Violencia en la pareja

Una mezcla explosiva: el amor que coexiste con la violencia. Un tipo de amor adictivo, dependiente, posesivo, basado en la inseguridad. Foto: Archivo El Litoral.
Violencia en la pareja

Una mezcla explosiva: el amor que coexiste con la violencia. Un tipo de amor adictivo, dependiente, posesivo, basado en la inseguridad. Foto: Archivo El Litoral.
Luis Guillermo Blanco
Señora o señorita: es posible que usted esté casada, conviva con un varón o esté de novia. Es lo común. Pero además es dable que su pareja masculina, fuera de su casa o del lugar donde ustedes permanezcan a solas, sea una persona socialmente agradable, simpática y correcta en su trabajo. Y dentro de una u otro, sea un déspota y/o un vándalo. Sí, claro, no lo parecía. Pero resultó que, en algún inesperado momento, usted comenzó a sufrir un abuso crónico.
En una primera fase, la agresión psicológica de su querido. Atentados contra su autoestima (ridiculizarla, ignorar o reírse de sus opiniones, corregirla en público, etc.), debilitando progresivamente sus defensas psicológicas y sintiéndose con miedo a hablar o de hacer algo (por temor a las críticas), deprimida y débil. En una segunda etapa, se sumó la violencia verbal. Él la denigró, insultó y ofendió (criticó su cuerpo, la ridiculizó ante otras personas, le prohibió salir con sus amigas, etc.), le gritó y le acusó de tener la culpa de todo y la amenazó, creando un clima de miedo constante y provocándole un desequilibrio emocional. Y en un tercer momento, él la empujó, zamarreó, pellizcó... Luego vino el sopapo, y después las trompadas y patadas, si no el empleo de objetos (vg., un cinturón) para lastimarla. Y en medio de toda esta agresión, le pidió mantener relaciones sexuales. O la forzó a efectuarlas.
Como usted puede advertir, la dinámica de este maltrato presenta una intensidad creciente: una verdadera escalada de violencia. Y como usted sabe, también tiene un carácter cíclico. Pues luego de la paliza, él le pidió disculpas y, mostrando arrepentimiento, le prometió que nunca más volvería a suceder. Y ustedes celebraron una dulce “luna de miel”. Pero al poco tiempo, volvieron a comenzar los episodios de acumulación de tensiones, y el ciclo se reinició.
Probablemente, usted intentó disimular u ocultar esta situación de abuso. Pero la tristeza de su rostro (acentuada por la falta de maquillaje, que tal vez él le haya prohibido usar), su retraimiento social, su forma de vestirse (ropa holgada que no le permite resaltar su figura, pues según él, usted no debe resultar “provocativa”; mangas largas para que no le vean los moretones), etc., son indicadores claros de la situación que usted padece. Que puede culminar en lesiones gravísimas o en su homicidio.
Seguramente usted experimente sentimientos de culpa y vergüenza por lo que ocurre, y tal vez se crea responsable: es usted la que lo hace enojar. También es posible que usted exaspere a su pareja y active su violencia. Pero no hay una “provocación” que justifique unos puñetazos, que la arrastren de los pelos o que la tiren por la escalera.
En fin, por diversos factores (estereotipos culturales según los cuales la mujer debe ser sumisa; su historia personal -vg., si su madre fue objeto de violencia-, etc.), usted, dominada, sometida y maltratada, se ha convertido en una típica víctima de violencia en la pareja. Pero usted lo ama, y él dice amarla. Lo que ocurre que el amor coexiste con la violencia. Pues de lo contrario no existiría el ciclo. Y generalmente, mal que le pese, es un tipo de amor adictivo, dependiente, posesivo, basado en la inseguridad.
Hay una variante. Es posible que la violencia, verbal o física, sea recíproca (también existen casos de varones maltratados por sus esposas o compañeras, pero son ínfimos). Para ello, es necesario que exista simetría en los ataques, y paridad de fuerzas psíquicas y físicas entre ustedes. Y así, su hábitat se convierte en una palestra de encarnizadas discusiones y/o en un ring de boxeo. Como fuera, siempre habrá un amoroso intervalo en la lid, y luego volverán a decirse cosas feas y/o a golpearse, pero más ferozmente. Pues aquí también la situación de abuso se produce en forma cíclica y con intensidad creciente.
Y a usted le cuesta o considera imposible salir de esa situación de violencia. Razones de índole emocional, social, económicas y otras parecen impedírselo. Pero usted no es la única. Esto ocurre en numerosísimas parejas, en todos los estratos sociales y en todos los niveles culturales. Y en todo el mundo. La cuestión es “darse cuenta” de lo intolerable de la situación, de que las “culpas” en nada ayudan, del riesgo que usted corre, y ponerle un punto final.
¿Y cómo se hace? Si él no accede a concurrir a psicoterapia de pareja (de la cual usted también requiere), separándose definitivamente de su verdugo. La ley de Protección contra la violencia Familiar le asiste (ley 11.529), y el Juez de Trámite del Tribunal Colegiado de Familia que le toque, entre otros remedios, podrá ordenar la exclusión del agresor de la vivienda común (si es que conviven) o que ustede retorne a ella (si es que tuvo que irse), prohibir que el abusador se le acerque a determinada distancia, adjudicar provisoriamente la tenencia de sus hijos (si los tienen) y fijar una cuota alimentaria y un régimen de visitas a los niños, también provisorios. Y aún proveer las medidas conducentes a fin de brindarle asistencia médica y psicológica gratuita especializada, a Ud. y al agresor. De usted depende. Salvo que prefiera que la masacren o enloquecer.