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El proceso creativo según Emerson - Edición Impresa - Opinión Opinión

El proceso creativo según Emerson

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Ralph Waldo Emerson. Foto: Archivo El Litoral.

De la Redacción de El Litoral

Ralph Waldo Emerson (Estados Unidos, 18031882) fue una figura de primera línea en el campo intelectual de su tiempo, líder del Transcendentalismo y autor de obras esenciales durante el surgimiento y el afianzamiento de la democracia de su país. Su filosofía liberal hace hincapié en la defensa del individuo, y su literatura está ligada a la constelación de autores muy cercanos en el espacio y el tiempo, de la talla gigantesca de Thoreau, Whitman, Melville, Poe, Hawthorne y Emily Dickinson.

La lectura y la escritura fueron temas frecuentes en la preocupación de Emerson, como estudia Robert D. Richardson en su ensayo Primero leemos, después escribimos. El proceso creativo según Emerson.

En primer lugar, la teoría de Emerson parte de la certeza de que existe una lectura creativa, en consonancia con el “existencialismo” vitalista que proponían los trascendentalistas. El estudiante, decía “debe considerar su propia vida como texto, y los libros como comentarios”. Se impone aclarar que Emerson era un lector voraz. Parecía haberlo leído todo y era curioso de lo que se publicaba fuera de los Estados Unidos. Estudió el budismo, el hinduismo, el confucianismo, el zoroastrismo y el Islam. Leer era para él una necesidad física. “No importa por dónde empieces, si lees cinco horas por día muy pronto dispondrás de conocimiento”, sostenía. Sólo estando avisados de esta afición a la lectura debemos considerar sus opiniones en las que superficialmente podría interpretarse cierto menosprecio por esta actividad. Es que para Emerson (a diferencia de lo que gran parte de la teoría literaria del siglo XX sostendría) el punto clave del fenómeno literario estriba en el lector. “Los jóvenes dóciles crecen en las bibliotecas creyendo que su obligación es aceptar las opiniones expresadas por Cicerón, por Locke, por Bacon, olvidando que Cicerón, Locke y Bacon eran tan sólo jóvenes en bibliotecas cuando escribieron esos libros”. El lector es o debería ser siempre el escritor: “También nosotros debemos escribir Biblias”, llegó a sentenciar.

Para Emerson leer estaba íntimamente relacionado con escribir. “Pasó gran parte de su vida preparándose para escribir, tratando de escribir, incluso escribiendo. En cada admonición podemos escuchar su disposición a enfrentarse con sus propios fracasos; de hecho, siempre parece estar a unos centímetros de caer en el más absoluto desastre”, escribe Richardson. “El mejor consejo práctico sobre la escritura que Emerson dio en su vida -el mejor por haber salido directamente de su corazón, porque se centra en la actitud y no en la aptitud, y porque es tan emotivo como un grito de rebeldía- es éste: ‘La manera de escribir es lanzar el propio cuerpo contra el blanco cuando ya agotaste tus flechas’”.

En su ensayo “Naturaleza” Emerson sostiene: “El mundo es emblemático. Las partes del habla son metáforas, porque toda la naturaleza es una metáfora de la mente humana. Las leyes de la naturaleza moral responden a las de la materia como si estuvieran frente a frente en un cristal. El mundo visible y las relaciones de sus partes son la esfera de reloj de lo invisible”. Y a diferencia de lo que impulsaría a los objetivistas franceses y emuladores, para quienes nada del mundo exterior debe ser antropomorfizado, Emerson afirmaba que “el Universo es la externalización del alma”, lo cual, si bien discutible filosóficamente, en el campo literario reditúa magníficos frutos, como todos los grandes clásicos de todos los tiempos han demostrado.

Escribía rápidamente, pero no con facilidad. “Se sentía asaltado por infinitas trabas”, cuenta Richardson. Prefería el lenguaje de la calle: “A través de la pobreza o el esplendor de un hablante, sé de inmediato cuánto ha vivido... Si comprendo el hoy, podré tener el mundo antiguo”. Creía que de tanto en tanto un hombre de constitución exquisita puede y debe vivir solo, pero para aprender a escribir tendrá que salir a la calle. No compartía sin embargo el ideal que movía a varios de sus amigos escritores, y que siempre ha seducido a muchos intelectuales estadounidenses: el mezclarse con la gente en las fábricas y muelles, y vivir trabajando duro con las manos. “Un escritor debe vivir y morir por su escritura. Ser bueno para eso y para nada más”.

Escuchar a Emerson es como prenderse fuego, dice Richardson. Después de Nietzsche y después de tanta hojarasca de manual de autoayuda, sus palabras siguen teniendo tal poder candente: “Cada espíritu se construye una casa, y más allá de su casa un mundo, y más allá de su mundo un cielo. Sabe, entonces, que el mundo existe por ti. Por ti el fenómeno es perfecto. Sólo podemos ver aquello que somos. Todo lo que tuvo Adán, y todo lo que pudo César, lo tienes y lo puedes tú. Adán llamó al cielo y la tierra su casa; César llamó su casa a Roma; tú tal vez llames a tu casa al oficio de zapatero, a cien acres de tierra cultivada o a la buhardilla de un estudiante. Sin embargo, punto por punto, línea por línea, tu dominio es tan grande como el de ellos, aunque sin grandes nombres. Construye, por lo tanto, tu propio mundo”.

Editó Fondo de Cultura Económica.



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