en carpeta.

EL EJEMPLO

Una noche, en septiembre de 1923, llegó la noticia de que un terremoto, el peor en intensidad y duración de la historia de Japón, había virtualmente borrado a Tokio y Yokohama del mapa. Recordando su primera prueba, Wright estaba seguro de que el Hotel se había salvado, pero ¿qué había sido del barón Okura y de todos sus amigos, los obreros, los ayudantes? Imposibilitado de dormir comenzó a pasearse nerviosamente. En los días subsiguientes, fue imposible establecer comunicación. Pero al llegar los horribles detalles de las 22.000 víctimas se preguntaba si algo habría sobrevivido. En momentos de duda, imaginaba a su edificio hundido en un abismo. Diez días después del suceso llegó un telegrama a su despacho en el Estudio de Olive Hill:

Hotel permanece intacto como monumento a su genio/ cientos de desposeídos auxiliados por servicios perfectamente mantenidos / felicitaciones. Barón Okura.

La noticia lo llenó de alegría. Cuando llegaron cartas, Wright se enteró con alivio que ni el barón ni sus otros amigos habían sufrido daño, pero sus propiedades estaban en escombros.

Julius Floto, el ingeniero que diseñó la estructura del Hotel escribió que el Imperial había bailado como un juguete pero no había sufrido dislocación. Figuras de piedra del jardín se habían hundido en el lodo, pero en el edificio propiamente dicho no se había roto ni un vidrio. La cañería y la calefacción estaban intactas. La estricta observancia de Wright de los principios de la construcción, la elasticidad bien dirigida, el centro de gravedad llevado lo más bajo posible y la eficiencia en el trabajo habían salvado muchas vidas. Al estallar los incendios, el hotel se había convertido en una isla de salvación. Huyendo por encima de cientos de muertos que yacían en las calles, las madres japonesas habían ido a refugiarse allí con sus hijos. Las cañerías maestras del agua corriente estaban rotas pero los empleados del hotel formaron cadenas de baldes para humedecer el maderamen con la idea de que no ardiera al acercarse el fuego al hotel. Louis Sullivan escribió en el Architectural Record que “el Hotel Imperial había sobrevivido porque había sido construido con el pensamiento”.

Bellísima lección de arquitectura la que nos relataba Aylessa Forsee, licenciada en Artes de la Universidad de Colorado, USA.

Conocedora como pocas del genio de Wright, decía que él nunca se consideró un maestro porque creía que el arte no puede enseñarse. Admitía sin embargo, que podía ser un ejemplo y la influencia que ejerció sobre sus colegas traspuso los límites de su país. Las palabras e ideas de este hombre extraordinario, lo mismo que una piedra arrojada en un plácido manantial, producirán olas que llegarán a la eternidad.

El genio de Wright vivirá para siempre.

(1) Usoniano, derivado de E.U., abreviación corriente de United States.

Fuentes:

1. Forsee, Aylessa,1959, Frank Lloyd Wright, “Rebel in Concrete”, Editorial Leru .Bs.As. Argentina.

2. Pfeiffer, Bruce Brooks, 2007, Frank Lloyd Wright, Taschen, GmbH, South Korea.

3. Russell-Hitchcock, Henry, 1942, Frank Lloyd Wright, “In the nature of materials”, Duell, Sloan and Pearce, New York, USA.

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Wright se dijo que las tradiciones japonesas merecían respeto. Foto: GENTILEZA PRODUCCIÓN


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Hotel Imperial, Tokio, 1915-1922, fotografía de época. Foto: GENTILEZA PRODUCCIÓN

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Logró salir indemne del terremoto de 1923 pero no pudo sobrevivir a los bombardeos norteamericanos de la 2da. Guerra Mundial.

Foto: GENTILEZA PRODUCCIÓN