Un viento de Dios

Cátedra de San Pedro, de Gian Lorenzo Bernini. Basílica de San Pedro, Roma.
Un viento de Dios

Cátedra de San Pedro, de Gian Lorenzo Bernini. Basílica de San Pedro, Roma.
Por María Teresa Rearte
El libro de Génesis se inicia así: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas”. (1, 1-2). A su vez, la promesa de Cristo anunciada en el Evangelio de Lucas dice lo siguiente: “Miren, yo voy a enviar sobre ustedes la promesa de mi Padre. Permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza que viene de lo alto”. (24, 29). La promesa es el envío del Espíritu Santo, que, desde Jerusalén, va a expandirse por el mundo.
Vivimos tiempos sociales y políticos de particulares características. Y también los tiempos de la fe. En medio de ese dinamismo cívico y creyente, uno se sabe situado en la ciudad terrena. Sabemos que los aglomerados urbanos ofrecen, o deberían ofrecer, esperanzas con relación al trabajo, la educación, la salud. Con relación a la vida humana en general. Y que explican las migraciones internas. Pero también es una realidad que las ciudades actuales exhiben el fenómeno de las desigualdades sociales. Del desempleo y el hambre. También los graves flagelos de la criminalidad, la violencia y las drogas. Es importante plantearse los interrogantes éticos en torno a estas situaciones, porque así como se desenvuelve la vida social y política hay mucha frustración individual y colectiva en las ciudades y el interior, en general, de la Argentina.
Si reflexionamos sobre la creación del mundo, desde el caos hacia el cosmos, descubriremos lo que dice el libro de la Sabiduría: que “el Espíritu del Señor llena la tierra:” (1,7). Da unidad y cohesión al universo. Si pensáramos que todo, absolutamente todo, estaba hecha ya desde el principio, es posible que llegáramos a desesperar por las calamidades que afligen al hombre. Por los problemas que nos rodea. O concluiríamos que la historia involucra. Que asistimos a un gran proceso de disolución, en el que el hombre se ofusca, se frustra y degenera. Sin embargo, por la fe renacemos a la esperanza. “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va”. (Jn. 3,8). El Espíritu es libertad. Y lleva a conocer el lugar de nuestra responsabilidad y quehacer en la vida. En la comunidad humana y en la historia.
Las sociedades no carecen de dificultades. Los recursos naturales con los que cuenta, o no, un país son eso: recursos. Lo que hace crecer a las personas y los pueblos es la inteligencia, la educación. Lo que explica, por otra parte, la obsesión de Sarmiento por “Educar al soberano”.
Pero también tengamos en cuenta que con frecuencia se piensa que es normal que cada uno se concentre en la preocupación por sí mismo. Que encuentre su realización personal en la posesión y el consumo de bienes. Una visión así se corresponde con cierta lógica “materialista”. Lo que muestra la necesidad de sentir con el otro en necesidad. Y comprender que al descubrimiento del tú, de su valor, le sigue la diaconía o servicio del yo. Esto configura una obligación moral, aún cuando la moral parezca tan venida a menos en nuestros días.
En momentos en los que cobra tanta actualidad la dimensión política del hombre y de las sociedades, se hace más palpable la exigencia de una ética cívica. Sin las convicciones, que son el soporte ético de la acción política, ésta degenera en la sola y descarnada construcción de poder.
Para el desarrollo en plenitud del hombre, con claridad lo decía Benedicto XVI: “Las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por lo tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente las responsabilidades por parte de todos”. (Cáritas in veritate, 11). El binomio libertad-responsabilidad es fuertemente destacado por el texto pontificio, el cual sostiene que “la vocación es una llamada que requiere una respuesta libre y responsable. (...) Ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo por fuera y por encima de la responsabilidad humana”. (oc. 17)
El Concilio Vaticano II ha recogido la teología del progreso o de las realidades terrenas. Incluso ha reconocido la legítima autonomía de éstas. Pero también entiende que para que el progreso sea digno de tal nombre, se requiere un incremento de la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, en fin. Y esto, necesariamente se traduce en la praxis político-social.
El camino de la ascensión humana no se dio ni se dará sin colores, e incluso incertidumbre. Porque es, entre otros aspectos, un crecimiento hacia la conciencia. El futuro no está predeterminado. Si se quiere renovar la política y revitalizar la democracia, hay que tener claro que no se logrará sin una ética cívica, que promueva la solidaridad y la búsqueda del bien común.
En la existencia cristiana se trata también de abrir el corazón y la vida, en la espera creyente del Espíritu Santo. No como un acontecimiento cerrado o individual; sino como un hecho de fe que alumbre la vida creyente, en el corazón del mundo. Y por lo tanto también de la vida civil. En la condición situada del hombre se dan las concretas condiciones sociales, la indigencia en tan diversos sentidos, tan enormes desigualdades, que nos hacen sensiblemente expectantes para con este viento, este soplo divino. Para el envío del Espíritu Santo prometido por Jesús.
Vivimos tiempos sociales y políticos de particulares características. Y también los tiempos de la fe. En medio de ese dinamismo cívico y creyente, uno se sabe situado en la ciudad terrena.