Al margen de la crónica
Al margen de la crónica
El regalo más apropiado
Juan Cruz Boedo
El próximo 14 de junio será el día propicio para recordar a unos de los más grandes genios de la literatura universal y -sin dudas- el más grande de la Argentina. Ese día se cumplirán 25 años de la muerte de Jorge Luis Borges.
Para la fecha está prevista la inauguración de un laberinto en uno de los tres claustros de San Jorge Mayor, por decisión de la Fundación Cini, propietaria del convento anexo a la iglesia que se yergue frente a la famosa basílica de San Marcos.
El laberinto, de 3 kilómetros de largo sobre una superficie de 2.300 metros cuadrados, será inaugurado en una noche de luna llena, en el tercer claustro que sigue a los renacentistas, proyectados por Andrea Palladio -el arquitecto de San Jorge Mayor- y Giovanni Buora. Los ligustros del laberinto miden 75 centímetros de alto y, por ende el recorrido será completamente visible para las personas.
El tributo constituye uno de los homenajes más justos para quien -en su obra- ha planteado a los laberintos como una de sus obsesiones, junto con los espejos. Siempre gustaba contar Borges de su gusto por las ciudades de trazado laberíntico tales como Ginebra o Londres. Ahora Venecia se suma a la propuesta literaria para hacer realidad el laberinto borgeano. Aunque su gran amor fue siempre Buenos Aires, tanto que andaba por el mundo diciendo que era una ciudad horrible: “Temí que se llenara de turistas. La quería sólo para mi”.
De lo que no caben dudas es que los laberintos son parte esencial de su obra. El jardín de los senderos que se bifurcan; La biblioteca de Babel o Los inmortales demuestran lo antedicho. Posiblemente la invitación a sumergirnos en un laberinto es una forma de padecer de ceguera. Quien alguna vez se ha internado en alguno de ellos, cuando la visión se anula por paneles o altos ligustros, se tiene la sensación de angustia no sólo por no conocer la salida sino, también, por acortar la visión a unos pocos centímetros de un material que se repite una y otra vez y que no nos deja ver más allá. Y hasta provoca que el tiempo transcurra de otra manera, tal como lo puede vivir Funes, el de fabulosa memoria. Pero a Borges también -en aquello de perder la percepción de las cosas- le molestaba enormemente el uso de disfraces y hasta hay varias anécdotas sazonadas con el humor que lo caracterizaba que describen esta molestia. En una de ellas, Silvina Ocampo cuenta que una tarde, en casa de Victoria, ella y Nora Langhe, disfrazadas las dos, sorprendieron a Borges paseando por los jardines, y lo asustaron. Molesto, se alejó musitando algo, y siguió caminando solo hasta que se chocó con un árbol, y allí, palpando la corteza con sus manos, le dijo con la cara contra el tronco: “¿Vos también te disfrazaste?”.
Desde el martes próximo los visitantes -a sabiendas o no- podrán disfrutar de uno de los paseos predilectos del gran escritor y, posiblemente, puedan percibir los por qué de sus obsesiones.