Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

Una Feria para todos los gustos

Llegó a su fin la 37 edición de uno de los acontecimientos culturales más importantes del país, con cifras que se superan año tras año.

Una Feria para todos los gustos

El público es uno de los protagonistas indiscutibles de la Feria, que crece año tras año. Foto: DyN

Sol Lauría

Y pasó la edición de Vargas Llosa, de Sábato y Borges. La de las confrontaciones previas y la tribuna política. La de Martín Lousteau con la presentación del best seller “Economía 3D”, después de protagonizar un escándalo nacional que algunos ya bautizaron como “Juanitagate”. La de los actores y artistas. La de las provincias y los países, que también tuvieron su día.

Pasó la 37º edición del evento que, cada año, convoca en Buenos Aires a escritores, editores y editoriales, músicos y narradores, lectores y curiosos que quieren aproximarse a las novedades literarias y de las otras.

Los números impresionan: 45.000 metros cuadrados y 1.600 actos culturales. Los nombres también: Rosa Montero y Antonio Muñoz Molina, el zambio Wilbur Smith, el chileno Jorge Edwards, los franceses Jean Echenoz y François Dubet, y el alemán Diedrich Diederichsen.

Además de mucha, la oferta fue diversa. En un mismo día, hubo opciones como la del discurso “arriba que tienes el dominio de tu vida”, de Bernardo Stamateas o Gabriel Rolón con la novela “Los Padecientes” o Florencia Bonelli que habló ante 800 personas de su último libro, “Caballo de Fuego”.

Pasó y dejó momentos para atesorar.

Un cazador de Zambia

Hace mucho tiempo, en un país llamado Zambia, en una casa rodeada de tierras vírgenes, nació un hombre, Wilbur Smith. Llegó a Buenos Aires para hablar sobre “Los que están en peligro”, la última novela que en la Argentina editó el Grupo Planeta.

Entre historias de leones y presas, contó la de su propia vida: “Cuando descubrí mi pasión por la escritura, mi padre trató de desalentarme impulsándome trabajar para la agencia nacional de impuestos. Y realmente, sigo trabajando para ellos, como todos nosotros aquí”, dijo sonriendo.

“De hecho, mi primera novela la escribí en papel membretado del Estado -siguió-. La oficina era aburrida y me dedicaba a escribir. Así que algo recuperé de todo lo que he pagado de impuestos”. Esa primera novela, “Cuando comen los leones”, lleva vendidos, desde su primera edición en 1964, cien millones de ejemplares; dato que da una idea de la dimensión de su popularidad.

El padre luego supo que este hijo no iba a amoldarse a las convenciones cotidianas que marcan el ritmo de muchas ciudades, y que nunca dejaría de escribir. Y hasta lo disfrutó: “Sí, aunque se enteró a través de sus amigos en el pub. Desde ese momento, no dejó de llevar un ejemplar de mis novelas consigo para mostrárselas, orgulloso, a todo el mundo”.

La actualidad de la novela que presentó con terroristas, ejércitos, piratas y petroleras-, dio pie al entrevistador para relacionarla con la muerte de Osama Ben Laden: “Diste en el blanco con esa pregunta porque el ejército de Estados Unidos pulverizó mi idea. Le dije a mi abogado que quería hacerles un juicio pero me recomendó que lo olvidara” dijo, entre risas.

Más serio, agregó que “la trama de esta novela se centra en una mujer que pierde a una hija, la cual ha sido capturada por unos bribones sin piedad. Y creo que, después de perder a un esposo, el dolor mayor que puede sufrir una mujer es perder un hijo. Ella hará todo para rescatarla”. La historia transcurre en un archipiélago del océano Índico; “Yo tuve un lote en una isla de esa zona y es un centro de aprovisionamiento de la piratería moderna”.

Ante un atento y populoso público, en la sala Jorge Luis Borges, Wilbur contó que no podría hacer otra cosa, porque escribiendo vive todo lo que quiere, sin riesgos: “Yo puedo comenzar guerras, terminarlas, enamorarme de muchas mujeres sin que mi esposa tenga celos. Quizás porque me siento un poco omnipotente moviendo los hechos, es que disfruto tanto”.

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Nombres indiscutibles a la hora de llamar la atención de potenciales compradores, entre niños, jóvenes y mayores. Foto: DyN


Iba a ser un festejo, fue congoja

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La oferta cultural atrae la atención de un público ávido por las novedades del mundo editorial. Foto: Dyn

Justo cuando la Feria se disponía a celebrar a Sábato, justo el día en que el programa incluía un panel en su honor, justo cuando la intención era festejar el centenario de su nacimiento; Ernesto Sábato dio su último suspiro y todo eso se transformó en congoja.

Y todo lo pensado quedó en un adiós que recitó su hijo, Mario, en (vaya paradoja) la sala Jorge Luis Borges.

“Fueron dos días tumultuosos y al mismo tiempo apasionantes -comenzó-. No es que esperábamos la muerte de mi padre y no sienta dolor, al contrario. Pero en ese tumulto fue maravilloso sentir que tanta gente nos acompañaba. Ahí me di cuenta de que papá no nos pertenecía, que se debía a todos”, dijo Mario.

El presidente del Instituto Cultural de la provincia de Buenos Aires, Juan Carlos D’Amico, sentado al lado de Mario, contó la novedad de que la casa del escritor, en Santos Lugares, será Patrimonio provincial. El hijo aplaudió: “Era su lugar en el mundo. Encontró esa casa en 1945, cuando decía que necesitaba un lugar tranquilo para escribir. Es muy especial y va a ser muy lindo conservarla para todos”.

Antes de proyectar el film que dirigió, “Ernesto Sábato, mi padre”, Mario compartió esas anécdotas e impresiones de vida que los que estaban ahí, ese frío Día del Trabajador, querían escuchar: “Me costaba contestar de qué trabajaba mi papá. El no salía de casa, no iba a la fábrica, no era ferroviario.

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Mario Sábato recordó a su padre, Ernesto Foto: DyN

Cuando salía y me preguntaban qué hacía, yo decía que estaba pensando”.

Dijo que “jamás” sacó “chapa en el barrio de quién era” su papá y hasta reconoció que “Sábato era bastante hinchapelotas con la tristeza. No se puede estar angustiado todo el tiempo”.

Hacia el final, Mario no dudó: estaba seguro de que si su padre estuviera allí, ante una audiencia devota, en un Día del Trabajador encapotado, gris, desapacible, hubiera cerrado su discurso con un chiste negro.

Los River-Boca históricos

La actualidad entusiasmó como nunca este año. Tanto que en la puerta de la sala con mayor capacidad del predio, ésa donde encandiló el Nobel Mario Vargas Llosa, hombres y mujeres insistieron por una hora en una cola a cielo abierto y con frío. La promesa de escuchar a Nelson Castro con la presentación del libro “Rivales”, los hizo perseverar. Y ahí estaba el médico devenido en periodista a la hora señalada, flanqueado por Joaquín Morales Solá y Magdalena Ruiz Guiñazú.

Fue Morales Solá quien rompió el hielo y ponderó el trabajo de su amigo. Igual que la colega mujer, que días antes había estado en ese marco con uno de cosecha propia: “Me fascina siempre el tipo de investigación que hace Nelson porque te permite entrar en la historia”.La charla, entonces, giró en torno a los históricos enconos argentinos, esa tradición bipartita, esos River-Boca que existen desde siempre. Moreno-Saavedra, Perón-Balbín, Kirchner-Duhalde. Algunos con un odio eterno, otros con cambio de posturas: “Cuando Perón estaba muriendo pidió que hicieran vicepresidente a Balbín para que se quedara en el poder”, contó Nelson Castro, y siguió: “Cuentan que llegó Balbín al velorio, en un silencio enorme, dijo ‘Este viejo adversario despide a un viejo amigo’”.


De arrabales y conventillos

Están ahí, en el habla cotidiana: bondi, cana, chabón, guita, laburar, mina, morfar, mango, pibe, pucho. Hay decenas de términos que Oscar Conde recorrió, estudió y hurgó en la genealogía y dio forma a “Lunfardo”, un libro dedicado a ese dialecto que presentó en la Feria.

“El lenguaje es un símbolo social”, dijo Conde y aseguró que “es una manera de eludir los cánones de los lenguajes tradicionales y una cuestión de resistencia hacia ellos. En el uso del lunfardo, además de rebeldía, hay mucho de expresividad: se cruza el cómo somos con el qué somos”.

Lejos de los pronósticos fatalistas, Salas cree que “la cultura argentina es una sola y el lunfardo es parte de ella”. Y que no es un fenómeno muerto: “Muchas palabras cayeron en desuso, pero otras se resignificaron”.

Y desmitificó: “Un mito es que es lo mismo que el tango. Al contrario, muy pocos tangos son puramente lunfardos. Muchos tienen un salpicado de términos porque así se hablaba en esa época. Otro, es que viene del sainete, un disparate. Lo que sí tienen en común el sainete, el tango y el lunfardo es que no hubieran sido posibles sin la inmigración”.

A lo largo de Lunfardo, el autor le dedica un espacio preponderante al abordaje del vesrre, el mecanismo linguistíco que consiste en la permutación o inversión del orden silábico de una palabra.

“Merecía mucho detalle porque no hay mucho material dijo-. Además tampoco es algo que se dé sólo en el lunfardo. En la década del ‘30 y ‘40 se desarrollaron muchísimos términos. De hecho hay palabras que hoy usamos sin saber que son verres: colimba no es limpiar, barrer, correr sino un verre modificado de milico; sarparse es un verre de pasarse, no viene de zarpar”, terminó.

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En esta edición, la oferta fue diversa, para atraer la atención de los visitantes.

Foto: DyN

La reina de la novela rosa

El lugar: la sala más grande de la Feria. El día: el primer sábado abierto al público. La hora: cinco de la tarde.

Allí estaba la contadora que desde 1999 escribe y se convirtió en un boom, caminando con “Can’t take my eyes off you” de Gloria Gaynor de fondo, hacia el lugar que le habían asignado para que presente el primer libro de la nueva trilogía “Caballo de fuego” (Santillana). Allí habló de la historia que enhebró entre Matilde y Eliah, un “personaje difícil y complejo” que, en el horóscopo chino, es un caballo de fuego: “En China evitan el nacimiento de los caballos de fuego y en esa época aumentan mucho los abortos. Yo quería crear un personaje así, oscuro”.

Matilde, en cambio, es un chancho: “Una mujer completa que tiene bondad pero también el carácter suficiente para emprender cosas; es una mujer con pasión extrema, pero también con un carácter fuerte”.

Esta mujer que un día de 1999 tomó un libro de la biblioteca de sus suegros, lo leyó y se inspiró, contó el proceso de escritura tiene sus caprichos: “Cuando empiezo a escribir pensando en ir hacia un lado y después termino hablando de otra cosa, digo: ‘¿En qué momento no hice lo que yo quería y los personajes hicieron otra cosa distinta?’.

Hay una estructura inicial que después va tomando las formas más diversas, los personajes empiezan a tomar vida propia y es como si en realidad ellos me fueran dictando”.

Igual, para ella todo se lo debe a sus lectores: “Yo construí todo esto gracias a mis lectores, por eso les contesto cada uno de los mails que me mandan, estableciendo un lazo particular con ellos”.