Edición del Sábado 09 de abril de 2011

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Francisco Canaro y la empresa tanguera - Edición Impresa - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Preludio de tango

Francisco Canaro y la empresa tanguera

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Manuel Adet

Se dice que para 1925 la orquesta de Francisco Canaro deslumbraba a los franceses en París. La cita nocturna era en el dancing “Florida”, ubicado entonces en la Rue Clichy al 20. Los integrantes de esta singular orquesta se distinguían por su indumentaria gauchesca, o, para ser más preciso, una suerte de uniforme andrajoso y ridículo que -según ellos- se parecía al que habían usado los gauchos en las lejanas pampas argentinas.

A Canaro la vestimenta de los gauchos le importaba tanto como la vida de los caracoles en Madagascar. Para su concepción del espectáculo, el uniforme de gaucho era una exigencia ridícula de los empresarios de la noche parisina y él se allanaba a eso y cambiaba el frac por el chiripá y el calzoncillo largo sin que se le moviera un pelo.

Sin embargo, ese mismo año en Buenos Aires, el guitarrista Juan Caldarella y el bandoneonista Alejandro Scarpíno compusieron el tango “Canaro en París”. Según declaraciones del propio Caldarella, el título del tango se le ocurrió después de leer una nota en el diario en la que se ponderaba el éxito de este director de orquesta en la Ciudad Luz.

Canaro para esa fecha no había cumplido los cuarenta años y ya era uno de los directores de orquesta más famosos en el Río de la Plata y Europa, fama que se extendía a Nueva York donde ya era conocido en los principales locales nocturnos de esta ciudad. Es muy probable que los argentinos hayan ignorado que los integrantes de la orquesta típica se vestían de gauchos e incluso con esa indumentaria estrafalaria, se paseaban por las calles del centro de la capital francesa haciendo publicidad para el “Florida” o el “Ambassedeurs”, los dos locales nocturnos que disputaban su presencia.

Cuando la noticia de la indumentaria gauchesca llegó a Buenos Aires, los críticos de Canaro -que ya para entonces eran legión- dijeron que a nadie debería llamarle la atención lo sucedido porque ya era una verdad sabida que Canaro, más que un músico era un empresario codicioso, más interesado en el espectáculo y la taquilla que en la calidad musical. Disfrazarse de gaucho en ese sentido era una concesión más, ni siquiera la más grave, de un hombre obsesionado por hacer fortuna con la música.

Por el contrario, sus defensores insistieron en el compromiso de Canaro con el tango, en su esfuerzo por divulgarlo y hacerlo accesible al gran público. ¿Disfrazados de gauchos o de indios? No tenía ninguna importancia porque lo que decidía era la calidad musical y -según ellos- esa asignatura Canaro hacía rato que la había aprobado con creces.

Como dijera un periodista: “No fue el mejor, pero fue el más famoso”. Su música está muy por debajo de las refinadas orquestas contemporáneas de Fresedo y De Caro. Es verdad que fue un empresario exitoso que en algún momento se dio el lujo de sostener tres orquestas simultáneas en una Buenos Aires muy exigente en materia de tango. Por supuesto que le gustaba el dinero y no lo disimulaba. Pero aún los adversarios más enconados le reconocían que tenía muy buen olfato para el espectáculo y para ofrecer al público lo que el público pedía.

Por otro lado, nadie podía negar que el hombre algo de tango sabía. Medio siglo dedicado a ello alguna enseñanza le había dejado. Será por eso tal vez que para referirse a algo antiguo o muy viejo, se había acuñado el refrán de “cuando Canaro ya tenía orquesta”.

Las críticas que se le hicieron a su estilo musical eran merecidas. Como dijera mi amigo, “más que tangos parecían marchas militares”. Tradicionalista y populachero, no tenía reparos en que su orquesta amenizara las veladas privadas de la clase alta e innovar musicalmente cuantas veces fuera necesario.

En el camino convocó a los grandes músicos de su tiempo. Sin ir más lejos, los integrantes de la orquesta de Canaro en París eran músicos de primer nivel. La línea de violines estaba formada por Francisco Canaro y Aguilao Ferrazzano; Carlos Marcucci y José Canaro eran los bandoneonistas; Fioravanti De Cicco tocaba el piano; Rafael Canaro el contrabajo, Romualdo Lomur la batería y Teresa Arpella la guitarra.

Algo parecido puede decirse de los integrantes de su primera orquesta típica. Allí estaba Pedro Polito y Osvaldo Fresedo en los bandoneones; Francisco y Rafael Canaro en los violines, José Martínez en el piano y Leopoldo Thompson en contrabajo.

A principios de la década del treinta estrenará en Buenos Aires el llamado “Tango sinfónico” inspirado en el jazz sinfónico de Paul Whitemann. Temas como “Pájaro azul” y “Halcón Negro” pertenecen a ese período. Para la misma época crea el “Cuarteto Pirincho”, ese apodo lo acompañó desde la niñez. El célebre cuarteto se dedicaba exclusivamente a las grabaciones.

No debe haber sido un mediocre un hombre que dirigió a lo largo de su carrera músicos de la talla de Carlos Marcucci, Ciriaco Ortiz, Elvino Vardaro, Roberto Firpo, Agustín Bardi, Eduardo Arolas, Anselmo Aieta y Mariano Mores.

Según los historiadores más de dos mil temas musicales son de su autoría. Se sospecha con cierto fundamento, que muchos de ellos fueron comprados a escritores pobres decididos a vender por un plato de comida o un vaso de vino, su mejor poema o composición. De todos modos, como dijera Bruno Crespi, “con que el cinco por ciento de su obra haya sido efectivamente suya, ya sería un grande”.

Es verdad que gracias al tango se hizo millonario y que alrededor de esa fortuna se acuñó la frase popular “Tiene más guita que Canaro”. Seguramente la pobreza de su familia, el haber conocido de cerca el rostro inclemente del hambre está relacionado con su obsesión por el dinero. No fue el primero y seguramente no será el último en cometer ese pecado.

Canaro -en realidad Canarozzo- nació en la localidad uruguaya de San José de Mayo el 16 de diciembre de 1888 y murió en Buenos Aires en diciembre de 1964. Al tango le dedicó más de cincuenta años de su vida y nunca disimuló que el dinero le interesaba y que por lo tanto no trabajaba gratis para nadie. El niño que supo ganarse la vida como canillita y lustrador de zapatos quería cobrarle a la vida, y al tango en particular, esa infancia desdichada.

No le fue fácil abrirse camino en el mundo del espectáculo. Sus biógrafos aseguran que antes del Centenario ya tocaba el violín acompañado de Samuel Castriota y Vicente Loduco en la mítica esquina de Suárez y Necochea, en su mítico bodegón, para ser más preciso. Para mediados de esa década aparece por primera vez su nombre al frente de una orquesta, en este caso acompañado por el músico José Martínez, pero para 1916 ya es el director exclusivo de su orquesta y nunca más dejará de serlo.

Canaro actúa en los boliches y las céntricas salas de Buenos Aires, es uno de los pioneros de las “revistas musicales” y su nombre figura en las marquesinas de teatros como “El nacional”, “Politeama”, “Buenos Aires”, “Sarmiento” y “Variedades”. Sus presentaciones en Europa y Estados Unidos son exitosas pero siempre se mantiene fiel a sus orígenes, es decir, al hábito de realizar largas giras por el interior del país.

Canaro fue uno de los primeros músicos en descubrir las posibilidades artísticas y comerciales de la radio. También es el que instala el cantor de orquesta concebido en sus inicios como estribillista. Por la orquesta de Canaro en los años treinta y cuarenta desfilaron los mejores, entre los que se incluye a Carlos Gardel, con quien mantuvo una estrecha amistad forjada en tiempos en que eran prácticamente dos desconocidos.

El otro campo donde volcó sus iniciativas empresarias fue el cine, el cine sonoro, al que él mismo corrigió luego diciendo “mi sonoro fracaso”. Las películas no sólo no estuvieron a la altura de sus expectativas económicas sino que por lo general, no realizaron ningún aporte al séptimo arte. Tal vez la más taquillera, aquélla en la que trabajó Luis Sandrini, titulada “El diablo andaba entre los choclos”, fue la más exitosa, pero como los derechos estaban vendidos Canaro apenas pudo recuperar el dinero invertido.

Con algo de mala fe sus críticos le admiten que el aporte más importante que hizo al tango fue la creación de Sadaic a mediados de la década del treinta. Como Canaro no daba puntada sin hilo, a nadie se le escapa que su preocupación en este caso, tenía que ver con legalizar los cobros por derechos de autor. Sin duda que ello lo benefició a él, pero por elevación benefició a miles de músicos y poetas que gracias a esa institución, pudieron lograr un reconocimiento económico a sus esfuerzos.

Quienes lo recuerdan con afecto, hablan de un hombre de personalidad fuerte, avasallante, desbordante de ideas y proyectos, despótico en el trato con sus empleados pero capaz de hacerse querer, sobre todo por las mujeres.

Es verdad que fue un empresario exitoso que en algún momento se dio el lujo de sostener tres orquestas simultáneas en una Buenos Aires muy exigente en materia de tango.


Canaro instala el cantor de orquesta concebido en sus inicios como estribillista y con él, en los años treinta y cuarenta cantaron los mejores, entre los que se incluye a Carlos Gardel.



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