Edición del Sábado 18 de junio de 2011

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¿Quiénes defienden los derechos humanos?

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Fiesta. Bonafini, disfrazada de diabla, y Schocklender, caracterizado de obispo, en un festejo de fin del año 2009. Al fondo, imágenes de desaparecidos.

Foto: Gentileza Editorial Perfil

 

Rogelio Alaniz

Hebe de Bonafini es presentada como la encarnación de las Madres de Plaza de Mayo. Tati Almeyda y Nora Cortiñas no existen. La experiencia colectiva de las Madres tampoco. Lo que importa, en todos los casos, es la señora de Bonafini. Todo pasa por ella. Ella es la que decide; la que convoca y expulsa. En esa institución, nadie que no sea ella hace declaraciones. Su estilo de mando no es el de la militante sino la del capanga.

Todo lo que sucede es curioso. Durante casi treinta años Bonafini hizo y deshizo como se le dio la real gana, pero ahora resulta que en un tema que compromete millones de pesos del erario público, miles de puestos de trabajo y relaciones de poder con instituciones públicas y privadas, ella no tiene nada que ver. El malo de la película es Schoklender. Hoguera y ácido sulfúrico para el parricida; incienso y agua bendita para la santa.

Por lo pronto, Bonafini sigue allí, impoluta, pura e inmaculada como una virgen. La patrona, la déspota, la que decidía hasta sobre el color de las cortinas que debía tener el local de las Madres, ahora, por el singular imperio de las circunstancias, ha devenido una reina que reina pero no gobierna, en una santa mujer que fue engañada en su buena fe.

En la Argentina del cuento del tío y la estafa de guante blanco, se sabe que, para perpetrarse, las maniobras reclaman de velocidad y sorpresa. Hebe Bonafini, como cualquier persona, pudo haber sido engañada por un aventurero inescrupuloso, pero lo que resulta difícil de creer, lo que es imposible de creer, es que ese engaño se haya prolongado durante más de quince años.

Hebe de Bonafini no pudo ni debió haber ignorado los negocios que se hacían en nombre de las Madres. Por lo pronto, ante la inminencia del escándalo, su primer reflejo fue el de todo corrupto: “son pelotudeces”, dijo, y no vaciló en poner por delante la sangre de los muertos. Su segundo reflejo fue el de entregar al chivo expiatorio. Otra vez la lógica del jefe: de su parte ninguna evaluación autocrítica, ninguna reflexión acerca de los errores cometidos. Todo lo contrario. “Condenar a los malditos a que se pudran en la cárcel”, vociferó con su vocabulario humanista, típico de una dirigente de derechos humanos.

Hoy constituye un lugar común citar la frase de lord Acton acerca del poder que corrompe y del poder sin control que corrompe absolutamente. ¿Por qué esa norma no vale para la señora Bonafini? Durante años esta mujer dijo e hizo lo que se le dio la gana. Insultó, discriminó, ofendió, ponderó a criminales, y todos la dejaban hacer porque “Hebe es así”. Puertas adentro de Madres difamó y maltrató a militantes que osaron contradecirla en detalles. A los inspectores de la AFIP los echó a escobazos cuando quisieron cobrarle impuestos porque -ironías de la vida- “ustedes recaudan plata para comprarse yates y aviones”. También, en todos estos casos, la culpa, la complicidad se imponían. Nadie abría la boca.

¿Quien la controlaba? Nadie ¿Quién pedía rendición de cuentas? Nadie ¿A quién consultaba para decidir? A nadie. “El poder sin control corrompe” escribió Lord Acton, pero esa verdad parece que no vale para Bonafini. Su impunidad, su prepotencia, me hace recordar a la de aquellos jefes guerrilleros sandinistas que en Nicaragua violaban las reglas de tránsito, disponían de cuentas bancarias y vivían en mansiones, pero cuando alguien les reprochaba su rumboso estilo de vida no vacilaban en defenderse diciendo que ellos tenían derecho a todo porque habían combatido en la guerrilla contra la dictadura.

Con Bonafini es así. Combatió contra la dictadura y, por lo tanto, ha tenido luz verde para hacer lo que se le diera la gana. Y quien osaba reprochárselo se transformaba en el acto en un traidor, un canalla o un agente de la CIA. El pasado de lucha concebido como privilegio, como coartada para enriquecerse o ampliar las esferas de poder y traficar la memoria de las víctimas en el altar del oficialismo.

Eduardo Barcesat, el abogado de Bonafini, sostiene que Schoklender hipnotizó a Hebe. Lo que se dice una explicación científica propia de un estudioso del marxismo leninismo. Ahora falta que alguien diga que le daba de beber alguna pócima preparada por alguna bruja. Todo vale con tal de defender lo indefendible, incluso la demonología. Sin embargo, la única bruja que yo he visto en este escándalo ha sido la propia Bonafini, disfraz al que recurrió para celebrar en el 2009 sus ochenta años. La foto que se dio a conocer de aquella fiesta es, lisa y llanamente, siniestra. A Stepehn King no se le hubiera ocurrido una escena más diabólica. Allí esta ella, disfrazada de bruja y él, Sergio, de obispo. Como telón de fondo los rostros de los desaparecidos. Increíble. Y después tienen la indecencia de invocar su memoria para defender lo indefendible. Habría que recordar, por último, que la fiesta se celebró hace apenas un año y medio. A juzgar por la expresión de los rostros de los participantes de este exclusivo aquelarre, no hay indicios para suponer que Bonafini estuviera incómoda con su protegido.

La autocrítica de Bonafini brilla por su ausencia. Ella no responde ni se le ocurre responder a la pregunta más elemental: ¿Por qué una institución de derechos humanos fabrica casas? También brilla por su ausencia alguna reflexión sensata por parte de los intelectuales kirchneristas. Hablo de Horacio González y Ricardo Forster, quienes cierran fila detrás de esta buena mujer sin atender matices. Su consigna orientadora es “no hacerle el juego a la derecha”. La misma consigna que justificó los campos de trabajos forzados y las masacres de Stalin, Mao y Castro ¿Tanto les cuesta a estos caballeros admitir que hoy Madres de Plaza de Mayo son una cosa y Bonafini es otra? ¿Que la causa de los derechos humanos o la causa de los pañuelos blancos no pueden inmolarse detrás de una mujer que, como dijera Tati Almeyda, no ha sabido llevar con dignidad el pañuelo blanco? ¿Quién le hace el juego a la derecha, los que denuncian lo inaceptable o los que defienden lo inaceptable?

Para Forster o González estas preguntas admiten una sola respuesta: le hacen el juego a la derecha. Según su razonamiento, esa derecha incluye también a Patricia Walsh, quien puso el grito en el cielo cuando se enteró que el nombre de su padre se usó para otorgarle un premio a Hebe Bonafini. Las mismas autoridades académicas que en su momento premiaron a Chávez ahora honran a Bonafini en nombre del autor de “Operación masacre”, el periodista que siempre escribió a contramano del poder.

Lo de Horacio González es antológico. Para justificar el lenguaje procaz, vulgar, discriminador y racista de la señora Bonafini dice: “Bella floración del habla popular”. Ni a André Bretón se le hubiera ocurrido una imagen más conmovedora. Forster no vacila en justificar todos los exabruptos de Bonafini invocando el alma popular y la supuesta sabiduría ingenua de los pobres. Forster es doctor en Filosofía; alguna vez leí algo de él sobre Walter Benjamin y la escuela de Frankfurt. La pregunta a hacerse es la siguiente. ¿Tanto refinamiento intelectual para terminar avalando las versiones de sentido común más cualunquistas y reaccionarias?.

La defensa de Bonafini por parte de González y Forster se parece más a una clásica alienación ideológica, a una típica mirada invertida de la realidad, que a un argumento racional orientado a explicar la realidad de acuerdo con un sistema de valores. Identificar a Bonafini con las Madres es el recurso menos inteligente al que se puede recurrir para defender los derechos humanos. Desconocer que la resistencia a la dictadura fue un proceso colectivo y, por lo tanto, los pañuelos blancos tienen una dignidad ganada en el campo de la historia, es desplazar la política por la politiquería, el espíritu militante por el acto de sumisión al poder de turno.

Una vez más es necesario decirlo: no somos los que criticamos la corrupción, los negociados y la arbitrariedad los que renegamos de los derechos humanos. Por el contrario, se reniega de los derechos humanos cuando se defiende lo indefendible, cuando en nombre de un mito o una leyenda se desconocen los ominosos datos de la realidad.

Por su parte, el gobierno nacional defiende no a las Madres de Plaza de Mayo sino a la mujer que se ha transformado en una militante de la “pingüinera”. Sus argumentos leguleyos no son muy diferentes de los que usaron para proteger a Ricardo Jaime. Que colaboradores de la dictadura como Héctor Timerman, operadores económicos como De Vido o matones grotescos y coleccionistas de freezer como Aníbal Fernández defiendan a Bonafini, no hace otra cosa que probar la distancia existente entre los derechos humanos concebidos como farsa y los derechos humanos concebidos como conquista humanitaria y proyecto de convivencia justa y noble.



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