Una cuestión de identidad

Por día, 6 padres reconocen a sus hijos en la provincia

En 2010 se concretaron 2.358 filiaciones en la provincia. En el departamento La Capital fueron 544. Un programa de la UNL brinda asesoramiento gratuito en los barrios. Historias dolorosas y, a veces, inexplicables.

a.jpg
 

Salomé Crespo

[email protected]

La primera vez que Emilia vio a su papá fue en un pasillo de la sede local del Centro Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet Santa Fe). Ahí los había citado la Justicia para que se sometan a un examen genético que, semanas después determinó en un 99.9% que eran padre e hija.

Nunca más volvió a saber de él aunque todavía lo espera y una nota al margen de su partida de nacimiento acredita, por orden de un juez, el vínculo entre esos desconocidos.

Casos como el de Emilia se repiten a lo largo y a lo ancho de la bota diariamente, tal vez más de lo que es posible imaginar por tratarse de una cuestión tan natural como es el nombre y el apellido de una persona.

Según datos del Ministerio de Salud y Acción Social de la provincia cada jornada en Santa Fe alrededor de seis padres reconocen legalmente a uno o más hijos. En 2010 se realizaron en la provincia un total de 2.358 filiaciones de personas nacidas durante o con anterioridad a ese año, de las cuales 544 ocurrieron en el departamento La Capital. A su vez, el año pasado hubo 53.267 inscripciones de nacidos vivos en toda la provincia y 9.529 en La Capital.

La búsqueda de la verdad

“Intentamos explicar qué significa que el padre puede y debe reconocer a los nacidos fuera de un matrimonio, qué trascendencia tiene para el niño y para un adulto aunque no formen un lazo, conocer cuales son las raíces biológicas y que eso quede establecido legalmente”. Con esas palabras, claras y apáticas como la misma ley, la abogada Magdalena Galli sintetizó el trabajo que lleva adelante con un grupo interdisciplinario mediante un proyecto de extensión de la Universidad Nacional del Litoral con aporte de la Municipalidad y el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos.

Hace 10 años, brindando asesoría legal en los barrios de la ciudad constataron que la filiación de hijos propios y ajenos era un problema que se repetía en todos los niveles sociales. Así nació el programa “Reconocimiento de hijos, una cuestión de identidad” que se concreta desde 2009 mediante talleres y asesoramiento legal gratuito en las sedes vecinales.

“Es un lugar donde se entrecruzan muchas cosas: convicciones, desinformación, temores. Hay hijos que no se reconocen porque hay conflictos entre los padres, otros que son anotados por los abuelos, madres que no permiten la filiación o un señor que reconoce como propios los hijos de una nueva pareja”, enumeró Galli como ejemplo de algunas de las historias que recoge en los barrios. Para la especialista, el principal problema es la desinformación sobre el perjuicio que se le ocasiona al niño al distorsionar su identidad.

¿De quién son los hijos?

El reconocimiento de un hijo no es tener una carta de compra de ese niño, significa cumplir con un deber, hacer valer un derecho y no depende de la voluntad de alguien en particular.

“En los talleres, comenzamos preguntando cómo eligieron los nombres de los hijos y de ahí abordamos el apellido, que no es una elección”, determinó la abogada.

La ley es clara: el padre no debe demostrar ante las instituciones la paternidad pero debe ser cierta, de lo contrario, comete un acto ilícito que consiste en alterar una identidad. Asimismo, el varón que pretende asumir la paternidad de un niño que no es su hijo debe adoptarlo.

El Estado está obligado a proteger el derecho de que cada persona conozca su identidad. Por eso, cuando los funcionarios del Registro Civil detectan que se realizó la inscripción de un niño sin filiación paterna, debe informarlo a la Defensoría Civil de Tribunales que, con el consentimiento de la madre, inicia el juicio de reconocimiento paterno.

“El ‘quién soy yo’ no es una cuestión puramente psíquica, tiene que ver con el entorno, los antecesores y la historia. No es algo que se da en el vacío, sino en relación con otros y esos otros son quienes nos precedieron”, aportó la psicóloga Laura Manzi.

Pero a veces lo “familiar” resulta malparido. Un hijo no deseado, el fruto de una ocasión, demasiada responsabilidad o una mentira son motivos por los cuales un hombre resuelve o no puede asumir la paternidad; un vínculo trascendental que en muchos casos termina resolviéndose en un tribunal.


“Los secretos en las familias no funcionan”

“El reconocimiento legal es necesario, por supuesto, pero no resuelve la cuestión”, lamentó la psicóloga Laura Manzi. Es que, el afecto es otra cosa.

“Lo que diga el documento, no genera el vínculo que un hijo necesita con su papá, incluso si se realiza mediante un juicio o hay dificultades, puede ser una nueva situación de rechazo”, agregó Manzi.

Según la experiencia en los barrios de la doctora Galli, en muchas oportunidades la identidad de un niño se oculta desde la ignorancia, para protegerlo.

“Los secretos en las familias no funcionan, siempre hay que dar a conocer la verdad. Incluso en la adopción se creía que era mejor que no se supiese pero no es así, es necesario cuidar las formas y la edad del niño pero de entrada se le debe hablar sobre su origen”, sentenció Manzi.

Por ley

A partir de la reforma del Código Civil en 1985, la maternidad queda establecida a partir del parto aunque fuera una mujer incapaz o una niña de corta edad. En cambio la paternidad se debe declarar de forma voluntaria en el Registro Civil o mediante una decisión judicial.

 


b_mg.jpg

“Hay hombres y mujeres que en la adultez plantean la búsqueda de su identidad. Nos cuentan que fueron criados por alguien que les dio el apellido y que debido a ciertas circunstancias se han dado cuenta de que no es el verdadero padre”.

Magdalena Galli

Abogada


Seis hermanos Franzó

“Me interesa que la familia esté bien, no el apellido”

Darío Franzó es padre de seis hijos. Hasta hace poco tiempo la mitad de ellos, fruto de una segunda pareja, llevaba el apellido de la mamá. En su casa de barrio Piquete Las Flores relató el paso que le permitió a su familia vivir en armonía.

Son míos. “Andrea, Gisela y Marcos eran Franzó como yo y Darío, David y Andrés eran Montes como su mamá. Pasa que ella no quiso ponerle mi apellido porque decía que eran sus hijos pero cuando llegó Lucas, mi primer nieto, Darío quiso que todos tengan el mismo apellido”.

Por Lucas. “Nunca me preocupó que lleven el apellido de la madre pero cuando el nene en la escuela empezó a hablar de la familia hizo cuestionamientos fuertes. Nos preguntaba por qué su papá era Franzó y algunos de sus tíos no y ahí nos resolvimos a cambiar las cosas, fuimos al Registro Civil y modificamos las partidas de nacimiento”.

Ensamblados. “Hubo momentos que estuvimos separados, pero cuando aparecieron los nietos, las prioridades cambiaron, nos empezamos a juntar. Hoy hay un buen trato y respeto. Antes, los hijos de mi primera pareja creían que sus hermanos le habían sacado al papá y eso generaba que no podamos tener ni una charla tranquilos”.

Familia Franzó. “Los padres a veces no nos damos cuenta de lo importante que es poder comunicarnos con los hijos. Yo me crié solo y aprendí eso de grande, recién ahí pude darme cuenta que en cierto modo al no ponerles a todos el mismo apellido los estaba perjudicando. Ahora estoy tranquilo porque todo se normalizó y aunque no tengamos mucho logramos crecer como familia, mantener una buena relación y quiero disfrutar de eso”.

Pan casero. “Yo hago pan que vendo en el barrio, ya estamos todos grandes y las diferencias que podíamos tener cuando los seis eran chicos ya no existen, nos llevamos bien. Para mí mis hijos son todos iguales, el apellido no tiene mucha importancia sino el vínculo. Yo soy una persona bastante cerrada y lo que me interesa es que la familia esté bien, no el apellido.”

Siete años de búsqueda

“De todos sus hijos soy la que más se le parece”

Emilia no es su verdadero nombre y a pesar de que se pasó buena parte de su existencia intentando saber quién era verdaderamente, le pidió a El Litoral la reserva de su identidad. Al día de hoy, espera que su papá se comunique con ella.

La duda como motor. “Nunca lo había visto, solo sabía su nombre y apellido y a los 18 años empecé a pensar que tal vez me lo cruzaba todos los días en la calle y yo no sabía que era él. Quería conocerlo, generar una relación con él y reclamar los derechos que me correspondían, de ser posible mediante un arreglo extrajudicial”.

Volvió a negarla. “Cuando mi mamá le dijo que estaba embarazada de mí le ofreció pagarle un aborto. La primera vez que lo vi fue cuando nos fuimos a hacer el ADN, se sentó a esperar el turno lejos con su abogado y cuando me pasó por adelante no me miró a la cara, sólo la saludó a mi mamá y se fue”.

Arreglo económico. “Una semana antes de la fecha de la audiencia en Tribunales propuso mediante su abogado un arreglo porque lo habían operado del corazón y no podía estresarse. No le podíamos comprobar un ingreso mensual fijo, sabía que estaba bien económicamente pero no tenía nada a su nombre así que acepté la plata que ofreció”.

El mismo apellido. “El juez ordenó finalmente, hacer el reconocimiento con una nota al margen de mi partida de nacimiento y hoy no uso el apellido de él. Ese día, su abogado me pidió mi número de teléfono porque le dijo que quería hablar conmigo que era lo único que yo pretendía desde un principio pero hasta hoy nunca jamás tuve noticias de él”.

Un explicación. “La falta de padre que tuve 22 años es imposible revertirla. Un montón de veces fui a buscarlo a uno de sus bares para pedirle que me explique un montón de cosas que solo él sabe y nunca me animé a hablarle, así que sigo teniendo esa incertidumbre. Un día me sostuvo un ratito la mirada y siguió haciendo lo suyo”.

Una familia. “Tengo tres hermanos a los que conozco de vista. Mi hermana mayor vive en Santo Tomé a cuatro cuadras de mi casa y la primera vez que la vi en la calle supe que era ella. Ahora, nos cruzamos, nos miramos y queda en eso”.