“UN DIOS SALVAJE”
Ácida radiografía de la condición humana
“UN DIOS SALVAJE”
Ácida radiografía de la condición humana
Dirigidos por Javier Daulte, este fin de semana Gabriel Goity, Florencia Peña, Fernán Mirás y María Onetto darán vida a la ponderada obra que desnuda el salvajismo humano que se esconde tras el barniz social.

Tras el plano situacional en que discurre, la autora incluyó la obra entre sus “tragedias divertidas, pero tragedias al fin”. Foto: Gentileza producción
De la redacción de El Litoral
“Dos matrimonios, adultos y civilizados, se juntan para conversar. Sus respectivos hijos se pelearon y la situación debe ser tratada con el equilibrio y madurez de ‘los grandes’. Pero algo no va. La violencia latente y la incapacidad para lograr un acuerdo transforma una simple reunión en un caos, donde los instintos básicos predominan ante la reflexión”. Este es el disparador de “Un dios salvaje”, exitosa obra dirigida por Javier Daulte que este fin de semana desembarcará en las tablas del Teatro Municipal (San Martín 2020).
En escena Gabriel Goity, Florencia Peña, Fernán Mirás y María Onetto darán vida a la puesta ganadora del Premio ACE 2010 a la “Mejor Obra del Año”, que subirá a escena este viernes y sábado a las 22.
Este texto de la aclamada dramaturga francesa Yasmina Reza llegará en el marco de su gira nacional que comenzó a mediados de abril tras superar los 300 mil espectadores en Buenos Aires.
Tragedia divertida
En declaraciones a la prensa Javier Daulte -quien dirigió la puesta nacional de “Baraka”- expresó que el conflicto inicial entre ambos chicos “abre una instancia que es sin duda profunda y grave” no sólo en el rostro de Bruno, el agredido; sino también “la que queda en la conciencia de los respectivos padres. Su civilizada y sensata charla no tarda en verse alterada por susceptibilidades diversas, la culpa, el cinismo, y la brutal embestida del afán de venganza que los adultos no pueden reprimir ni dominar. La pieza plantea algunas preguntas incómodas, poniendo a prueba los preceptos morales e ideológicos de sus personajes. ¿Es realmente posible la tolerancia o choca y estalla cuando determinadas situaciones nos tocan de manera directa?”.
Desde allí, lo que el elenco actoral interpreta en escena desnuda la concepción de la dramaturga respecto de la condición humana.
En palabras de Reza, el ser humano “no evolucionó desde la Edad de Piedra, el barniz social que nos protege del salvajismo es inquietantemente suave y siempre a punto de estallar. Escribo un teatro de tensiones, porque las tensiones nos gobiernan”.
Tras el plano situacional en que discurre, la autora incluyó la obra entre sus “tragedias divertidas, pero tragedias al fin”.
En ella Daulte, quien marca su pulso en la puesta local, “el semblante progresista y bienpensante queda desdibujado, o más precisamente, desfigurado por los mandatos de una primitiva e impiadosa pulsión que, como un Dios Salvaje, viene a recordar que Él fue el primero en regir el alma de los hombres”.
/// análisis
Roberto Schneider
El suspiro de un mundo que cae
Encontrarse con “Un dios salvaje” de Yasmina Reza es abrir una nueva dimensión para eso que se denomina texto dramático. Su construcción, el modo en que está diseñado en el papel y en la sucesión de palabras e imágenes destraba una corriente de formas nuevas para concebir lo teatral.
Esta nueva teatralidad dota a la escena de la mayoría de los ejes básicos por donde ha de transcurrir la dramaturgia de los últimos tiempos. Reza y esta obra, cuya dimensión textual es abarcativa, será sin dudas uno de los clásicos contemporáneos. Hay en la pieza una revelación, eso que tienen las obras clásicas: un punto de vista inédito para los grandes temas que nos hablan de la condición humana.
Los cuatro personajes no dudan, no persiguen la verdad, tan inmersos como están en una debacle personal y de la pareja pocas veces vista en escena. El texto es así sombra de otras voces y funda los procedimientos que pueden verse en las nuevas dramaturgias y en ese magma deconstructivista al que se le dice posmodernidad.
La puesta en escena de Javier Daulte se apoya en esos procedimientos y su poética se vuelve potente y demoledora. Este ya exitoso director crea una atmósfera que sostiene, sin fisuras, un paisaje de visiones de máxima contemporaneidad, sin grandes despliegues y sí con múltiples provocaciones que ahondan la carga desesperada y cruel de ese borbotón de imágenes y palabras que ha construido la autora.
La eficiencia de máquina daultiana que revela el preciso trabajo con los actores -soberbios, magníficos, brillantes-, además de aportar solidez profesional, genera un ritmo de síncopa a tono con el cariz de “comedia dramática” de la historia. Tal vez en estos elementos se sostiene la violencia y lo casi inhumano, tópicos posibles de desarrollar con la realidad desnudada en la que manipuladores y manipulados juegan una danza macabra.
El superlativo trabajo de Fernán Mirás, Florencia Peña, María Onetto y Gabriel Goity hace que el espectador se sienta en manos de una organización.
Es un equipo en el que cada integrante cumple sus tareas y funciones con exactitud, como si fuesen guiados por un plan sin tiempo y sin memoria. Queda la sensación de que el espectáculo podría seguir y repetirse sin solución de continuidad.
“Un dios salvaje” es una totalidad contundente, no hay distancia entre texto y representación, una poderosa herramienta, un engranaje de lucidez. El suspiro de un mundo que irremediablemente cae.